Lic. Florencia Sambito p/ Horizonte A

fsambito@hotmail.com

 

Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja,

y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco,

sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,

por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante,

exclusivamente hacia adelante.

Julio Cortázar. La autopista del sur.

 

La comunidad agropecuaria se reúne. Le damos la bienvenida a la comunidad del agro. La comunidad agroindustrial se enfrenta a una decisión del gobierno, la comunidad esto, la comunidad aquello…  Si la comunidad fuera un recipiente, ¿estaría lleno de lleno por la gente de a campo?

Desmenuzando sus fuerzas, sabemos por el diccionario de la Real Academia Española que el poder de la comunidad proviene del poder de “lo común”, es decir, de lo que, no siendo privativamente de ninguno, pertenece o se extiende a varios.

Un intenso espíritu de comunidad es un sentimiento de gran igualdad social y proximidad. Casi sin tranqueras.

Elementos tales como el idioma, las costumbres, los valores, las tareas, la visión del mundo, la edad, la ubicación geográfica, el estatus social o los roles: todo es mucho para pensar qué es lo que define a una comunidad como tal y si tal cosa aplica para nuestro caso.

Se juega una identidad común, mediante la diferenciación de otros grupos o comunidades, que es compartida y elaborada entre sus integrantes y socializada. Generalmente, una comunidad se une bajo la necesidad o meta de un objetivo en común, como la 125, por citar un caso tan resonante como fresquito en nuestras memorias.

La distinción entre sociedad (Gesellschaft) y comunidad (Gemeinschaft) proviene de Ferdinand Tönies pero, para nuestros propósitos, nos resulta más útil partir de la definición de Max Weber: “Llamamos comunidad de una relación social cuando y en la medida en que se inspira en el sentimiento subjetivo (afectivo o tradicional) de los participantes de constituir un todo”.

La comunidad puede considerarse un límite al que tiende toda asociación que se justifica en un vínculo ético. Esto significa que si un individuo se considera a sí mismo un elemento de una totalidad, al buscar su propio bien, busca el del todo.  En una asociación, por más que intentemos desprendernos de nuestros intereses excluyentes, siempre subsistirá una distancia, y por lo tanto la posibilidad de un conflicto. En cambio en la comunidad, nadie se plantea la posibilidad de sacar provecho de un bien común sin haber contribuido a él. El individuo no necesita preguntarse si el interés de la comunidad a que pertenece choca o no con el suyo, porque su deseo incluye también el bien del todo. El eros triunfa. Porque lo otro está en lo uno… Vamos poniéndonos de ejemplo y pensando si comunidad o asociación, o asociación de asociaciones…

Lo dicho antes implica que la comunidad es el horizonte de toda asociación cuyos miembros son capaces de negarse a sí mismos. Pero veamos otra posibilidad menos altruista. Nos dice Diego Tatián, investigador y filósofo cordobés: “Contra la idea del hombre nuevo, de que los seres humanos debieran ser diferentes de como realmente son, Spinoza nos deja pensar en aquello que los hombres son capaces de ser y hacer, individual y colectivamente, un trabajo lento y sin garantías, que se mantiene en la inmanencia de su existir como seres apasionados y finitos”. El trabajo por lo común nunca es algo dado sino un descubrimiento y una creación, una innovación permanente.

Si el contractualismo hobbesiano tiene lugar como filosofía del pacto social, la de Spinoza puede ser pensada como una filosofía de la paz. Y veamos cómo hablando de comunidad, llegamos a la paz.  El pacto requiere la despotenciación de quienes forman parte de él. Según Hobbes, el derecho natural y la libertad entrañan la violencia y la mutua negación.  Por ello los delega en un poder común más transcendente. La paz spinozista, en cambio, es potencia, afirmación del conflicto que encuentra su trabajo en la política. La paz es una práctica y no una garantía de seguridad provista por una entidad trascendente. “La paz no es tolerancia. Tolerar significa soportar, tiene en su semántica una carga de tristeza e indiferencia de la que no puede desprenderse”, dice tatián. La paz practicada como virtud, en cambio, afirma la multiplicidad de la naturaleza, la diversidad de culturas, de religiones, de imaginaciones y no solamente se las banca. La paz es siempre con otros. “Communitas, no inmunitas”.

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