Por: Nuala Szler –Estudiante de Lic. en Letras

Corriendo el último mes del año, no hay lugar a duda de que el 2020 ha puesto en jaque todas nuestras certezas, si es que teníamos alguna, como pocos años lo han hecho. La pandemia de COVID-19 aún nos mantiene en alerta, ha causado muchos estragos pero también nos ha enseñado mucho, sobre todo a valorar aquellos privilegios que nuestro mundo nos brinda y que, por su cotidianidad, suelen pasar ante nuestros ojos por alto. Los encuentros con seres queridos, el aire puro y libre mientras caminamos, el sol de la tarde, unos días en el mar, la belleza en la transición de las estaciones valen mucho más de lo que pensábamos, o, si ya lo pensábamos, probablemente se nos había olvidado. Nos hace pensar además en todo aquello que tenemos ahora y que puede en algún momento ya no estar. Aquello que es importante que preservemos y valoremos ahora, porque después siempre es tarde.

El cambio climático no es una noticia nueva, pero sí cada vez más reiterada. Su impacto no deja de hacerse manifiesto ante nuestros ojos: inundaciones, pestes y enfermedades, incendios, altas temperaturas, deshielos, extinción de la flora y la fauna, alteraciones sin precedentes de los paisajes naturales de todo el mundo, son protagonistas en los últimos años. El 2020 no pareció otra cosa que el tan conjeturado apocalipsis final, aunque sí mucho más lento e impuntual de lo que los libros, series o películas nos hicieron creer. Que el mundo real es incluso más ficcional que la propia ficción lo hemos escuchado muchas veces cuando de sucesos inesperados se trata. Si esto es así porque nuestro mundo no es tan aburrido, y un poco más fantástico de lo que solemos creer, o porque la ficción ha traspasado las pantallas o las hojas de los libros hasta aquí, es difícil de afirmar.

No podemos, sin embargo, hacer a un lado el hecho de que notables cambios, de impensada importancia, afectarán la producción de alimentos en todo el mundo. Si entonces nos espera un futuro propio de una distopía ficcional, mejor que nos encuentre preparados.  Tal es así que algunos ya se han puesto manos a la obra.

El reino del oso polar

A medio camino entre Noruega y el Polo Norte, al norte del norte, donde el hielo no se derrite nunca y las noches invernales son eternas durante meses, se encuentra el Archipiélago noruego de Svalbard. Compuesto por un conjunto de islas, cuya belleza austera y sobriedad han fascinado a los viajeros durante años, sólo tres de ellas son habitables: Spitsbergen, Isla del Oso y Hopen. Es la primera, Spitsbergen, la isla más grande del archipiélago de Svalbard y donde se encuentra Longyearbyen, el mayor asentamiento y capital de este remoto y excepcional lugar. Su nombre significa «picos escarpados» y le fue dado por el explorador neerlandés Willem Barents, quien descubrió la isla mientras exploraba en busca del “Paso del Noreste” en 1596.

Muy cerca de Longyearbyen, y a respaldo de los miles de osos polares que alberga Svalbard, pues no por nada se llama a este archipiélago “el reino del oso polar”, se ha construido, como si de una historia de ciencia ficción se tratase, una imponente bóveda subterránea. Concebida para resistir el paso del tiempo y el desafío de los desastres naturales o provocados por el hombre, esta bóveda, que no es otra cosa que el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, ha sido pensada y construida para ser una instalación de almacenamiento de semillas de respaldo para las semillas del mundo.

El Svalbard Globale Frøhvelv (nombre oficial de esta instalación, en noruego) es el guardián de la colección de cultivos vegetales más diversa del mundo, pues almacena más de un millón de semillas.

El Banco Mundial de Semillas de Svalbard presenta una extensión de más de mil metros cuadrados. Con la mayor parte de su estructura ubicada a 130 metros de profundidad sobre el nivel del mar, lo único que se puede ver desde el exterior es un gran portal rectangular que no nos hace ni siquiera sospechar el grado de complejidad y dimensión de la bóveda. Dicha bóveda está, asimismo, subdividida en tres almacenes y cuenta con permafrost, una capa de suelo permanentemente congelada, que en caso de fallo eléctrico actúa como refrigerante natural.

Nada ha sido dejado al azar, el Banco Mundial de Semillas es a prueba de erupciones volcánicas, terremotos de hasta grado 10 en la escala de Richter, radiación solar, incendios y demás catástrofes. Además, en caso de conflicto, existe un tratado internacional que califica y mantiene este territorio como zona desmilitarizada. Se trata así de una especie de póliza de seguros que busca garantizar alimento para los seres humanos, cubrir la demanda que las futuras generaciones puedan llegar a tener en caso de estar expuestas a retos nutritivos, como el mencionado cambio climático o un apreciable aumento de la población. Es por esto que también se la suele llamar “La cámara del fin del mundo”.

El Banco Mundial de Semillas de Svalbard fue creado, justamente, para que los bancos genéticos de todo el mundo almacenen en él muestras de sus colecciones de semillas y las puedan replicar en caso de que se pierdan, ya sea como consecuencia de conflictos bélicos y demás disputas humanas o, bien, por catástrofes naturales. Así, el objetivo de este almacén mundial de semillas, que guarda especies vegetales de todo el planeta, es preservar la variedad de cultivos de diversas regiones del mundo, salvar los mismos de la extinción para que, en casos extremos de necesidad, aquellos que han enviado sus raciones de semillas puedan retirarlas y volver a producir sus cultivos. En ese sentido, no es un banco de genes activo. No se trata de un banco genético en uso al que puedan recurrir investigadores u otros interesados. Los depositantes son los únicos que pueden retirar su contenido y, mientras las semillas se almacenan, sólo el personal puede manipular las cajas, cuyo material interior nunca se toca. De modo que las semillas no están expuestas al tacto humano después de haber sido empaquetadas y enviadas a Svalbard. Un gran alivio, si pensamos en la pandemia que nos tiene en vilo estos días.

El modo de conservar las semillas, por supuesto, es que sean congeladas. Es por eso que los tres almacenes subterráneos, cuya temperatura natural constante es entre -3 y -6 °C, cuentan además con una refrigeración artificial de hasta -18 °C para asegurar la conservación de las muestras durante años. Por su parte, una muestra se compone de alrededor de quinientas semillas selladas herméticamente en una bolsa de aluminio y se almacenan en lo que se conoce como acuerdos de “recuadro negro”. Esto significa que los paquetes de semillas y cajas, destinadas para su reserva, no se abren o envían a cualquier persona, salvo que se trate del depositante original en caso de que éste lo pida. Solo los responsables de las semillas y nadie más pueden tener acceso a ellas. Su uso es similar al de una caja de seguridad en un banco: el banco posee el edificio y el depositante posee el contenido de su caja. Tal es así que, Noruega es propietaria de la instalación y los bancos e instituciones que envían las semillas son dueños de éstas, no hay transferencia de propiedad.

La bóveda tiene una capacidad de almacenamiento de 4,5 millones de muestras de semillas. Guarda desde 2008, año de su inauguración, más de 1 millón de semillas de especies vegetales del planeta.

Es, como mencionamos, el depósito de semillas más grande del mundo. Por otro lado, en tanto se ubica geográficamente unos 1300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, indudablemente la bóveda es como un “sistema de seguridad” que nos garantiza contar con la actual biodiversidad de cultivos, incluso si hay un cataclismo de proporciones impensadas. El Banco Mundial de Semillas se construyó en el archipiélago de Svalbard por una razón clara, mantenerlo aislado y apartado de toda injerencia humana como de la naturaleza. Sus condiciones climáticas son ideales porque la temperatura oscila entre los -14º y 6º, además de tratarse de uno de los puntos con menos probabilidad de catástrofe medioambiental.

No es un banco de genes activo. No se trata de un banco genético en uso al que puedan recurrir investigadores u otros interesados. Los depositantes son los únicos que pueden retirar su contenido y, mientras las semillas se almacenan, sólo el personal puede manipular las cajas, cuyo material interior nunca se toca.

Nuala Szler

Este proyecto de resguardo nació ante el estado de alarma de los científicos por la pérdida de la diversidad de los cultivos y la vulnerabilidad de las colecciones de semillas del mundo. María Haga, directora ejecutiva de Crop Trust (financiadora del Banco Mundial de Semillas), afirma que el problema de perder diversidad es que perdemos opciones. India, por ejemplo, ha perdido el 90% de variedades de arroz desde 1950, México el 80% de variedades de maíz desde 1900. Alemania sólo cultiva 6 variedades de manzanas. Estados Unidos, por su parte, ha perdido un 93% de su variedad de frutas y verduras desde 1900. Mientras que China, hoy en día, solo cultiva un 10% de las variedades de arroz que solía cultivar en los años 50´.

Si bien la idea de establecer un centro de semillas en Svalbard se remonta a la década de 1980, fue con la entrada en vigor del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Agricultura y la Alimentación en 2004 cuando se convirtió en una posibilidad de llevar a la práctica. La que se efectivizó recién cuatro años más tarde en febrero de 2008. La construcción y puesta en funcionamiento de la también llamada Cámara Global de Semillas costó alrededor de 9 millones de dólares y fue posible gracias al financiamiento del gobierno noruego, el Global Crop Diversity Trust, donaciones de empresas y países como Reino Unido y fundaciones como la de Bill y Melinda Gates, el Banco Rockefeller y la multinacional Monsanto. El fundador y encargado de la coordinación del centro es el biólogo noruego Asmund Asdal.

La bóveda se ubica geográficamente unos 1300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico

Cómo todo, sin embargo, la bóveda ha requerido de adaptaciones y mejoras tanto en su estructura como en materia de seguridad. Las mismas se debieron específicamente a la inminencia de un clima más cálido, producto del calentamiento global. Dicha necesidad se hizo manifiesta en el año 2017, cuando la bóveda sufrió una inundación por el deshielo del permafrost de su alrededor, donde el agua logró entrar en el túnel pero, afortunadamente, no llegó a las semillas para dañarlas.

Cooperación mundial

Hoy, después de doce años de su inauguración, un total de cien mil variedades distintas de cultivos de todo el mundo se han sumado y permanecen congelados en la bóveda en mitad del Ártico. En el último tiempo se han depositado alrededor de 60.000 muestras de semillas de 36 bancos e instituciones distintas de todo el mundo, como semillas de calabaza enviadas por la Nación Cherokee de Estados Unidos, el trigo original procedente de la Universidad de Haifa en Israel y todo tipo de cultivos de Marruecos, Mongolia o Nueva Zelanda, además de muchas otras. Entre las instituciones latinoamericanas que han participado en estas últimas contribuciones figuran el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) de Colombia, que ha donado variedades de guisante de mariposa, trébol, sorgo y frijoles, el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) de México y el Centro Internacional de la Papa (CIP) de Perú.

También han participado la Universidad de Costa Rica, cuyo aporte cuenta con variedades de tres especies de arroz nativo, incluyendo dos salvajes, y la estatal Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), que ha enviado variedades de cultivos como cebolla, melón y guindilla. Muestras de todas las latitudes, de Kazajistán, Armenia, Azerbaiyán, Portugal, Zambia, Ucrania, Corea del Sur, Corea del Norte, se han almacenado también a lo largo de los años dando lugar a más de 100.000 variedades de semillas preservadas. Evidenciando que, como afirma su fundador Asmund Asald, en la Cámara Global de Semillas todos los países cooperan en la formidable misión de preservar el grano, por más que, quizás, fuera del recinto no son los mejores amigos. Tal es así que sólo en siete años el banco internacional de semillas había reunido cerca del 40% de la diversidad alimentaria del mundo: 843.400 semillas que provenían de 233 países. Todavía, sin embargo, hay poco más de un millón de muestras de semillas únicas que no están almacenadas en la bóveda, pues la estimación real de plantas a nivel mundial llega a los 7.1 millones de las cuales 2.1 millones son únicas. Llenar este vacío es una prioridad en los próximos años.

Puesta a prueba

Ahora bien, nadie pensó que la condición de este “Arca de Noé” ártica como depósito de seguridad mundial de cultivos sería puesta a prueba tan solo siete años después de su inauguración. El Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas (ICARDA) que originalmente tenía su sede en Alepo, una de las ciudades más afectadas por la guerra en Siria, perdió por dicha guerra el acceso a su banco de genes. Pero, como una gran parte de las semillas se habían duplicado y enviado hasta Svalbard para su custodia, ICARDA pudo retirar sus muestras entre 2015 y 2019 para restablecer su colección de bancos de genes en Marruecos y Líbano. De ese modo, Siria reconstruyó su archivo de semillas gracias a los depósitos de la bóveda, siendo capaz de recuperar el 80% de lo que había en su propio depósito de Alepo pidiendo a Svalbard. Posteriormente, las semillas fueron cultivadas y re-depositadas en la bóveda de Svalbard en 2017.

Otro caso destacado es la misión de rescate para recolectar semillas de cultivos nativos de Nepal, que se organizó tras el gran terremoto en dicha zona.  Así, semillas únicas en el mundo están a salvo gracias a que el Banco Mundial de Semillas está cumpliendo su tarea. También, otro buen ejemplo de lo útil que puede llegar a ser la conservación de las muestras de semillas es lo sucedido en Filipinas en los años 2006 y 2012 cuando dos inundaciones desmesuradas casi acaban con todo el material genético del Laboratorio Nacional de Recursos Fitogenéticos (NPGRL) de la Universidad de Filipinas en Los Baños (UPLB).  Es por ello que desde Svalbard sostienen que, idealmente, los bancos de diversidad genética de las especies vegetales silvestres (germoplasma) deberían enviar copias de seguridad de sus semillas en los buenos tiempos, no solo en los malos. Pues cuando ocurre un desastre, puede ser demasiado tarde.

Tesoro vegetal a salvo

Podemos concluir que, si bien, la apertura de la majestuosa bóveda del Banco Mundial de Semillas, para que salgan muestras, implica que una mala noticia o desastre natural ha ocurrido en algún lugar del mundo, lo contrario entra en juego cuando entran nuevas semillas en el recinto, ya que garantiza que otro tesoro vegetal está a salvo. Es así que, favorablemente, quizás el Banco Mundial de Semillas de Svalbard nos sirva de inspiración, aporte la esperanza de que no solo vamos a enfrentar cada vez más problemas sino que, asimismo, podemos solucionar algunos.

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