Por Cecilia Vignau-Licenciada en Administración Agropecuaria

¿Qué querés ser cuando seas grande? Debe ser la pregunta que todas las niñas del mundo reciben al menos una vez en su vida.

¿Qué sueña una nena cuando se ve a si misma como adulta? Entiendo que la respuesta muchas veces está condicionada por la edad y por su conocimiento del mundo exterior, a través de las ocupaciones de sus padres y parientes cercanos. Pero llega cierta edad, alrededor de los 10 años en que toda mujer tiene un sueño, puede ser copiar el de su madre, su tía, una amiga de la familia o puede ser otra cosa, algo que vio en televisión o en el mejor de los casos, asociado a cosas que leyó.

Las respuestas pueden ser sorprendentes tanto en variedad como en ocurrencia. Sí, hay niñas que quieren ser astronautas. Lo que ya no hay es niñas que quieran ser madres y esposas abnegadas, por lo menos no solamente eso!

¿Y qué quería ser yo? A los 8 quería ser arqueóloga. Cuatro años más tarde, no recuerdo que los dinosaurios estuvieran de moda aún pero quería ser paleontóloga. Para cuando estaba terminando la escuela secundaria, geóloga. Me decidí por bióloga molecular, carrera que empecé y abandoné. Cómo terminé siendo administradora de empresas agropecuarias es cuento para otro día. La cuestión es que tanto en las ciencias duras como en el sector agropecuario, mi vida académica y laboral estuvieron  siempre marcadas por ser una de las pocas chicas entre un lugar lleno de hombres.

Una lucha de larga data

Existe una construcción cultural, arraigada en la sociedad hace más de 200 años, que establece que la mujer está mejor preparada para ciertas profesiones que son una extensión de las tareas del hogar. Es un estereotipo que se sostiene en el nuevo siglo a través de los juegos. Ya hablamos de las muñecas, no?

`Valijas Juliana´ es un juguete que desde el año 1984 brinda a las niñas la posibilidad de jugar a ser grandes. Pero ¿qué profesiones pueden elegir nuestras hijas con Juliana? Bueno vamos a ver… pueden ser mamá, cocinera, manicura, peluquera, maestra jardinera, doctora (cardióloga? no, pediatra) o veterinaria (de vacas? no, solo trae un perrito de peluche). Juliana no es astronauta, no es programadora, no es ingeniera química, ni siquiera es contadora. Juliana nos prepara para el rol de cuidadoras, para profesiones que socialmente están aceptadas como femeninas.

Yo crecí en una familia donde todos los juegos estaban habilitados, donde se me permitió ser bailarina y jugar a la maestra pero también fabricar pólvora con mis primos y jugar con autitos de colección aunque en mi casa no había hijos varones. Pero… y de no haber sido así? ¿Me hubiera sentido tan cómoda la primera vez que tuve que sentarme en la matera con un grupo de peones?

El problema con los juegos no son los roles que nos hacen representar, el problema con los juguetes no son las profesiones para las que nos preparan, sino que continúan el patrón de segregación por razones de género contra el cual hay mujeres que luchan incansablemente hace casi un siglo.

Cecilia Vignau-Licenciada en administración agropecuaria

Un poco de historia

“El trabajo remunerado nunca fue considerado parte del destino natural de mujeres normales y sanas”. Una construcción que tiene su origen en el medioevo, fomentada por la religión, donde la condición de “normalidad” significaba básicamente que no reunías los requisitos para ser quemada en la hoguera.  

La Revolución Industrial marca el fin de la unidad económica familiar agropecuaria como único medio de subsistencia, invitando a los hombres a trabajar en las fábricas y relegando a las mujeres a las tareas del hogar. El quiebre de la unidad económica resulta en la cultura del hombre proveedor y la mujer cuidadora.

Hacia finales del siglo XIX casi la totalidad de las mujeres que tenían trabajos remunerados eran jóvenes y solteras. Se desempeñaban en la industria, en actividades relacionadas con la producción agropecuaria como textiles y saladeros, o en el servicio doméstico de grandes casas de familia como cocineras, planchadoras, costureras y mucamas. Estos primeros empleos remunerados eran una extensión del trabajo en el hogar y todas los abandonaban cuando contraían matrimonio o con la llegada del primer hijo.

Las primeras décadas siglo XX estuvieron marcadas por un incremento en la participación de las mujeres en la fuerza laboral industrializada como un medio para escapar de la miseria. Esto provocó la intervención de los sindicatos que, en su intención de proteger a las mujeres institucionalizando la debilidad del organismo femenino y la nocividad del trabajo para la capacidad procreadora, consiguieron beneficios que terminaron avalando las desigualdades laborales posteriores.

No fue hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial que comenzó la verdadera revolución laboral femenina. Millones de mujeres alrededor del mundo abandonaron la comodidad de sus hogares para incorporarse en los trabajos, que los hombres dejaron atrás para combatir en el frente, con la intención de evitar el colapso de las economías de sus países. No sólo lo lograron, sino que muchas quisieron seguir trabajando superada la crisis.

En 1960 “la píldora” fue aprobada para su venta en los Estados Unidos cambiando el destino de millones de mujeres que ahora podían elegir el mejor momento para ser madres y así realizarse profesionalmente si era su elección. El acceso masivo a los anticonceptivos orales y la invención de los electrodomésticos sellaron para siempre el derecho de las mujeres a trabajar fuera del hogar sin descuidarlo.

Pero ese derecho, ¿vino de la mano de la igualdad? ¿Qué pasó con las construcciones culturales?

Sesgos de Género

La segregación ocupacional es una manifestación de las desigualdades de género en el mercado laboral que tiene su origen en los estereotipos que separan las profesiones en masculinas y femeninas. Muchas veces los sesgos impiden a personas de un sexo desarrollarse profesionalmente en actividades que son consideradas más adecuadas para el otro, fomentan las brechas salariales o disminuyen las alternativas de elección de carrera.

Existen 4 tipos de segregación ocupacional por motivos de género:

  • Segregación horizontal: Determina la concentración de las mujeres en determinadas disciplinas. Característico del sector de cuidados, enseñanza y salud. Profesiones donde los ingresos son menores que en otros sectores de la economía.
  • Segregación vertical: Se refiere a las jerarquías que se establecen por la posición dominante del hombre sobre la mujer. Muy presente en los puestos directivos.
  • Segregación financiera: Relativa a las brechas salariales. Presente en todas las actividades y profesiones
  • Segregación temporal: Asociada a la distribución del tiempo dedicado a las tareas domésticas, consecuencia de la división sexual del trabajo.

Según un estudio de la CEPAL del año 2017, el 43,4% de las mujeres latinoamericanas de entre 20 y 59 años identifican razones familiares como un impedimento para tener un trabajo remunerado. ONU Mujeres determinó que existen 18 países en el mundo donde los hombres pueden pedir legalmente que sus esposas no trabajen. ¿Ustedes también están shockeadas?

La segregación temporal genera para las mujeres una sobrecarga de las tareas domésticas que deben complementar con su trabajo remunerado. En consecuencia, le dedican el doble de horas que los hombres al cuidado del hogar, un promedio de 6 horas diarias según datos del Ministerio de Trabajo. Este trabajo no remunerado muchas veces disminuye las posibilidades de conseguir empleo y la de obtener mejores salarios, a la vez que interfiere con el avance de trayectorias profesionales. Adicionalmente, genera un problema en la percepción que tienen ciertas mujeres sobre su participación en la economía.

En el campo, donde la asignación de roles es más rígida que en las ciudades, la trabajadora rural no remunerada queda invisibilizada en las estadísticas. Por un lado, no se considera desempleada porque realiza un trabajo dentro del modelo de agricultura familiar pero por el otro, al no estar registrada tampoco figura como empleada. Esta situación genera que muchas veces no sean consideradas productoras agropecuarias y se les niegue participación en las decisiones, produciéndose una brecha en el acceso y el control de los recursos, relegándolas a un rol de espectadoras en el negocio familiar y sometiéndolas a todas las formas de segregación.

En gran medida esto viene cambiando. Sin embargo, ¿cuántas de nosotras fuimos cebadoras de mate en las reuniones de producción? ¿Cuántas nos estábamos ocupando del almuerzo mientras se hacía la recorrida a campo?

Trabajar Para Salvarse

El trabajo no remunerado que las mujeres realizan dentro del hogar es un beneficio para la sociedad en su conjunto. Es importante al extremo de que ninguna mujer lo abandona por completo, ni siquiera las que tercerizan alguna parte de la labor.

Muchas mujeres trabajan por necesidad pero su contribución a la economía familiar hoy es reconocida en vez de minimizada como una ayuda y tal vez gracias a eso, comparten las tareas domésticas con sus parejas. Muchísimas otras lo eligen, no infiero que no necesiten el dinero, me refiero a que tienen otras motivaciones personales para hacerlo. Lo importante es que cada día más mujeres están ahí afuera, generando sus propios ingresos. Porque una mujer que es económicamente independiente es una mujer que es libre. Lo importante es que están dejando los estereotipos que nos inculcaron mediante la división sexual del trabajo. Porque a través de los sesgos nos metieron la culpa y creímos que trabajar estaba mal, que descuidábamos el hogar… y yo me pregunto si gran parte de la violencia doméstica no tuvo su origen en ese preconcepto.

La realidad es que la revolución laboral femenina no significó una sustitución de funciones, no se produjo un abandono de la función reproductiva y cuidadora. Lo que la mujer logró es duplicarse, adaptarse a la doble función. Y cuando una mujer logra lo que se propone, ya no hay vuelta atrás. En el año 1860, el legislador francés Jules Simon afirmaba que “una mujer que se convierte en trabajadora ya no es una mujer” Y tenía razón, es una superhéroe!!

Cuando yo era chica, las mamás de mi grado eran amas de casa y usaban el apellido de sus maridos. Hoy no tengo una sola amiga que no gane su propio dinero, tampoco se les ocurriría cambiarse el apellido ni aunque todavía estuviera legalmente permitido! Lo logramos en una sola generación. Si pudiéramos despojarnos de todas las construcciones culturales que nos condicionan a la desigualdad,  ¿qué serían capaces de lograr nuestras hijas? En su libro La vida en las fábricas, Mirta Lobato rescata el testimonio de María, una obrera del frigorífico Armour ubicado en la localidad de Berisso, Provincia de Buenos Aires, “Entrar a la fábrica era salvarse”. Hace casi un siglo, María buscaba salvarse de la miseria, de la prostitución… Hoy las mujeres sabemos que tener nuestros propios ingresos nos puede salvar de la pobreza y de muchas otras cosas que María no se animó a dec

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