Existe un falso dilema que enfrenta a la producción extensiva de granos y la ganadería, las típicas producciones pampeanas de la zona núcleo, en contra de las especialidades de climas diversos, como la horticultura, los frutales, los lácteos o las distintas opciones de producción orgánica. Quienes presentan esta encrucijada explican que “la soja no solo arrasa con los ecosistemas nativos, sino que además presenta un modelo productivo que estandariza la producción y reduce las opciones de los consumidores. Además no es valor agregado”. Pocas aseveraciones en torno al sistema de agronegocios argentino son tan falsas.

Iván Ordoñez

Iván Ordoñez

El avance de la frontera agrícola para granos y oleaginosas no se hizo sobre áreas vírgenes o en detrimento de producciones regionales; el grueso del crecimiento de la frontera agrícola en los últimos 20 años lo aportaron Buenos Aires, Córdoba y Entre Ríos – en ese orden. Para entender la incapacidad de numerosos subsistemas de agronegocios argentinos para despegar, acceder a los grandes centros urbanos del país y competir exitosamente en el mundo no hay que poner la lupa en lo que Argentina hace bien – granos – si no realizar un análisis minucioso de lo que no funciona en cada uno de estos subsistemas.

En muchos casos la producción granaria avanza porque su funcionamiento sistémico hace más sencillo que se sumen productores o crezcan los existentes: se cuentan con mercados transparentes y la dinámica de las transacciones permite a estos productores apropiarse del grueso del valor producido. A su vez, las exigencias de coordinación del sistemas suelen ser inferiores a los otros negocios dado que la diversidad de actores es inferior; muchas jugadores, pero en los mismo nodos. Si bien la producción de granos o ganado poseen exigencias logísticas, estás son mínimas comparadas con aquellos productos que demandan una cadena frío o salida al exterior vía avión. Finalmente, los destinos de exportación tienen exigencias, pero inferiores a las que enfrentan productos como carnes, miel y lácteos – y no solo por su política de aranceles y cuotas.

Se requiere de conocimiento, infraestructura logística y financiamiento para poner un frasco de mermelada de mango tucumano en una góndola de un supermercado español. No existe una dicotomía entre producir quesos de calidad y soja y maíz; de hecho es exactamente al revés: Argentina tiene la posibilidad de producir el mejor queso del mundo a un precio extremadamente competitivo ya que produce el alimento de las vacas – soja y maíz – de la forma más eficiente del planeta. Sin embargo, no es solo una cuestión de insumos económicos.

Al estudiar el problema de las especialidades se entra en la denominada simplificación de las “economías regionales”. Hacer un análisis sencillo del mundo “no pampeano” – y hasta ahí – requiere agrupar a producciones tan disímiles como aceitunas, yerba mate, frutales, cabritos, etc. bajo la premisa de que no se producen nacionalmente – de ahí el nombre regionales – y asimilar algunas características productivas que tienen en común: escala productiva reducida, y no tanto, y su uso intensivo de mano de obra, sobre todo en la cosecha. El resultado de ese tipo de análisis es generalmente incompleto y suele centrarse en el rol del tipo de cambio – vía reducción de costos –  como dinamizador de dichas producciones.

Buscar denominadores comunes para describir la dinámica de estas producciones no es sencillo, pero para entender su evolución, límite y potencialidad es conveniente interesarse en las dinámicas comerciales, el momento donde se da la transacción. Es clave pasar de una óptica centrada en la oferta a un sistema de agronegocios estructurado en base a la demanda, salir de “hacemos pomelos porque en esta tierra se dan” para pasar a “producimos pomelos rosados orgánicos certificados en contraestación porque es lo que el mercado de alto valor de la ciudad de Seattle en Estados Unidos nos demanda”.

La obsesión por agregar valor “transformando maíz en pollos” que presentada así a secas no es más que de un commodity a otro muestra sus límites, los límites de la “pampificación simplona”. El verdadero agregado de valor es intensidad de conocimiento por producto: se puede dar aguas arriba por desarrollos científicos como la biotecnología o el uso de la agricultura de precisión satelital – que son además desarrollos locales –, sostenidos competitivamente por la eficiencia de un sistema o aguas abajo generando productos que llegan a la góndola con identidad de marca que el consumidor valora.

El nuevo ciclo nos exige generar trabajos en blanco bien remunerados sostenibles en el tiempo, solo el conocimiento lo hará posible.

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