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Argentina, el país que no acumula capital

En 2013 se inundó La Plata, se cree que hay al menos 89 muertos. En julio de 2014 la ciudad de 9 de Julio quedó anegada, en agosto de 2015 colapsó la autopista que une Rosario con Buenos Aires, y en 2016 apenas se inició la cosecha el diluvio se llevó todo el trabajo del centro de Santa Fe y partes importantes de Entre Ríos y el este de Córdoba. Solo para hablar de los últimos 5 años, la historia se repite: la Pampa Húmeda se inunda y como es plana no desagota rápido.

Iván Ordoñez
Iván Ordoñez

En enero de 2017 algunas zonas acumularon lluvias por 350 milímetros en sólo 20 días. En Arroyo Seco cayeron 350 milímetros en apenas un día. Eso quiere decir que cada hectárea tuvo que absorber 3.500.000 litros de agua. En 20 días o en uno es una catástrofe; las áreas cultivadas (no contamos lo no cultivado, como las ciudades rurales, caminos, etc.) con excesos hídricos pueden contarse en 2.000.000 de hectáreas según la Bolsa de Cereales de Buenos Aires y digamos que en promedio cayeron 200 milímetros, la región toleró un mínimo de 4.000.000.000.000 litros de agua en el espacio de un mes. No importa si ahí está cultivada soja, maíz, pasturas o un bosque tropical. Negar la magnitud del hecho es necio y decir que no existe el cambio climático es aún peor. Adicionalmente el consenso en la comunidad científica es abrumador: el cambio climático es un producto del hombre; puntualmente de la emisión de gases invernadero.

Todos los argumentos que culpan por el fenómeno a la actividad del planeta #Campo están errados: primero porque la soja no es la culpable del cambio climático o las inundaciones, sino porque encapsulada en ese argumento existe una falacia anti productivista. ¿Deberíamos ser menos eficiente en la producción de calorías por hectáreas para que no se inunde la Pampa Húmeda? ¿Menos alimentos será igual a menos inundaciones?

Mientras tanto “el niño se puso travesti” como bromeaban algunos productores en Twitter para pasar el mal trago y la inundación se combinaba con secas que devenían en incendios en el sur de Buenos Aires, La Pampa y Río Negro; algunos claramente evitables. El panorama para muchos participantes del ecosistema de agronegocios es sencillamente desolador: si las peores estimaciones se confirman no se realizarán 180 mil viajes de camión ida y vuelta al puerto; los contratistas de cosecha no tendrán millones de hectáreas para cosechar y los estacioneros no despacharán gasoil ni venderán sándwiches de milanesa. Para peor, habrá una onda expansiva: estrés financiero para contar con dinero para la campaña 17/18. Si bien la baja en la producción podrá ser parcialmente compensada por un alza de precios, todavía no es claro en qué cuantía. Ese número puede ser clave para la macroeconomía, pero para quienes no tienen nada que cosechar es una anécdota. Eso es solo para hablar de lo agrícola ¿los tambos que preparaban los rollos de pasto para el invierno qué harán? con caminos anegados ¿cómo sacarán la producción diariamente de sus tambos?

Suelen sucederse los interesados en defender al “pequeño productor”. Seamos políticamente incorrectos: el pequeño productor no existe. Está el productor lejos del feedlot, el molino o el puerto;  y el que está cerca. El que tiene ordenados sus números y puede ir al banco, y el que no. El que se financia con un pool de siembra, y el que lo hace con empresas de insumos. El que está en zonas altas, y el que está en bajos inundables. El que produce sobre tierra propia, y el que produce en tierra arrendada. El tambero, el ganadero, el mixto y el agrícola. No son categorías únicas, son compuestos matriciales de múltiples entradas. Además está todo el ecosistema de agronegocios que sirven a cada uno de estos productores: contratistas, proveedores de insumos y logística de granos, estacioneros, contadores y una larga lista de etcéteras. Si queremos ayudar al “pequeño productor” pensemos en todos estos tipos de productores y una forma de facilitarles la vida es con dos herramientas muy concretas: infraestructura para “llevar el agua desde donde sobra hacia donde no hay” y un sistema de seguros que permita estabilizar su flujo de ingresos. En criollo: si quieren proteger al ecosistema de agronegocios (y no solo al “pequeño productor”) hay que ayudarlo con herramientas inteligentes que lo protejan de eventos climáticos que lo envían a la quiebra. Y él debe ayudarse así mismo exigiéndolas y estudiando cómo mejorarlas.

La acumulación de capital es lo que hace más productivo al trabajo.

La infraestructura y un sistema financiero robusto son la expresión más concreta de esto. Cuando al viajar nos maravillan las catedrales, museos, canales, puertos, autopistas y trenes de Europa y Estados Unidos lo que nos impacta es la capacidad de acumular capital y volcarlo al espacio público para ser sociedades más productivas. Demandar infraestructura al Estado es imperativo, poner lo propio para diseñar soluciones financieras que protejan los bolsillos de todo el sistema de agronegocios también. La diferencia es que, a priori, demandar infraestructura nos pone en un rol pasivo, mientras que diseñar un sistema de seguros demanda que colectivamente seamos arquitectos de la solución. La construcción del activo colectivo “sistema que evite quiebras por eventos climáticos extremos” es una misión de todos y tiene un poco de cemento y otro poco de ideas.

No hay tiempo que perder.

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