Desarmar la innovación. Por Florencia Sambito

Ante todo, contar de qué se tratará esta columna. Tendrá el propósito de acercarse a las palabras de todos los días, para ver sus hilos. Tan cerca, tan cerca que empiecen a aparecer los bordes de las piezas de este rompecabezas que habitualmente se nos entrega completo: una palabra. Más útil cuando es una muy […]
octubre 22, 2013

Ante todo, contar de qué se tratará esta columna. Tendrá el propósito de acercarse a las palabras de todos los días, para ver sus hilos. Tan cerca, tan cerca que empiecen a aparecer los bordes de las piezas de este rompecabezas que habitualmente se nos entrega completo: una palabra. Más útil cuando es una muy dicha, de moda, porque es entonces cuando empezamos a perder de vista su sentido, su riqueza y por tanto, cuando deja de servirnos en la práctica de, casualmente,  innovar.

Desarmar algunas de esas palabras que se usan y re-usan, con especial foco en la jerga del sector agropecuario, buceando un poco en su sentido, sin agotarlo, en su historia, en quiénes las han popularizado, porqué su trascendencia, para qué pueden sernos inspiradora a presente y a futuro. Hacer algo consistente, que proponga y disponga al pensamiento al puro placer de pensar. Todo adquirirá sentido si, más luego, podemos mezclar estos nuevos sentidos despiertos con nuestra acción diaria, mate en mano, a campo abierto.

 

Por dónde empezar sino por la innovación. Todo cuanto se ha hecho en materia de comunicación para el agro, de un tiempo a esta parte, ha incluido, y  seguramente más de una vez, esa palabra. ¿Cuánto dimensión tiene esa palabra para nosotros en una capacitación donde la nombran? ¿Cuánto valor invoca en un spot comercial de un producto? Y aún más, ¿cuánto nos inspira esta palabra a ser parte de ella, toda vez que es mencionada en una de cada dos oraciones que escuchamos entre colegas?

No decimos nada nuevo, si asociamos la innovación a lo nuevo, a lo que llega antes que todo lo demás, la vanguardia. En cambio, si pensamos en todas las demás condiciones que la definen, podemos llegar a sorprendernos por lo cerca que está, por lo menos lejana que se nos aparece la innovación. No se trata de quitarle el brillo sino de traerla a un más acá que nos permita actuarla.

Su introducción en el mercado es parte fundamental de la innovación. Ya sea una nueva invención o la modificación de algo que ya existe, el aspecto económico define a la innovación como tal. En un sistema como el que nos rige, el valor de utilidad es lo que está detrás. La novedad viene a resolver un obstáculo, a dejarlo viejo, y nos potencia a correr nuestros propios límites. Esto puede sucedernos en nuestra tarea cotidiana, y también de entrecasa, allí donde desplegamos nuestra interioridad.

Hablar de innovación es en definitiva hablar de ideas y en las ideas hay algo “artístico” que sucede, lo que se despliega es la creatividad. Dice Gilles Deleuze: “crear es tener ideas. Las ideas son algo obsesivo,  van, vienen, se alejan. Tener una idea es muy difícil. Hay gente nada despreciable que pasa toda su vida sin haber tenido una sola idea. Es algo raro, no es de todos los días. Y cuando sucede, es una fiesta”.

Henri Bergson también destaca este aspecto anímico en la creación. “El triunfo de la vida es la creación, en todas partes donde hay alegría hay creación: cuanto más rica es la creación, más profunda es la alegría. Pero creador por excelencia es aquel cuya acción, intensa en sí misma, es capaz de intensificar a su vez la creación de otros hombres y de encender, generoso, focos de generosidad”.

La innovación no funciona sin otros. En un mundo absolutamente desordenado de interacciones, la consideración y colaboración de los otros es indispensable para un innovador que se precie de tal. La competencia no es tal si con sus ideas nos activa a leudar las propias. Y a seguir contagiando.

Una idea incandescente se me vino esta mañana
una antorcha que flameaba en lo alto de mi mente
pero sola y sin refuerzos tal vez pierda la batalla…

Julio Cortázar

Lo dicho: la idea que permanece en soledad no llega a innovación, pero tampoco aquella que no se plantea con esfuerzo y constancia. Es preciso trabajar por ellas, no desanimarse en el camino, ser un poco tercos quizás.

No hay un tiempo, ni un espacio privilegiados, un laboratorio inocuo donde pensar las mejores ideas. Tener una idea sucede en todos los dominios, tal vez más que nada en la ducha, pero eso es una apreciación personal, nada estadística. En todo caso, Pablo Picasso ha dicho que siempre es mejor que la inspiración nos encuentre trabajando.

También es atemporal. La historia muestra que las buenas rachas favorecen el proceso de la innovación pero las malas cosechas las motivan. Es decir, siempre hay una buena excusa para aportar incertidumbre a lo conocido.

El azar juega su papel en la creación, pero también la necesidad. La innovación es la más de las veces el resultado de una intensa búsqueda, investigación y desarrollo y merece todo el respeto sólo por ello.

Peter Drucker ha sido un estudioso de la innovación en la empresa. Afirma que allí, los descubrimientos a los que más se aspira no tienen que ver con productos sino con modelos de negocios. Sobran ejemplos en el sector agropecuario de hombres y mujeres que han sabido hacer de un modo personal de encarar la actividad, una entera red de actores calibrados en su interacción.

Está quien tiene la idea y quien la aprovecha en el uso cotidiano. Muchas veces estos roles se entremezclan y son los propios usuarios los que generan una innovación. Estamos frente a los pioneros, metódicos ellos en esto de animarse. Los lead users, como los ha denominado Eric Von Hippel, son aquellos que poseen los conocimientos, la práctica y se aseguran los medios para adquirir soluciones a los propios problemas. Según sus estimaciones, estamos frente a una franja del 5 a 10 % de personas, un claro espacio para engrosar filas.

En cualquier caso, el acto de creación está a la vuelta de la esquina. Hay que desprestigiarlo un poco y pensar que las mejores ideas, las que más se han difundido a lo largo y ancho del mapa son aquellas que de tan sencillas nos parecen obvias, como si siempre hubieran estado ahí. Son las que nos cruzan como un rayo y no nos dejan otra opción, más que experimentar.

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