Por: José Luis Ibaldi, Comunicaciones ACA

 La fuerza del asociativismo ha permitido que decenas de miles de productores agropecuarios sean protagonistas de una epopeya que deviene de fines del siglo XIX y se traslada hasta nuestros días.

         En los libros de Historia Argentina poco se habla de la acción del Cooperativismo, especialmente el agropecuario, en la vida económica y social de nuestro país. Sí se hace referencia a los inmigrantes, pero casi no hay mención de lo que ellos y los propios lugareños realizaron aunados en entidades solidarias que le dieron amparo y seguridad, a la vez que desarrollo para sí y para los pueblos del interior del país donde se asentaron.

Si bien nuestra nación se organizó constitucionalmente en 1853, sólo consolidó en forma orgánica sus características económicas a fines del siglo XIX. También fue hacia 1880 cuando la tradicional economía netamente ganadera comenzó a compartir posiciones con la agricultura, valiosamente apoyada por la corriente inmigratoria de origen europeo.

Pronto, nuestro país se vio frente a grandes masas de producción agrícola, donde las estancias, las colonias agrícolas y miles de arrendatarios fueron el punto de arranque del movimiento circulatorio de la estructura, el ferrocarril el enlace y el puerto el cabo terminal. La intermediación poderosa -comercial, técnica y financiera-, ubicada entre la oferta y la demanda, se apropiaba de la superutilidad, superando lo razonable teniendo en cuenta los servicios que prestaba.

Las malas condiciones de trabajo y sanitarias, los arrendamientos caros y la exposición a toda clase de infortunios de la naturaleza, eran moneda corriente entre las familias rurales. La presión llegó a un límite, y estallaron fuertes agitaciones agrarias. Sin embargo, la crisis permanente y la experiencia desalentadora de las huelgas dio paso a la creación de cooperativas agropecuarias, siguiendo el ejemplo de experiencias rurales y urbanas que aparecieron en Europa durante la Revolución Industrial y que fueron capitalizadas en estas tierras por los inmigrantes y los propios habitantes del interior rural. De la reacción se pasó a la acción, de la mano del asociativismo.

Las primeras experiencias cooperativas en el ámbito agrario jalonaron el paso del siglo XIX al siglo XX. La primera fue “El Progreso Agrícola de Pigüé” Sociedad Cooperativa de Seguro Agrícola (1898); Cooperativa Agrícola Lucienville Ltda. de Basavilbaso (1900); Liga Agrícola Ganadera Cooperativa Ltda. de Junín (1904); La Previsión Cooperativa de Seguros Agrícolas, Colonización y Crédito de Tres Arroyos (1904); Cooperativa Agrícola Algodonera de Colonia Margarita Belén (1905); Mutual Agrícola Ltda. Sociedad Cooperativa de Moisés Ville (1908); La Agrícola Regional Cooperativa Ltda. de Crespo.

Estas primigenias cooperativas agropecuarias y las que se fundaron en los años siguientes, surgieron después de largos debates entre colonos, arrendatarios y aparceros, que vislumbraron en la idea y la acción cooperativa una herramienta para defenderse de las inequidades comerciales y acceder a la propiedad de la tierra. Muchas entrevieron la necesidad de otro instrumento que les permitiera zanjar etapas y llegar a la exportación. Con esa inteligencia crearon en 1922 la Asociación de Cooperativas Rurales Zona Central, que cinco años después fue renombrada como Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA). Resultó la primera Cooperativa de Cooperativas de Argentina y de América.

Con el pasar de los años, el sistema asociativo agropecuario nucleado en ACA se ha transformado en una gran cadena de agregado de valor, donde cada uno de los eslabones tienen un rol bien definido. Los productores asociados constituyen la base del sistema, y son especialistas en producir con eficiencia los granos y la carne bovina. Las cooperativas primarias son las entidades que los aglutinan socialmente, y les dan soporte logístico, comercial, técnico y financiero. La cooperativa de segundo grado -en este caso la Asociación de Cooperativas Argentinas-, constituida por las entidades de base es el ente que proporciona los mercados internos y externos, la logística en los puertos, la investigación y producción de agroinsumos, y la industrialización de los granos y la carne, liderando emprendimientos que requieren mayor necesidad de capital.

Con espíritu innovador y posicionándose en el escenario evolutivo del país y del mundo, a la vez que combinando objetivos económicos, sociales y medioambientales, incursiona en el negocio de biocombustibles a través de ACABIO; en la Cooperativa Integración Porcina (IPA) y en el Criadero de Cerdos Yanquetruz, produciendo cerdos y generando energías renovables; en la Fábrica de Silos Bolsa y en una Planta de Recupero de Residuos Plásticos, en línea con su Política de Gestión Sustentable, entre otros emprendimientos.

A lo expuesto es preciso agregar el fuerte compromiso de ACA en materia de educación y capacitación. Interna y externamente abarca a su personal y a los diferentes actores con los que diariamente se vincula (productores, consejeros, funcionarios, etc.) Para ello, hace un par de años comenzó a operar la Fundación Nodos -constituida por el Grupo Cooperativo integrado por ACA, Grupo Asegurador La Segunda, AcaSalud y Coovaeco- “para contribuir al desarrollo de cada organización y las comunidades donde actúan, a través de la formación conjunta de sus integrantes, fomentando su profesionalización y actualización, con visión global, manteniendo y profundizando los valores que le confieren su identidad distintiva”.

La presencia de la Juventud Agraria Cooperativista en el seno de las cooperativas y de ACA Jóvenes es el punto de inflexión diferenciador a cualquier otro sistema presente en la sociedad. A sus integrantes se los invita a transformar la realidad actual, porque la cooperativa de hoy ha superado a la de sus fundadores y tampoco es la que se necesitará en el futuro.

A ellos, en este mes de julio, en que se celebra el Día Internacional de las Cooperativas, hago mías las palabras escritas por el doctor Orlando Carracedo en el libro “Economía Social Agraria: “Cuando acudan a sus cooperativas prósperas, capitalizadas, respetadas, deben cobrar conciencia, también, de su condición de herederos del esfuerzo abnegado, silencioso y oscuro de generaciones de hombres y mujeres que creyeron en el ideal cooperativo y se entregaron a él para forjar, juntos, un nuevo mundo, fundado en la fraternidad, la solidaridad y la paz”.

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