Por Luis Fontoira

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Decía el filósofo alemán Martin Heidegger que “…solamente el habla capacita al hombre ser aquel ser viviente que, en tanto que hombre, es. El hombre es hombre en tanto que hablante”. Y el ese extraño ser viviente de las pampas del Cono Sur es un “hablante carnívoro” hecho y derecho, casi casi como para estructurar un “Pequeño Diccionario Parrillero”.

vaca y lengua

Si es cierto que el pensamiento se estructura sobre el lenguaje, como sostienen la mayoría de los lingüistas, se puede afirmar, en términos burdos, que “somos lo que hablamos”. Y el lenguaje de los argentinos demuestra fehacientemente la pasión que nos ubica como los primeros consumidores mundiales de carne vacuna.

En contraposición, el análisis de nuestro lenguaje también deja en claro el desdén que habitualmente sentimos por las “otras carnes” –casi bastardas, nunca llamadas “carne”- y las comidas sustitutas o alternativas.

Veamos algunos ejemplos. Las abuelas decían “fuerte como un toro” para referirse a la buena salud de un pequeño (aunque la expresión, es justo admitirlo, proviene de la cultura taurina ibérica). Se sostiene que alguien tiene “lomo” o “buen lomo” cuando presenta un cuerpo agraciado y curvilíneo, en el caso de las mujeres, o musculoso, en el de los hombres. Se es de “buena entraña” si se tiene buen corazón. Pegar un “buen bife” es un vigoroso atributo de masculinidad, como lo proclaman algunas letras de tango, “ir a los bifes” es ocuparse de algo rápidamente y con pericia, y hasta el peceto (o “pesheto”) es reconocido por el “Diccionario etimológico del lunfardo” como sinónimo del miembro viril (“Tener un buen pesheto”). Por último, se puede mencionar la extraña pero certera expresión “escupir el asado” (sinónimo de estropear algo muy bueno): efectivamente, para un argentino no hay nada peor que arruinar un buen asado.

La enumeración -es cierto, caprichosa-, podría extenderse a jergas específicas como la del periodismo, en la que “tener buena ‘nerca’” o “buena carne” es poseer buena información. Ni hablar, entonces, de frases con connotaciones sexuales como “carne de ternera” o “tener un buen cuadril”.

Hasta el refinado escritor Adolfo Bioy Casares incluyó el espantoso adjetivo “cárnico/a” en su “Diccionario del Argentino Exquisito”, explicando que es empleado por “personas que aspiran a ser consideradas exquisitas”.

Las únicas excepciones en este pequeño compendio del profuso lenguaje carnívoro de los argentinos son las palabras “vaca” y “vaquillona” –usadas frecuentemente como adjetivos- que inequívocamente designan a una persona que está excedida de peso (“Sos una vaca”, “estás hecha una vaquillona”).

Tal vez precisamente por ese uso peyorativo que se les da a esos dos sustantivos convertidos en adjetivos calificativos es que, según un estudio de mercado realizado en 2006 por el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), la vaquillona es una de las categorías de vacunos menos apreciadas por los argentinos, pese a tratarse de un animal óptimo para el consumo.

 

De sustitutos y carnes alternativas

 

Pasemos, en contraposición, a las carnes y comidas alternativas o sustitutas para terminar de entender la pasión de los argentinos por la “carne”, palabra que es utilizada en nuestras latitudes exclusivamente para referirse a la carne vacuna pese a que, por definición y aunque parezca tautológico, cualquier carne es carne (pollo, cerdo, pescado, cordero, etc.).

No hay más que echar mano al curioso libro “Puto el que lee: diccionario Argentino de insultos, injurias e improperios”  para comprender que “ser un chancho” o “estar hecho un cerdo” es ser o estar gordo por demás, sucio o, en el mejor de los casos, ser guarda de tren o policía (acepción del lunfardo). El “pollo” y el “gallo” son sinónimos de escupitajo, un “carnero” es el que rompe una huelga, y los “corderos” se caracterizan por su sumisión, cercana a la estupidez. Ser “pavo” es ser tonto por demás, “pescado” designa a una persona tonta o fea, y hasta las gallinas, según el “Diccionario fraseológico del habla argentina” están asociadas a una liberalidad sexual desenfrenada (léase “Más p…. que las gallinas”). Pongamos, entonces, un manto de piedad sobre la sexualidad de los tiernos animalitos y dejemos -porque para muestra basta un botón- a las ovejas de lado.

Todo esto sin mencionar la connotación de las palabras que provienen del mundo de las legumbres y las hortalizas (zanahoria, perejil, zapallo, rabanito, etc.), todas utilizadas para descalificar al destinatario. Tampoco entremos en los oscuros significantes que el morbo argento atribuye a determinadas comidas, como “ñoqui” (que, asimismo, define a un empleado público que no trabaja pero cobra a fin de mes, los días 29).

Las pastas también tienen lo suyo -además del mencionado “ñoqui”-, como “raviol”, que es un sobre de cocaína, y “fideo”, que pude ser utilizado como sinónimo de delgadez extrema o estar asociado a grotescas situaciones sexuales.

Este pequeño recorrido por la jerga argentina nos permite acercarnos un poco más a esa misteriosa y desmesurada pasión que sentimos por la carne vacuna, incluso en el plano de la lingüística, y entender por qué nos ubicamos al tope del consumo mundial.

Se podría concluir -sin temor a equivocarnos y aunque la frase no sea muy académica-, que la lengua de los argentinos, es de vaca.

 

Fuentes: Diccionario etimológico del lunfardo (Oscar Conde, Perfil libros, 1998), Diccionario fraseológico del habla argentina (Pedro Luis Barcia, Gabriela Pauer, Emece 2010), Puto el que lee: diccionario argentino de insultos, injurias e improperios (Barcelona, 2006), Diccionario del argentino exquisito (Adolfo Bioy Casares, 1971). El consumo de carne vacuna en la Argentina (TNS-Gallup, IPCVA, 2006).

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