No fui una niña que jugara con muñecas soñando con el día que llegara a ser mamá.  La verdad es que cuando soñé mi vida, era una vida sin niños. El destino tenía otros planes y fui mamá demasiado joven. O no… Tal vez de no haberlo hecho cuando tenía 20 años, no lo hubiera hecho jamás. No es fácil decir “no me gustan los niños” en una sociedad que propone como metas para el éxito personal: Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Una construcción cultural arraigadísima nos quiere hacer creer que escribir un libro es tan sencillo como ser padres.

Me tomó 15 años y un montón de novios entender que podía revelarme contra el mandato social y familiar. Que podía decir en voz alta que la maternidad no me había deslumbrado y que sinceramente, era una experiencia que prefería no volver a vivir. Y que, a pesar de las miradas acusadoras de mis amigas por decir semejante barbaridad, yo no había sido una mala madre. Todo lo contrario, lo hice con amor y dedicación a pesar de que no me gustaba. La sociedad no da puntos extra por eso pero mi premio fue ser hoy la madre de una mujer adulta maravillosa.

Hay mujeres que como yo, fueron madres a regañadientes, muchas más de las que son capaces de admitirlo. También están mis amigas que quisieron ser mamás desde siempre, que me hicieron tía y madrina de sus hijos. Son las que festejan cada momento con una ilusión verdaderamente envidiable, las madrazas.  Hay otras que la tenían clara de entrada y fueron lo suficientemente valientes para decir “no quiero tener hijos”. Son las que se bancan las miradas más horrorizadas, como si su elección atentara contra la continuidad de la especie humana. Existen las que por no encontrar el padre a tiempo no los tuvieron en su vientre, pero amaron a los hijos de sus parejas como propios. Ellas también son mamás. Y después están las otras, las que desean tener un hijo más que cualquier otra cosa en el mundo y no pueden. Las que batallan contra la infertilidad todos los días durante años, esas que son las más fuertes de todas nosotras.

La relación de las mujeres con la maternidad puede tener múltiples aristas, lo cierto es que desde el día en que alcanzamos la madurez reproductiva, nuestra vida y lo que hagamos de ella estará condicionada por nuestra fertilidad.

Fertilidad y Desarrollo

La tasa de fertilidad es una variable demográfica que, suponiendo que todas las mujeres viven hasta el final de sus años fértiles y dan a luz de acuerdo con la tasa de fecundidad promedio para cada edad, devuelve el número de promedio de hijos que tendrían. Muestra el potencial de los cambios demográficos en un país de una manera más objetiva que la tasa bruta de natalidad que sólo mide el número de nacidos vivos por cada mil habitantes. La tasa de fecundidad por su parte, mide la relación que efectivamente existe entre el número de nacimientos y la población en edad fértil.

Para Argentina, la tasa de fecundidad en 2018 fue 2,26 hijos por mujer, mientras que la tasa de fertilidad es más cercana a 3. La diferencia? Las rebeldes. Todas las que se incluyen en el índice de fertilidad por su sola condición de mujer aunque no quieran cumplir con los 3 hijos que la transición demográfica les demanda.

La reducción reproductiva surge naturalmente como una consecuencia del progreso económico. El aumento en la esperanza de vida, la reducción de la mortalidad infantil, la alfabetización, la urbanización y la independencia de la mujer son todos determinantes de un aumento del PBI per cápita. A priori, no parece sensato que exista una correlación inversa entre riqueza y fertilidad ya que el bienestar económico debería permitirles a las parejas mantener más hijos.  Pero eso no es lo que sucede en el siglo XXI. Se denomina la paradoja demográfica económica: cuanto más acomodada y educada es una población o clase social, menos hijos tiene. A mayor nivel de educación e ingresos, menor es la tasa de natalidad. Y mayor es el desarrollo económico del país.

En Argentina

El 20% de los nacimientos del año 2019 ocurrieron de mujeres que tenían entre 15 y 19 años. Nuestras niñas madres tienen la escandalosa tasa de fecundidad de 6,5. Sesenta y cinco nacimientos por cada mil adolescentes.  La peor de América Latina y sólo comparable con algunas regiones de África.

Me cuesta creer que toda la culpa es de la Asignación Universal por Hijo. Podemos pensar que existe un universo de mujeres que no sabe a ciencia cierta como evitar un embarazo?

Según la ONU, los embarazos en la adolescencia son más comunes en los hogares más pobres y se deben más a una falta de acceso a métodos anticonceptivos que al deseo de tener hijos. Abandonan el aula para ser madres. Tal vez si pudieran elegir, muchas de ellas no lo harían. La educación también es salud reproductiva.

Revolución Reproductiva

La revolución agrícola provocó una reducción sustancial de la tasa de mortalidad alrededor del mundo, que trajo como consecuencia una menor tasa de natalidad entre la población rural. Cuando se hizo común que los hijos alcanzaran la vida adulta, se necesitaron menos nacimientos para asegurar la continuidad de la unidad económica agropecuaria. Sin embargo, en Argentina la tasa de natalidad rural siempre fue más elevada que la urbana.

Según un estudio de la Unidad para el Cambio Rural (UCAR) publicado en 2015, el patrón reproductivo de las mujeres rurales jóvenes parece haberse modificado respecto de generaciones anteriores en cuanto a la cantidad de hijos que deciden tener. La llegada de información sobre educación reproductiva a las zonas rurales, junto con la posibilidad de acceder a métodos de contracepción a través de los servicios de salud, hacen que sus posibilidades de decisión sobre su futura maternidad luzcan prometedoras. Sumado a esto, la propia conciencia de las madres jóvenes de evitar el embarazo no deseado de sus hijas, hace pensar que la tasa de natalidad adolescente rural puede comenzar a descender lentamente despegádonse de la periurbana.  

En un mundo donde 215 millones de mujeres no tienen acceso a métodos anticonceptivos y se producen cada año 80 millones de embarazos no deseados, que nuestras niñas rurales tengan acceso a la información y los medios necesarios para elegir libremente sobre su salud reproductiva, es algo que debería llenarnos de orgullo. Es nuestra responsabilidad como mujeres, luchar para que se ofrezcan servicios de salud de calidad no solo en la áreas urbanas sino en todos los rincones del país. Porque la revolución reproductiva no tuvo nunca por finalidad despojar a las mujeres de sus sueños de maternidad, sólo intentó brindarles las herramientas para que puedan decidir cuándo y cómo. Porque una mujer que logra retrasar la maternidad lo suficiente para terminar la escuela secundaria tiene más oportunidades de acceder a la economía formal y alcanzar la inclusión financiera. Tiene más oportunidades de cambiar la realidad en la que nació.

Fertilizar y Fecundar

La caída de la natalidad representa hoy un problema para las economías más desarrolladas. Mujeres que eligen no tener hijos para dedicarse completamente a sus carreras profesionales, dejaron a países como Japón con un envejecimiento demográfico que los coloca al borde de la crisis previsional. Se están tomando medidas tendientes a conciliar la vida profesional con la vida familiar con la intención de volver a tasas de fecundidad normales pero mucho me temo que llegaron tarde.

La división sexual del trabajo y el mandato social acerca de la maternidad, mantuvieron durante siglos la tasa promedio de reemplazo generacional por encima del óptimo que es 2 hijos por mujer. Hoy las mujeres quieren otras cosas. Pero esas cosas no las hacen menos mujeres, ni menos madres.

¿Es otro ser humano lo único que podemos fecundar? Fecundar, además de su primera definición: unirse una célula reproductora masculina a la femenina, quiere decir hacer productivo algo. Fertilicemos ideas y sueños entonces. Fecundemos emprendimientos, carreras universitarias, profesiones, amistades, deportes, hobbies. Para que un día cuando nuestras niñas decidan fecundar un hijo, sean su mejor versión de mujer y madre.

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