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Transgénicos, del mito al éxito. Por José Mulet

Una de las tecnologías que más debate y controversia ha suscitado en los últimos años es la de la tecnología transgénica. A este debate no ha ayudado que gran parte de la información que circula sobre este tema en internet o por medios de comunicación esté desprovista de cualquier base científica y sea una mera repetición de tópicos. Pero ¿realmente deberíamos  preocuparnos? ¿Está justificado el miedo a los transgénicos?

Por: José Miguel Mulet

Desde el punto de vista legal un organismo transgénico es aquel organismo que lleva un trozo de ADN que proviene de otro organismo y que se ha incorporado por métodos de ingeniería genética. Hay que tener en cuenta que el intercambio de genes entre diferentes especies de forma natural es un hecho bastante frecuente en la naturaleza, conocido como transferencia horizontal. Por poner un ejemplo, recientemente se secuenció el genoma del boniato y se descubrió que el 13% de su genoma proviene de virus o de bacterias. El 4% del genoma humano es de origen vírico. También podemos modificar el genoma de diferentes especies sin que eso se considere transgénico, por ejemplo cuando hibridamos dos especies diferentes, o cuando injertamos una especie sobre otra.

Otra paradoja de este debate es que no somos conscientes que hoy por hoy sería imposible vivir sin transgénicos puesto que es una tecnología absolutamente presente en nuestro día a día.

El debate y la oposición se han centrado en las aplicaciones destinadas en la agricultura, pero han olvidado la mayoría de los fármacos, los jabones y detergentes, muchos colorantes que se utilizan en diferentes industrias, o el algodón que utilizamos en nuestra ropa, billetes de euro o el material sanitario o de higiene íntima.

Curiosamente nunca ha habido oposición al uso de transgénicos en medicina, a pesar de que muchos de los argumentos que se aplican en contra de los transgénicos en agricultura  -como el hecho de estar patentados y en manos de multinacionales-  serían de igual aplicación. Este factor deja al descubierto la inconsistencia del debate antitransgénicos ya que no es una debate planteado en términos generales, sino con argumentos que de forma arbitraria se aplican o no.

¿Deberíamos de estar preocupados?

¿Realmente un cultivo transgénico representa un problema para la salud o para el medio ambiente? Pues no hay ningún dato que nos invite al pesimismo.

La realidad es que cuando un transgénico sale al mercado debe superar una evaluación mucho más estricta que cualquier alimento tanto en aspectos de salud como de medio ambiente.

Si le exigiéramos a un alimento no OGM los mismos controles que le exigimos a un transgénico probablemente tendríamos que cerrar los supermercados, puesto que la mayoría de alimentos no lo superarían. Y es fácil de ver. Por ejemplo, hoy en cualquier supermercado podemos encontrar cacahuetes o frutos secos, a pesar de ser de los alimentos que desencadenan una de las reacciones alérgicas más violentas. Sin embargo se autorizan por ser un alimento tradicional, aunque hay que advertir de su presencia en productos elaborados para evitar problemas. Aun así cada año mueren miles de personas por reacciones alérgicas a los frutos secos.

Una de las muchas pruebas que tiene que superar un transgénico antes de comercializarse es la de no ser alérgeno, por lo que un transgénico que produjera alergias nunca saldría al mercado. De hecho en 20 años no hemos tenido ningún problema de salud o de medio ambiente a causa de los transgénicos. Por lo tanto de este punto de vista, ni el miedo ni el debate están justificados.

Maíz

En Europa solo se siembra una variedad de transgénico, el Maíz MON810 que es resistente a insectos. Este maíz se siembra principalmente en España, y en concreto en el valle del Ebro y del Guadalquivir, que son las zonas más afectadas por la plaga de taladro. Sin embargo se importan casi un centenar de variedades diferentes de maíz, soja, algodón, colza y remolacha. ¿Dónde están esos transgénicos? Hay que tener en cuenta que en Europa estamos comiendo muy pocos transgénicos. La ley obliga a etiquetarlos, y dada la mala fama que tienen, los fabricantes y distribuidores han optado por no utilizarlos como ingrediente en compuestos alimentarios… en general. Hay determinadas marcas que sí que los utilizan y solo hay que mirar en la etiqueta.

Sin embargo el principal destino de la soja y el maíz transgénico es para piensos de animales. Prácticamente toda la carne y los huevos que estamos consumiendo en Europa se han alimentado con soja y maíz transgénico. Aquí viene otra de las paradojas del debate. Actualmente gastamos millones de euros en hacer análisis para asegurarnos que no crucen la frontera alimentos transgénicos sin ir convenientemente etiquetados.

Sin embargo cuando vamos de vacaciones a un país como Estados Unidos, China o Cuba, donde no hay ley de etiquetado, estamos comiendo esos mismos transgénicos que aquí nos empeñamos en etiquetar sin que haya ninguna indicación al respecto.

Otra particularidad es que la ley esta solo se aplica a alimentos. El mismo almidón de maíz que si se utilizara en una galleta o en un pastel obligaría a llevar la etiqueta de “Contiene transgénicos”, puede utilizarse como excipiente de un medicamento y no precisaría de ningún etiquetado, puesto que la ley obliga a etiquetar alimentos, pero no medicamentos, otra de las muchas paradojas del debate.

Realidad agraria

El debate está afectando. Bueno a nivel de investigación y de agricultura en Europa sí que ha supuesto un freno a una tecnología que se está utilizando alegremente en el resto del mundo. No obstante los datos globales indican que es la tecnología agraria que más rápido desarrollo e implantación ha tenido. La superficie sembrada con transgénicos en el mundo crece año tras año. En la actualidad el principal productor es Estados Unidos, seguido de Brasil y Argentina.

La mayoría de los transgénicos que se utilizan en agricultura son para tolerancia a insectos, virus o herbicidas. El hecho de que estos transgénicos sean tan populares es precisamente por su efectividad y porque fueron los primeros en desarrollarse, ya que su efecto se consigue con un único gen.

Esta ventaja la aprecia el agricultor, pero el consumidor solo notará una disminución en el precio, principalmente en el de la carne. Esto facilita la posición contraria a los transgénicos, ya que el consumidor medio no aprecia los beneficios que le aporta esta tecnología.

Sin embargo la ciencia nos ha permitido desarrollar nuevas aplicaciones, muchas de ellas centradas exclusivamente en el consumidor, como el trigo apto para celiacos; los tomates o la piña ricos en antioxidantes que podrían prevenir el cáncer; el arroz, naranja, maíz, plátano o yuca dorada rico en vitamina A, o el arroz púrpura rico en antioxidantes. A partir de ahora el consumidor podrá ver directamente el beneficio que los transgénicos pueden ofrecerle y elegir libremente si desea o no consumirlos.

¿Cuál es el futuro?

Todas las encuestas indican que la posición europea contraria a los transgénicos está en retroceso. Las propias organizaciones ecologistas cada vez hacen menos campaña sobre este tema, conscientes que empieza a tener escaso calado popular y que la gente está cada vez más informada. Además, ha aparecido una nueva variable, ahora existe una nueva tecnología, el CRISPR, que nos permite editar los genomas, por lo que el organismo resultante legalmente no sería transgénico, a lo que hay que añadir el factor que no existe ningún método de análisis que nos permita detectarlo.

Por lo tanto los transgénicos no son una tecnología del futuro, al contrario son la tecnología del presente.