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¿Alimentos orgánicos o convencionales? Algunas observaciones. Por: Ing. Agr. Esp. Mec. Agr. Ramiro E. Cid

En general, el consumidor medio conoce y sabe qué es un alimento convencional y, en la práctica, lo sintetiza diciendo que es aquel que usualmente compra en los supermercados y en las verdulerías de su barrio. Estos alimentos son los que surgen de las prácticas llevadas a cabo por la enorme mayoría de los productores agrícolas de nuestro país. ¿Sucede lo mismo con los orgánicos?

Personalmente no estoy tan seguro de que dicho consumidor efectivamente sepa qué significa que un alimento sea orgánico y qué normativas deben cumplir estos para ser considerados como tales.

Así, en nuestro país, un alimento para ser considerado “orgánico” debe cumplir con las pautas establecidas en la Resolución N° 423-1992 del SENASA, norma que específicamente excluye de esta denominación a cualquier producto que no cumpla con la misma.

En el artículo segundo se establece que:

“Se entiende por orgánico, ecológico o biológico (en adelante, orgánico) a todo sistema de producción sustentable en el tiempo, que mediante el manejo racional de los recursos naturales, sin la utilización de productos de síntesis química, brinde alimentos sanos y abundantes, mantenga o incremente la fertilidad del suelo y la diversidad biológica y que asimismo, permita la identificación clara por parte de los consumidores, de las características señaladas a través de un sistema de certificación que las garantice”.

Vale la pena analizar detenidamente a la definición.

Como un primer punto, si bien la terminología utilizada (orgánico, biológico, ecológico) se ha impuesto masivamente, no deja de ser conceptualmente equivocada. Corresponden los siguientes cuestionamientos.  Un cultivo convencional: ¿no es orgánico?, ¿no responde a la química del carbono, que es la química de los seres vivos?, ¿debe ser considerado como un mineral y no como un ser vivo?

En cuanto al término biológico son pertinentes las mismas preguntas.

En cuanto al término ecológico, cabe aclarar que no hay nada más “antiecológico” que la agricultura. Allí donde existen numerosísimas especies vegetales y animales se instala solamente el cultivo que nos interesa y se combate a todo lo que pueda afectarlo disminuyendo sus rindes. Lo que el biólogo llama “biodiversidad”, para el agricultor son simplemente “malezas”, “plagas” o “enfermedades”. Y esto es así tanto para los cultivos convencionales como para los “ecológicos”. Es decir que agricultura y ecología suelen ser enemigos conceptuales.

Los términos “natural” y “casero” no están incluidos en la Resolución pero, sin duda, muchas veces son argumentos de venta igualmente confusos.

Segundo punto. Es bueno aclarar que ser sustentable en el tiempo mediante un manejo racional de los recursos naturales y brindando alimentos sanos y abundantes, manteniendo o incrementando la fertilidad del suelo, no es objetivo solamente de la agricultura orgánica sino también de la convencional.

Tercer punto. Queda prohibido el uso de fertilizantes y agroquímicos de síntesis química. Esto surge de un concepto bastante discutible que establece que aquellos alimentos producidos bajo este criterio son más sanos y saludables que aquellos que sí los utilizan (agricultura convencional). Pero volveremos sobre esto más adelante.

Cuarto punto: se establece un sistema de certificación que garantice el cumplimiento de las pautas fijadas. O sea que todo alimento que dice ser orgánico pero no es certificado, claramente no es orgánico. Para la certificación SENASA ha habilitado a unas pocas empresas que visitan una vez al año, previo aviso, a los productores y, previo pago del canon anual correspondiente, otorgan el certificado en cuestión. Obviamente, el control que puede brindar una certificación en estas condiciones es relativo ya que no se puede controlar en un día todas las actividades llevadas a cabo durante todo un año.

 Además (Art 9°) los artículos comercializados deben llevar la leyenda “Producto de Agricultura Orgánica, el número de partida identificatorio de origen y procesamiento, el nombre de la empresa certificadora y el número que le corresponde en el registro respectivo.

Otro punto a remarcar es que, antes de otorgar el certificado, la resolución de SENASA establece unos dos años de transición iniciales. Esto, sumado al costo de verificación anual, hace que se vuelva un proceso costoso que muchas veces no está al alcance de pequeños productores, dando como resultado que sean empresas de cierta envergadura quienes pueden acceder a la certificación, lo que les garantizaría mejores precios de mercado. En paralelo, existe una importante parte de la producción que declara ser orgánica, pero que carece de la certificación correspondiente por no poder acceder formalmente a esta denominación.

No hay ninguna duda de que el consumo de alimentos orgánicos, en consonancia con lo que sucede en el resto del mundo, viene creciendo en nuestro país, aunque con algunos altibajos.

Más allá de la tendencia creciente, las 68.476 has. registradas en el año 2014 representan, frente a los 36 millones aproximados de hectáreas cultivadas en nuestro país, solamente el 0,19 % de la superficie total cultivada. Es decir que, hoy por hoy, es una agricultura con una difusión claramente minoritaria.

Ahora bien, ¿por qué un consumidor se inclinaría por los alimentos orgánicos en desmedro de los convencionales cuando su precio, normalmente, es sensiblemente mayor?

Hay varias creencias muchas veces instaladas en la sociedad que dan la explicación a esta decisión. Las iremos analizando una a una

a- Los alimentos orgánicos son más sanos y nutritivos:

La realidad es que no hay ninguna evidencia en tal sentido y pareciera ser que es exactamente lo mismo, desde el punto de vista nutricional, consumir alimentos desarrollados bajo sistemas orgánicos o convencionales. En tal sentido es muy significativo un trabajo publicado por The American Journal of Clinical Nutrition en el año 2010 (2) en el cual se examina una muy larga serie de publicaciones relacionadas con este estudio comparativo llegando a la conclusión de que, a partir de la bibliografía existente, no surgen diferencias nutricionales a favor de uno u otro sistema.

b- La presencia de productos de síntesis química (agroquímicos y fertilizantes) en los alimentos podrían generar, a largo plazo, cáncer entre los consumidores:

Lo curioso de este argumento es que se da como cierto frente a todas las evidencias existentes en su contra. La enorme mayoría de los argentinos nos alimentamos desde nuestra infancia con alimentos convencionales y los índices de incidencia de cáncer en nuestro país están en consonancia con los del resto del mundo (3), además de que nuestra expectativa de vida, a la par de la de otros países sigue creciendo de forma continuada, entre otros motivos debido a una más adecuada alimentación, tal como muestra el cuadro siguiente.

 Expectativa de Vida: Public Data Banco Mundial.

https://www.google.com.ar/publicdata/explore?ds=d5bncppjof8f9_&met_y=sp_dyn_le00_in&idim=country:ARG:USA:BRA&hl=es&dl=es

País Año 1960 Año 2010 Año 2013
Estados Unidos 69,77 78,54 78,84
Argentina 65,22 75,48 75,99
Brasil 54,21 73,26 74,12

 La pregunta obvia sería; si nos estamos envenenando cotidianamente con los mal llamados agrotóxicos: ¿Por qué nuestra expectativa de vida continúa creciendo?

  Claramente en esto también influyen otros factores como, por ejemplo, los avances de la medicina.

Otro punto a considerar es que los cultivos orgánicos también utilizan pesticidas autorizados por el SENASA y que éstos no siempre son inocuos. Algunos ejemplos son los derivados del piretro, los preparados de metaldehído y el azufre y sus derivados.

Tampoco me animaría a afirmar que el uso de fertilizantes sintéticos es menos riesgoso que ciertos abonos como el estiércol de granja y gallinaza, líquidos u orinas o la harina de hueso y la harina de sangre con la posibilidad de contaminación bacteriana con E. coli y Salmonellas.

 Ello no significa de ninguna manera que no sea necesario extremar las precauciones en el control de residuos de agroquímicos en los alimentos que ingresan al mercado. Debemos aceptar que, en ocasiones y muy lamentablemente, existen irregularidades al respecto.

c- Los residuos de agroquímicos contaminan el suelo y, a largo plazo, los vuelven improductivos:

Esta es otra falacia que choca contra la realidad. Los rendimientos de nuestros cultivos vienen creciendo notoriamente en las últimas décadas y nada hace pensar que ello dejará de ser así en los próximos años. Los motivos principales de este crecimiento hay que buscarlos en las mejoras genéticas, en un mejor manejo del recurso suelo con la siembra directa y en el mejor control de plagas y enfermedades donde los fitosanitarios juegan hoy un papel preponderante. Al igual que en el punto anterior cabe formularse una pregunta. Si estamos “intoxicando” a los suelos: ¿Cómo es posible que el rendimiento de nuestros cultivos no deje de crecer?

d- Los productos orgánicos, al no tener aditivos químicos, son más sanos.

Existe en nuestra sociedad una especie de “químicofobia” en el sentido de tratar de evitar todo tipo de productos químicos en nuestros alimentos, ya que, por ello, serían más “naturales” y más sanos. Así, a muchas personas les parece mucho mejor un producto en cuyo etiquetado dice “sin conservantes ni colorantes”, que uno en cuya composición encontramos una larga lista de sustancias químicas que desconocemos y que nos producen cierto temor.

Pero en relación a esto me parece sumamente feliz la frase de J.M. Mulet (4) cuando afirma que “mejor conservante en mano que Salmonella volando”. En tal sentido el autor destaca que gracias a los conservantes nos mantenemos a salvo de enfermedades como la salmonelosis, el botulismo y la brucelosis, amén de olvidar que, gracias a estos conservantes la comida dura bastante más tiempo y nos ahorramos de tirar toneladas de alimentos a la basura. Es decir que lo que debiera producir miedo es la ausencia de conservantes, por más “natural” que sea el alimento.

e- La agricultura orgánica es más amigable con el medio.

Esto es, también, sumamente discutible y depende mucho de cada caso particular en función del tipo de manejo llevado a cabo. Lo que sí queda claro, y varios estudios lo demuestran (5) es que bajo agricultura orgánica se obtienen rendimientos sensiblemente menores que bajo agricultura convencional. Esto es ya un hecho aceptado. Las diferencias varían según cada cultivo y según el tipo de manejo.

La consecuencia lógica es que, para obtener la misma producción que bajo los sistemas convencionales, la agricultura orgánica requiere necesariamente de mayor cantidad de tierra cultivada, con el impacto ecológico que ello implica.

Cierre

La opción entre producir alimentos orgánicos o convencionales es propia de cada agricultor, así como también son los consumidores quienes libremente pueden optar entre uno y otro tipo de alimentos. Y ambas opciones son válidas siempre y cuando se llevan adelante en forma responsable y con los conocimientos adecuados.

Finalmente, debemos destacar que nunca en la historia de la humanidad hubo tanta seguridad alimentaria como en nuestros días, más allá de los muy lamentables problemas originados en la pobreza y en la pésima distribución de la riqueza en nuestro mundo. Y este logro se debe, muy mayoritariamente, a los alimentos convencionales.

Bibliografía de apoyo:

  • Fuente: SENASA: Situación de la producción orgánica en Argentina durante el año 2014. 
  • Dangour A.D. y col (2010) Nutrition related health effects of organic foods: a sistematic review. – The American Journal of Clinical Nutrition – Jul 2010 – Vol 92 – pp. 203-210 
  • Benatti Alexis: Fitosanitarios: de la evidencia científica a la información tóxica. Desde un Centro de Toxicología Clínica- En Seminario CPIA – Las Buenas Prácticas Agrícolas para Producir Alimentos en Forma Sustentable – Bolsa de Cereales de Buenos Aires. 
  • M. Mulet: Comer sin Miedo – Mitos , falacias y mentiras sobre la alimentación en el siglo XXI – Ediciones Destino – 2015 –ISBN 978-950-732-254-9 página 221. 
  • Seufert V., Ramankutty N., Foley J.: -2012 – Comparing the Yields of Organic and Conventional Agriculture. Rev. Nature N° 482- pp 229-232