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Una tonelada por habitante no alcanza- Por Iván Ordóñez

La gringada cuenta los magros porotos de la 17/18 y ya planeó la 18/19; está cerrando la siembra de las últimas hectáreas de la fina que alcanzará el récord de siembra de los últimos 10 años. Para muchos la apuesta es revertir el dramático resultado de la #Sequía18. En el análisis de la precampaña de maíz muchos se preguntan si se sembrarán casi 6 millones de hectáreas, alcanzando así el record histórico desde que se introdujo este cultivo en el país, un 10% arriba de la campaña pasada. En cada ciudad rural del país se afinan cuentas para calcular la relación insumo producto, se revisan los límites de crédito con bancos y proveedores y se estudian los perfiles de agua en el suelo. De todo eso dependerá otra campaña para la historia y si el clima acompaña habrá maíz (y rentabilidad) para continuar la gran saga de transformar a Argentina como supermercado del mundo.

El maíz es el cultivo que más insumos demanda y al ser un híbrido, el que más conocimiento insume por metro cuadrado. La voluntad inversora del planeta #Campo supera los 450 dólares por hectárea tranquera adentro, sin contar el alquiler/costo de oportunidad de la tierra. Si, alrededor de 2.700 millones de dólares será la inversión de este año.

De cumplirse el pronóstico de siembra, una cosecha con clima que acompañe podría dejar 45 millones de toneladas, casi una por habitante: Argentina tiene que entender que no hay destino si no mira al mundo. Si bien no hay estimaciones muy afinadas, alrededor de 12 millones de toneladas se consumirán en el país, mientras que el resto se exportará.

La segunda pata del desafío es lograr la coordinación sistémica de los agronegocios del maíz ya que un nodo (la producción del grano) es extremadamente competitivo, sin embargo, a medida que el cereal sale lote comienza a perder competitividad. ¿Cómo podemos hacer más competitivo y robusto a todo ese sistema aguas arriba y aguas abajo?

Más de un tercio del maíz argentino se produce en esa zona en la que se funden Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Los que habitan el planeta #Campo son nuestra burguesía industrial posible. Históricamente el contexto macro (y particularmente durante el Gobierno anterior) los entretuvo en tareas de bajísima eficacia y eficiencia relativa. Si los productores hubiesen contado con el total de sus recursos y su atención, historias bioenergéticas como Bio4 en Río Cuarto, los tambos estabulados de AdecoAgro en Christophersen que producen biogás, o las centrales de biomasa de AdBlick en Venado Tuerto y Rojas, serían más frecuentes. Son proyectos espectaculares no solo desde lo tecnológico y lo económico, también desde la matriz organizacional para su fondeo y gobernanza: los tres ejemplos no son aleatorios, cada uno juntó capital y se estructuró societariamente de una forma distinta.

Iván Ordóñez

Hace unas semanas alrededor de 20 jóvenes sub30 de @ACAJovenes viajaron a Brasil para intercambiar experiencias con sus pares verdeamarelos. @lailajurisich volvió entusiasmada con la diversificación de actividades en las que estaban involucradas las cooperativas, particularmente con alimentos congelados que llegan a las góndolas a base de cerdo y pollo (maíz en algunas de sus múltiples presentaciones). Experiencias de este tipo resaltan la importancia de dejar de mirarnos el ombligo para aprender no solo sobre los otros, sino sobre nosotros mismos. Esos niveles de diversificación solo son viables económicamente a escalas monstruosas en el ultra competitivo mercado brasilero de proteínas animales, dominado por gigantes de presencia global. Esas escalas son solo posibles gracias a esquemas asociativos con incentivos positivos para los productores agropecuarios que participan de esos arreglos contractuales. La complejidad de dichos contratos demanda entornos macro que sean estables, de lo contrario exigen constantes renegociaciones que desgastan la relación entre las partes.

En el medio de la siembra de fina el país atravesó una turbulencia cambiario-financiera. El Gobierno se paró sobre la confianza que generó su política internacional y fue acompañado por un FMI que le prestó más del doble de lo que permiten sus estatutos. El mundo financiero reafirmó su confianza en un proceso complejo devolviendo el status de país emergente, lo que permite a fondos institucionales elevar significativamente su exposición a activos argentinos. Con el río revuelto, internamente numerosos actores vislumbraron como posibilidad una vuelta de los derechos a la exportación al maíz (y del trigo sumado a un freno a la reducción del gravamen a la soja).

Pasando revista a las declaraciones de los economistas opositores queda claro que el actual Gobierno es el único actor político que se esfuerza por evitar la salida “fácil” retencionista y busca mantener el plan original: una Argentina que se integra al mundo a través de incrementar sus exportaciones.

Lamentablemente en estas páginas los argumentos se repiten: de una forma u otra en un tercio de las veintiocho editoriales aparece la palabra “retenciones”. Siempre se la nombra para analizar sus efectos nocivos desde lo económico, social y medioambiental. Es el día de la marmota del análisis económico. Un loop del hartazgo conceptual. Una letanía. Las retenciones no las pagan los productores agropecuarios, las pagan los argentinos con menos desarrollo.

Las retenciones están mal, exportar está bien.