Iván Ordoñez. I+E Consultores

Iván Ordoñez. I+E Consultores

El año avanza y la campaña agrícola también. En las provincias una parte importante de la economía ligada a los agronegocios se recupera con las nuevas reglas de juego para la agricultura, y el Ministro de Hacienda festeja junto a Alejandro Fantino, un presentador oriundo de San Vicente (centro de Santa Fe, 18 cuadras por 10), las ventas record de sembradoras y tractores. Fantino, hijo de contratistas rurales, que para clarificar suele decirle al entrevistado “explícamelo como para que lo entienda un tipo que está pescando dorados en el Paraná” se ve forzado a cambiar su latiguillo y le espeta al Ministro un “explícamelo como para que lo entienda alguien de Palermo”. Alfonso Prat Gay analiza cómo los encadenamientos del sistema de agronegocios hacen que un aumento de más del 20% de la superficie de trigo y buenas perspectivas para la siembra de maíz, traccionan toda la maquinaria de miles de ciudades rurales como San Vicente.

Repasemos un dato que no es menor: una hectárea a pleno de maíz genera casi tres veces el grano que genera una de soja, eso quiere decir que por hectárea son dos viajes más de camión ida y vuelta al puerto (o al molino o la central de biogás/bioetanol) a lo que se agrega el uso de un paquete de insumos significativamente más caro. En AAPRESID, cómo en muchos otros espacios, se insistió sobre el dividendo ambiental que genera la rotación. Gana el sistema como un todo, desde la estación de servicio que venderá más gasoil hasta el Ayres Hotel de San Vicente en Santa Fe, que recibirá más visitas de los vendedores de la industria de insumos que saldrán a disputarse la porción del mercado con el cuchillo entre los dientes. No es derrame, es el normal funcionamiento del sistema de agronegocios donde cada uno aporta desde su lugar.

Como consignamos en la columna del mes pasado, el veloz cambio de reglas de juego en la agricultura y la ganadería renovó el dinamismo de estas actividades. Sin el freno de mano se puede pensar en acciones colectivas de largo plazo que todos en el sistema de agronegocios esperan que se combinen además con los sistemas lácteos, frutihortícolas, etc. para devolverles la competitividad que supieron tener y llevarlos a competir con los mejores del mundo.

En Palermo no entienden qué pasa en las más de 30 millones de hectáreas de agricultura extensiva argentina y Fantino, que es un gringo vivo, lo sabe. No hay mejor educador sobre la prosperidad que genera el sistema de agronegocios que la posibilidad de participar de ser socios en sus negocios, con sus beneficios y sus potenciales riesgos. Como tuve la oportunidad de discutir con Sebastián Senesi al momento de escribir Campo, el sueño de una Argentina verde y competitiva y él firmemente sostuvo: un joven profesional de Palermo que invierte en un fideicomiso agrícola es automáticamente un productor, dado que comienza a absorber el riesgo de precios, climáticos y operativos de operar un lote. Después de 12 años en los cuales el sistema financiero argentino para canalizar ahorros a la economía real se hizo añicos, la población está desesperada por encontrar oportunidades de inversión.

Para que haya un verdadero capitalismo es imperativo que estén claros los derechos de propiedad (sobre lo intelectual y lo material) y que el capital se reproduzca: cuando está debajo del colchón el capital no se multiplica y lacera la productividad del sistema de negocios. Es clave, a mayor capital invertido mayor productividad del trabajo, al que le corresponderán mejores salarios. Lo anterior no es mecánico, pero es una condición necesaria de hierro: más capital es más capitalismo y por lo tanto más desarrollo. Sin dudas.

Argentina hoy discute su último blanqueo, las naciones desarrolladas del mundo se decidieron a dinamitar los paraísos fiscales, obligando al capital a exteriorizarse. ¿Es posible que ese capital exteriorizado se vuelque en la actividad productiva argentina? Lo es.

La pregunta es cómo, ¿será mediante un proceso de inflación de los alquileres de los lotes agrícolas? Está en el sistema desarrollar y ofrecer distintos instrumentos que permitan expandir el área agrícola y ampliar el menú de productos que produce: los perennes, por ejemplo, requieren de un largo plazo de reglas claras en torno al nivel de transparencia en los mercados en los que se tranzaran sus bienes, a la infraestructura disponible y a impuestos.

A nivel individual, será determinante que los productores agropecuarios se transformen en empresarios que administran recursos (financieros, humanos, medioambientales, conocimientos…) para la producción de alimentos, fibras y energía. No es una excentricidad semántica, el productor agropecuario “actúa en soledad”: no requiere de informar o poner a debate sus decisiones y se apropia de toda la ganancia (o toda la pérdida); no debe explicarle a nadie más que a su fuero íntimo el resultado de sus decisiones. El empresario agropecuario que administra recursos tiene socios que demandan reportería, quizás intervenir en las decisiones más importantes y obviamente participa de los resultados de la aventura agropecuaria. Comprender esto habla del cambio conceptual que implica invitar a inversores a un fideicomiso (que puede ser más formal o informal dependiendo del caso) ya que demanda de nuevas tecnologías blandas para administrar la compañía centradas en procesos que permiten informar (y educar) sobre lo que sucede a todos los stakeholders, dan un lugar para las preguntas, ecualizar las preferencias de riesgo, y establecer mecanismos exante para resolver disputas. La forma en la que se resuelva el desafío de esta mutación de un animal huraño a uno de manada impactará de manera determinante en la visión que los inversores (de Argentina y el mundo) tendrán de los agronegocios argentinos como vehículo de multiplicación de riqueza.

Finalmente, el entorno es determinante ya que obras de infraestructura como autopistas, canalizaciones y diques de contención para frenar inundaciones, combinadas con un sistema integral nacional de seguros, serán partes integrales de un contexto en el cual la canalización de esos fondos se destinará no ya a “aprovechar una campaña” de manera oportunista, sino a direccionar capital para hacer a los agronegocios argentinos más competitivos. En muchos puntos la decisión partirá de una planificación centralizada, en tantos otros del esfuerzo colectivo de un sinnúmero de actores.

La campaña 2016/17 será recordada como la de la vuelta de los cereales; también puede ser recordada como aquella en la que cada vez más argentinos se hicieron productores agropecuarios sin pisar un lote.

Bienvenidos al juego.

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