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Siembra Directa, revalorando conceptos básicos. Por Santiago Lorenzatti

Director de Okandú SA / Directivo de Aapresid

 El gran dilema de la Humanidad es cómo lograr una convivencia armoniosa entre la economía y la ecología (Viglizzo, 2001). Las leyes de la física juegan una mala pasada, ya que hay un determinismo condenatorio en la segunda ley de la termodinámica. De una manera simplista, esta ley demuestra que cuanto más producimos, más energía y desechos generamos, y que este costo  – llamado entropía-  es inevitable. Esto significa que aspirar a una armonía perfecta entre la producción de alimentos y energía de manera suficiente, y la inalteración del ambiente es una utopía. No hay posibilidad física de lograrlo. Es en cambio, posible diseñar y ejecutar estrategias productivas que resulten más sustentables que otras. Es precisamente, dentro de esta última línea de pensamiento, desde la cual se abordará el eje conceptual en este artículo.

Santiago Lorenzatti.  Director de Okandú SA / Directivo de Aapresid
Santiago Lorenzatti.
Director de Okandú SA / Directivo de Aapresid

 

– La historia de la agricultura

La historia de la agricultura es la historia de la labranza. El hombre, a lo largo de su historia agrícola utilizó a las labranzas como una herramienta indispensable para la obtención de alimentos. La labranza permitía preparar el suelo-refinarlo y despoblarlo de malezas- para poder implantar un cultivo. Posteriormente, con las labores culturales se buscaba controlar las malezas y estimular a la mineralización de la materia orgánica para la liberación de nutrientes que eran aprovechados por el cultivo.

La agricultura convencional, basada en las labranzas, fue el paradigma agrícola que la humanidad aplicó desde sus inicios, hace más de diez mil años. Es más, actualmente, la mayor proporción de la agricultura mundial sigue realizándose con las labranzas como eje; proceso que en los últimos 100 años se vio intensificado de la mano de la incorporación de tractores de potencia creciente, herramientas de labranzas y demás implementos.

Aún reconociendo que sirvió para alimentar a la humanidad en el pasado, la agricultura convencional -por vía de la erosión de los suelos- y por la aplicación de un criterio de explotación, minero o extractivo de los recursos, en muchos casos hizo llegar a extremos de deterioro de magnitud escalofriante: “perder más de diez toneladas de suelo por tonelada de grano producido”; evidentemente, un “costo” que la humanidad toda no podía, y menos aún no puede ni podrá seguir pagando (Peiretti, 2004).

 -Una una nueva agricultura

Analizando la actual encrucijada en que se encuentra la Humanidad entre la necesidad de aumentar en lo inmediato la producción de alimentos en cantidad y calidad, y la imperiosa necesidad de hacerlo sin destruir el ambiente, resulta evidente la importancia de diseñar y ejecutar un modelo agrícola que contemple ambos aspectos. Hay que aprender de las experiencias del pasado para no repetir viejos errores, y al mismo tiempo apoyarse en la ciencia y la capacidad de innovación para encontrar nuevas alternativa superadoras.

Conceptualmente, La nueva agricultura debiera  interpretar la real y amplia oferta ambiental que cada país o región posee; y la adecuación de una estrategia productiva que maximice el uso eficiente de esos recursos disponibles; incorporando aquellos insumos externos limitantes, de manera de maximizar la producción sustentable. En términos energéticos esta nueva agricultura tiende a maximizar la eficiencia de transformación de la energía disponible – ofrecida por los recursos naturales y los insumos externos-  y su “almacenamiento” en forma de alimentos, fibras y energía (biocombustibles).

Se trata de una nueva agricultura, basada en la incorporación de los conocimientos que la ciencia genera; principalmente en lo que a ecología, ecofisiología, genética, nutrición y protección de adversidades bióticas y abióticas respecta.

La nueva agricultura y las Buenas Prácticas Agrícolas

Las buenas prácticas agrícolas (BPAs) son las herramientas que permiten adaptar y ejecutar los nuevos conocimientos y avances tecnológicos al terreno de la producción agrícola de alimentos, en un contexto de sustentabilidad económica, social y ambiental.

Siembra con cobertura
Siembra con cobertura

  Las BPAs en la actualidad, además de permitir producir sustentablemente, son un componente de competitividad, que puede permite al productor rural diferenciar su producto de los demás oferentes, con todas las implicancias económicas que ello supone: mayor calidad, acceso a nuevos mercados, consolidación de los mercados actuales, y reducción de costos.

La FAO define a las BPAs  como “la aplicación del conocimiento disponible a la utilización sostenible de los recursos naturales básicos para la producción, en forma benévola, de productos agrícolas alimentarios y no alimentarios innocuos y saludables, a la vez que se procuran la viabilidad económica y la estabilidad social”. La aplicación de las BPAs implica el conocimiento, la comprensión, la planificación y mensura, registro y gestión orientados al logro de objetivos sociales, ambientales y productivos específicos. Las BPAs constituyen una herramienta cuyo uso persigue la sustentabilidad ambiental, económica y social de los sistemas productivos agropecuarios, lo cual debe traducirse en la obtención de productos alimenticios y no alimenticios más inocuos y saludables; en un marco de minimización o neutralización del daño ambiental. O mejor aún, conservando y aún mejorando muchos parámetros y atributos de los recursos naturales involucrados en el proceso productivo; en el caso de la agricultura, principalmente el suelo. Todo ello, sin resentir los rendimientos de los cultivos; por el contrario, teniendo como objetivo su aumento permanente a partir de la incorporación de conocimientos.

Más allá de las definiciones, en el terreno real y considerando a la producción agropecuaria comercial, no es común abordar el tema de las BPAs desde la óptica de la gestión ambiental y de cómo se afectan los recursos naturales involucrados.  Por el contrario, la mayoría de los protocolos y normativas hacen hincapié en la inocuidad y salubridad del producto para el hombre; relegando a segundo plano el impacto de esas prácticas sobre el ambiente.

Por lo tanto, uno de los principales desafíos que actualmente enfrenta la implementación de BPAs es la profundización del conocimiento y aplicación de prácticas que realmente tengan un impacto negativo mínimo sobre el ambiente; o mejor aún permitan mantener o mejorar muchos atributos de los recursos naturales involucrados en el proceso de producción.

Por otra parte, en el terreno de los agronegocios la implementación de protocolos que contengan a las BPAs constituyen un desafío y una oportunidad;  ya que de su cumplimiento puede que dependa la entrada de sus productos agropecuarios a los mercados con mayor sensibilidad ambiental y creciente exigencia en calidad. O mejor aún, la implementación y certificación de BPAs de manera proactiva puede generar oportunidades de negocio con agregado y captura de valor.  Agricultura Certificada, de Aapresid es un claro exponente de esta realidad.

En agricultura extensiva, las principales BPAs son: siembra directa, rotación de cultivos, manejo de la nutrición y fertilización balanceada, y manejo integrado de plagas.

 Siembra Directa, el pilar de las BPAs.

La siembra directa consiste en la implantación de los cultivos sin el uso previo ni posterior de labranzas, mediante la utilización de equipos de siembras que deben tener la capacidad de poder cortar la cobertura superficial del suelo, abrir una pequeña línea de siembra, depositar la semilla en su interior y cerrar el surco abierto. El control de malezas se realiza mediante el ajuste de las rotaciones y la intervención química en momentos específicos. A su vez, dado que no hay laboreo de suelos, y por ende no hay pulsos violentos de mineralización, la estrategia de fertilización debe necesariamente cambiar y adecuarse a las nuevas condiciones edáficas.

Soja
Soja

Más allá de esta definición, el concepto de siembra directa toma diferentes acepciones o interpretaciones, aún dentro de países referentes o líderes a nivel mundial según su nivel de adopción, como Argentina y Brasil. Por un lado, están quienes la perciben estrictamente como ausencia de laboreo.  Es un criterio simple y sencillo que considera siembra directa a toda situación de cultivo que haya sido establecido sin remoción  previa del suelo; sin importar otros atributos (como la presencia o no de cobertura de suelo) o la duración en el tiempo de la condición de no-laboreo.  Por ejemplo, es común encontrar productores que realizan cultivos de invierno con preparación de la cama de siembra mediante laboreos, y que luego optan por sembrar el cultivo estival (dentro del mismo año productivo) sin remoción  de suelo; sembrando “directamente”. Luego cuando retornan nuevamente al cultivo invernal optan por implantarlo en labranza convencional; es decir labrando el suelo. En este caso, no hay una continuidad temporal de la condición de la condición de no-remoción. Se trata de una visión simplista y cortoplacista del concepto de siembra directa, que la toma estrictamente como una herramienta puntal y ocasional para el logro de una tarea de siembra en tiempo y forma.

Otro ejemplo dentro de esta visión simple de siembra directa es aquella que se da en productores que si bien respetan la continuidad temporal de la condición de no-laboreo, lo hacen como único criterio. El caso más conocido, es el de productores que realizan monocultivo (principalmente de soja) sembrado “directamente” casi de manera indefinida. Bajo esta lógica, si bien se cumple la condición de no disturbar el suelo, este queda la mayor parte del tiempo desnudo, con escasa cobertura, y por ende con muy baja protección frente a la acción erosiva del viento o la lluvia. Por otro lado, la ausencia de sistemas de raíces de diferentes arquitectura (ya que sólo se siembra un mismo cultivo) no favorece que el suelo recomponga su porosidad. La consecuencia final, es un suelo menos poroso, como un deficiente drenaje; todos aspectos negativos que se suman a la falta de cobertura.

Generalmente estas visiones simplistas y cortoplacistas sólo ven las ventajas operativas o económicas de la siembra directa; ya que por un lado reducen la cantidad de tareas agrícolas – comparado con labranza convencional – y a su vez lo realizan a un costo significativamente menor.

En consecuencia, se puede afirmar que la simplificación de la siembra directa al extremo de percibirla exclusivamente como “ausencia de labranzas” ha llevado, en algunas circunstancias, a errores conceptuales en el manejo de sistemas productivos; todos ellos alejados del concepto de sustentabilidad.

 Por el contrario, se debe apuntar a tener una visión holística, sistémica e integral de la siembra directa, asumiendo la necesaria interpretación de los procesos biológicos, los cuales necesariamente son complejos. Se trata de concebir a la siembra directa como un “sistema” productivo,  basado en la ausencia de labranzas y en el mantenimiento permanente de los suelos cubiertos por los rastrojos y cultivos. El hecho de percibirla como sistema deja claramente explicitado la existencia de muchos más componentes y sus interacciones, que la simple condición de no laboreo. Por otro lado, agrega una segunda condición que es la presencia permanente de un suelo cubierto. Algo que en apariencia pareciera tan simple, solo se alcanza si a la condición de no laboreo se la acompaña de otras BPAs como la rotación de cultivos con una ajustada diversidad e intensidad, y un manejo nutricional – vía reposición de nutrientes – que permita mantener en el tiempo la productividad de los suelos.

Siembra directa y suelo

Existen números estudios e investigaciones sobre el impacto de implementar un “sistema” de siembra directa sobre las principales características edáficas. Se aclara que dichas modificaciones sólo suceden cuando la no remoción se realiza en un marco de rotación de cultivos (con ajustada diversidad e intensidad) y una adecuado manejo de la nutrición vegetal y fertilización del suelo. Por el contrario, el aplicar la siembra directa con una visión simplista, cortoplacista, o como práctica eventual no permite acceder a estos beneficios.

Soja
Soja

En primer lugar, la implementación continua del sistema de siembra directa tiene como consecuencia el aumento en un volumen superficial del suelo de los tenores de materia orgánica. En siembra directa se genera una capa superficial enriquecida con residuos orgánicos, alterando la dinámica de la materia orgánica y  el ciclado de nutrientes.  Específicamente, la no roturación del suelo sumado al retorno de los rastrojos estimula a la formación de un volumen superficial de suelo enriquecido en materia orgánica. Es decir, que existe una estratificación de ese “plus” de materia orgánica, ubicada mayormente entre los 5 a 10 cm de profundidad, diluyéndose el efecto a mayor profundidad. Un dato no menor es que la contribución de los rastrojos es mayor en las fracciones más oxidables de la materia orgánica (también llamada materia orgánica joven o lábil); es decir, aquella que frente a un factor externo que favorezca una oxigenación violenta del suelo se pierde rápidamente.

En segundo lugar, la implementación de la siembra directa tiende a mejorar las propiedades biológicas, químicas y bioquímicas de los suelos, y cambia la composición, distribución y actividades de las comunidades microbianas. El aporte adecuado en cantidad y calidad de residuos orgánicos, además de promover aumentos en los contenidos de materia orgánica, estimula a aumentos significativos de los niveles de carbono de la biomasa microbiana. A ello se suma que los suelos con mayor antigüedad en siembra liberan menores niveles de dióxido de carbono. Esto sugiere una protección de la materia orgánica contra el ataque microbiano, favoreciendo el secuestro de carbono en el suelo, y un efecto mitigador sobre el cambio climático.

Finalmente, el mayor, más rápido, y evidente impacto de la adopción de la siembra directa sobre las propiedades del suelo se da en la porosidad edáfica. De todas las propiedades del suelo, la porosidad es tal vez la más fácil, frecuente y ampliamente alterada por las operaciones de labranza o manejo sin laboreo. En el caso específico de la siembra directa, la no remoción, la descomposición de raíces y la deposición de residuos orgánicos en superficie favorece a la regeneración permanente de poros estables. A ello se suma la acción de lombrices, gusanos e insectos en general con la construcción de galerías. Estos macroporos son continuos, poco tortuosos y estables; siendo responsables del rápido ingreso y movimiento del agua en el suelo, de favorecer su aireación y de brindar un hábitat favorable para el crecimiento de las raíces. 

Esta mejora en las propiedades físicas del suelo, sumado a la presencia de cobertura en superficie permite hacer un uso más eficiente del agua, un bien cada vez más preciado. Un suelo con cobertura y sin remoción disminuye la escorrentía superficial y los riesgos de erosión asociados, lo cual da más  tiempo para que el agua ingrese al perfil del suelo. Sumado a ello, la macroporosidad generada permite un rápido drenaje (en función a la textura de cada suelo) facilitando el almacenaje en todo el volumen de suelo explorable por las raíces de los cultivos.

Finalmente, la presencia de cobertura disminuye las pérdidas de agua por evaporación directa, y protege a la estructura del suelo del impacto de las gotas de lluvia. Todo redunda en más agua disponible para los cultivos y menos pérdidas; en síntesis un uso más eficiente del recurso generalmente más escaso, el agua.

Frente a fenómenos de lluvias abundantes, copiosas y de grandes acumulados en corto tiempo, la siembra directa bien realizada es una herramienta que ayuda a mitigar los efectos negativos. Obviamente, su sola inclusión no alcanza, pero su aporte es genuino y  beneficioso, comparado a su alternativa real que es realizar una agricultura con labranzas.

 – Siembra directa, algunos ejemplos

Siembra Directa
Siembra Directa

Para una mejor compresión de estos conceptos resulta interesante analizar algunos ejemplos.  El primer caso propuesto es analizar a un productor que realiza monocultivo de soja. Como quedó explicitado en párrafos anteriores, sólo cumple con la condición de no laboreo, pero tendrá un suelo desnudo, sin cobertura, y con deficiente drenaje producto de una disminución de la porosidad. El hecho de tener un único cultivo por año, de escasa cantidad de aporte de rastrojos hace que el suelo tenga una cobertura muy baja. Sumado a ello, la calidad de ese rastrojo (dada principalmente por su relación C/N) hace que su duración temporal sea baja. En consecuencia, la mayor parte del año, el nivel de cobertura de suelo estará por debajo del 50%. Por otro lado, las raíces de este monocultivo siempre explorar el mismo volumen de suelo y generan por su descomposición un único tipo de poro. La combinación de baja cobertura superficial y escasa capacidad de regeneración de poros hace que el ingreso y drenaje del agua sea deficiente. 

Ahora, si ese campo ingresa a un esquema de rotación, con inclusión de trigo y cebada en invierno y maíz y soja en verano, se puede aspirar a revertir la situación negativa descripta.  Por un lado, al incluir gramíneas (trigo, cebada y maíz) y aumentar la frecuencia de cultivos, el volumen de rastrojo aportado crece sustancialmente; tratándose, además, de un rastrojo de menor velocidad de descomposición dada su alto contenido en lignina e hidratos de carbonos estructurales. La consecuencia será una mayor cobertura del suelo y más duradera. Sumado a ello, los sistemas radiculares de las gramíneas son muy abundantes y en cabellera, a lo que se suma la capacidad exploratoria en profundidad diferencial de cada especie. Al ir descomponiéndose las raíces van reconstituyendo la porosidad pérdida, lo cual mejora el drenaje del agua y redunda en un mejor ambiente para el desarrollo de los cultivos siguientes. Finalmente, para que las gramíneas produzcan granos y rastrojos (incluidas las raíces) de manera importante, es necesario ajustar la estrategia de fertilización, de manera de aportar y reponer los nutrientes que se extraen todos los año con los granos.

Se entra así en un círculo virtuoso de mayores rendimientos y mejora de la fertilidad edáfica perdida. Y en definitiva, sólo así se accede a los beneficios del sistema de siembra directa; quedando en claro que no basta con no labrar el suelo, sino que también hay que mantenerlo cubierto. Y para ello es fundamental, acompañar al no laboreo con prácticas como la rotación de cultivos y el manejo de la nutrición de cultivos y del suelo. Queda claro así, que la soja no es el problema, sino una mala conceptualización y aplicación de la mal llamada “siembra directa”.

Otro ejemplo que ayuda a comprender la complejidad del sistema consiste en analizar el impacto de realizar un laboreo ocasional o de salirse del esquema de rotaciones. Si se retorna a una situación de monocultivo sin remoción, poco a poco caerá la cobertura, y el suelo vuelve a estar desnudo a expensas de la erosión hídrica y eólica. A ello se suma que el volumen de raíces aportadas anualmente cae y se empieza a perder porosidad en el suelo, disminuyendo el drenaje. Pierde el ambiente y pierde la producción. Otra situación semejante se da, si por algún motivo se vuelve a introducir a la labranza como componente del sistema productivo, por más ocasional que sea. Si algunos de los cultivos de la secuencia reciben recurrentemente la preparación de la cama de siembra vía el refinamiento del suelo por labranzas, se desencadena el siguiente proceso:

Siembra
Siembra
  1. Luego de cada labranza se producirá una oxigenación violenta del suelo que estimulará la mineralización de la materia orgánica. Como una importante proporción es lábil rápidamente se oxidará, dando como resultado una disminución de los tenores de materia orgánica en el suelo.
  2. La cobertura aportada por los rastrojos disminuirá drásticamente con los perjuicios en protección del suelo, al igual que su efecto sobre el mantenimiento de la humedad.
  3. El sistema de macroporos continuos que habían sido generados por la actividad de raíces, lombrices e insectos son destruidos (producto de cada labranza) y reemplazados por espacios no continuos e inestables ocasionados por las labranzas; con consecuencias negativas sobre la dinámica de ingreso y movimiento de agua en el suelo.
  4. Se afectará marcadamente la estabilidad del ambiente edáfico, con variaciones bruscas de temperatura, humedad y oxígeno, lo cual afectará a las poblaciones de microorganismos del suelo.

Y lo peor, es que toda la ganancia en materia orgánica, porosidad, estabilidad estructural, y biodiversidad edáfica que se había logrado con años de implementar un sistema de siembra directa se derrumba rápidamente y costará varios años recuperarla.

Esta descripción y análisis  dan una rápida pero clara idea de los beneficios de utilizar a la siembra directa, no como práctica eventual o con visión simplista, sino con un enfoque sistémico.

 A modo de síntesis

El “sistema de siembra directa” puso en marcha un nuevo paradigma en la agricultura que promete ayudar a superar el problema de la erosión y degradación de los suelos. Al estado del conocimiento actual, se vislumbra como la alternativa productiva que mejor conjuga los intereses – muchas veces contrapuestos – de alcanzar una producción económicamente rentable para las empresas, ambientalmente sustentable, y socialmente aceptada. Sin embargo, se accederá a todos los beneficios siempre que se comprenda la complejidad de los agroecosistemas en los que el productor trabaja, y se respeten los tiempos de los ciclos biológicos por sobre las urgencias que exige la rentabilidad inmediata.

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