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Récords de producción y desperdicio de alimentos desafían el futuro

Por: Eduardo Müller Saboia

Eduardo Müller Saboia es técnico e ingeniero industrial mecánico con una posgraduación en Gestión Industrial y Business Management, y un Master en Administración Estratégica. Trabaja en la industria de la maquinaria agrícola y es profesor de Agricultura 4.0 en el posgrado de la Universidad Federal de Paraná (Brasil) y del Instituto Nomm en Curitiba.

 Eça de Queiroz, escritor portugués, escribió que “es el comer lo que produce el hambre”. La frase, cerca de un siglo y medio después, parece encajar a la perfección con la actual demanda creciente de alimentos provocada por el aumento de la población, la mejora del ingreso mundial per cápita e importantes cambios en los hábitos de los consumidores.

Diariamente se lanzan nuevas tecnologías y técnicas en todos los procesos relacionados con la producción de alimentos. Es la Agricultura 4.0 o digital. Producir más y con calidad superior ha sido un mandamiento para todos los productores. Diversos sensores, junto a desarrollos de nano y biotecnología crean semillas más fuertes y productivas a partir de células madre. Una revolución que hace que una máquina aprenda de la otra y que juntas lleven más productividad al campo. Año tras año, nuevas fronteras agrícolas se superan y el hombre parece dominar el campo como nunca.

Sin embargo, hay algo que duele y, en definitiva, muestra la fragilidad de todo el sistema. Incluso frente al desafío hercúleo de producir un 40% más alimento para el 2030, el mundo se enfrenta a un desperdicio que se lleva un tercio de todo lo que produce.

De acuerdo con FAO, Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y Agricultura, un 1,3 mil millones de toneladas de alimentos van a la basura cada año en todo el planeta, un volumen de comida suficiente como para alimentar a 2 mil millones de personas.

Y el desperdicio está en toda la cadena. Según datos de FAO en Argentina se derrochó en 2017 el 13 por ciento de la producción de alimentos, un valor equivalente a desechar un kilo de comida diario por habitante. Las rutas y embalajes en mal estado, la falta de capacitación de los recursos humanos, la selección a la hora de la compra y la cantidad de comida demás en el plato que no es llevada a la boca, son algunas causas de esas pérdidas. Estudios realizados en Brasil por ejemplo muestran que del total desperdiciado, 10% se pierde en el momento de la cosecha; 50% en la manipulación y el transporte; 30% en los centros de distribución; y el 10% restante en los mercados, puntos de venta y consumo.

Con tanto foco en la costosa y delicada producción, ¿por qué hay tantas dificultades para contener el desperdicio? ¿Hay demasiadas exigencias sobre la belleza y calidad de los alimentos, dejando de lado la vital utilidad de los mismos? ¿Por qué es tan difícil implementar soluciones legales de distribución para todo aquello que no se valora en los mercados?

El ser humano consume alimentos primero para satisfacer las necesidades básicas, pero una vez asegurado eso pasa a fijarse en el sabor, la variedad, la conveniencia y los atributos para mejorar la forma física y vivir mejor. El acceso fácil a los alimentos para gran parte de la población mundial conduce a la búsqueda de alimentos cada vez más vistosos y perfectos.

El precio que la humanidad está pagando por esta vanidad es justamente que un tercio de los alimentos terminen en la basura y 2 mil millones de personas padezcan, en la base de la pirámide, sin poder satisfacer sus necesidades básicas.

Para asegurar la alimentación de 8 mil millones en 2020, 9.800 millones de personas en 2050 y 11.200 millones en 2100, la introducción de nuevas técnicas de producción probablemente no será suficiente. Si no se hace nada al respecto, la porción de la humanidad que no consiga cubrir sus necesidades alimentarias básicas será cada vez mayor. Es necesario hacer algo de inmediato para reducir los desperdicios, contemplando una mejora de los flujos de distribución e incrementando la vida útil de los alimentos.