Cuando uno se baja del avión al llegar a Mendoza, sin haber respirado aire fresco y mientras caminamos por la manga, se empiezan a sentir los cambios. El sol es rey indiscutido de estas tierras y te abraza a través de los cristales, te recibe en su casa y te invita a disfrutar de las montañas, el clima y el vino.

El paisaje, el aire fresco de la montaña y el vino se comportan como alquimistas con la gente, sin haber recorrido muchos metros uno se “amendocina”, le cambia la onda, le brotan las sonrisas y la predisposición es otra, parece mentira que algunas horas antes corríamos para llegar a tiempo al aeroparque en nuestra querida Buenos Aires con calles cortadas, arreglos de la costanera, etc.

El Sol mendocino nos acompañó todo el recorrido desde el aeropuerto hasta nuestro punto estratégico para recorrer la ruta del vino desde Maipú, que es considerada el km “0”. Pero llegamos acá no para recorrer una ruta en espacio sino para tratar de recorrerla en el tiempo, no es la ruta que dibujaron los que diagraman los planes turísiticos, una ruta que no se recorre ni en combi, ni en bicicleta ni en auto, o tal vez en auto si, pero únicamente en un DELOREAN como Marty Mac Fly en la saga de “Volver al futuro”.

Llegamos al “Maipú Arena” un complejo con restaurantes, cines, casino, boliche y un hotel, El Esplendor by wyndham Mendoza, que a diferencia de otros Esplendor es un hotel nuevo, tremendo lugar para descansar, hacer base logística de este viaje y disfrutar de las piletas y las comodidades frente a la montaña. En este lugar único nos recibió su Gerente General, Guillermo Masvidal, un porteño que recorrió todo el país trabajando en distintos hoteles y que está enamorado del lugar donde trabaja. Se entusiasma hablando de las decoraciones modernas, pero a la vez jugando con las vides y el vino. El hotel recibe mucho turismo nacional que viene a hacer Enoturismo y algo de montaña, disponen de un servicio de combis y se prestan bicicletas a los osados que se animan a recorrer las bodegas de este modo. Resalta la cava, el spa, la pileta cubierta semi olímpica y la descubierta, una pileta caribeña con todo el sol mendocino y una barra donde la atención es un plus perfecto. De aquellos minutos con Masvidal salió la recomendación del lugar donde arrancar nuestro viaje por la ruta del vino, las bodegas históricas Giol y Lopez, de los más antiguos y tradicionales en la historia del vino mendocino que se encuentran a poco de allí. La ruta temporal también arrancaba en ese kilómetro “0”.

Con la sangre del Toro.

Una caminata de pocas cuadras nos llevó a las antiguas bodegas Giol, donde el Toro es rey, el que le daba el nombre al vino, ese mismo está presente en cada lugar, en la entrada, en las barricas, en las memorias que trae en su relato el guía que nos lleva a recorrer la historia a través de una bodega que hoy es apenas un museo. Dicen que lejos en el tiempo a los primeros vinos del mundo se les acostumbraba añadir sangre de toro para eliminar impurezas del mismo. Será tal vez por este motivo que Giol, un inmigrante italiano y Gargantini que venía de Suiza, decidieron poner al toro como escudo de esta bodega. Arrancaron con tan solo tres cubas y tres toneles y ya para 1906 habían logrado consagrar a GIOL como la bodega más popular del país con los vinos CABEZA DE TORO y CANCILLER. Los primeros años de la bodega fueron promisorios y crecieron a medida que crecía el país y para 1910 llegaron a ser la primera bodega industrial del país y la mas grande del mundo. Por ese entonces tenían dos plantas y tres envasadoras en Córdoba, Rosario y Buenos Aires.
Gargantini decide volver a Suiza, vende su parte a Giol que rebautiza a la misma con el nombre BODEGAS y VIÑEDOS GIOL y decide asociarse al actual banco Santander, por entonces Banco del Rio de la plata. Con esta asociación lograron aumentar las exportaciones y la producción en general hasta que Giol decidió finalmente vender su parte al banco y retirarse a Italia. El banco siguió trabajando del mismo modo alcanzando el máximo auge, produciendo cuatrocientos millones de litros anuales y con más de tres mil empleados. Luego por inconvenientes financieros del banco la bodega se presentó en quiebra y el estado la mantuvo para que los empleados no perdieran su fuente de trabajo desde el año cincuenta y cuatro al año ochenta y ocho.

Cuando uno recorre los pasillos se ve que la bodega está detenida en el tiempo, y esto fue un obstáculo para competir porque se enlentecía la producción. Cuando Alfonsín llega al gobierno decide privatizar la bodega y se divide en dos cooperativas. La planta que visitábamos es la que compran los empleados de viñedos de Lujan de cuyo y Maipú y la otra planta más alejada quedó en manos de FECOVITA que hoy es quien sigue con las marcas TORO y CANCILLER.

Ya en el año 1996 La cooperativa de Lujan de cuyo y Maipú se dá cuenta que no logra soportar los costos de inversión y dejan de producir con un proyecto a veinte años para reabrir, pero la economía sigue en declive y hasta hoy se dedica solo al turismo.

El primer paso de la historia estaba trunco porque, aunque la bodega supo ser un monstruo en el pasado hoy los frescos pasillos y corredores solo guardan historias de trabajo, sueños y anhelos. Giol y Gangantini supieron ser los propietarios de los dos caserones junto a la bodega con las torres desde donde podían ver los viñedos que hoy son manzanas urbanizadas de Maipú, pero que entonces eran viñedos de la bodega más pujante de Mendoza.

De Málaga a Maipú, 130 años de historia.

Caminamos siete cuadras más para llegar a una de las mas populares bodegas nacionales, el sueño de un andaluz que llegó a la Argentina buscando reiniciar aquel negocio que tenía su familia en España y que una enfermedad de la vid le arrancó de las manos.

José Gregorio Lopez Rivas, trajo su conocimiento a esta tierra con el objeto de empezar una bodega que creció y que siguió creciendo de la firme mano de José Federico Lopez. Durante 130 años las bodegas Lopez han crecido tomado mercado interno con etiquetas desde Rincón famoso, Lopez, el Chateau Vieux, o el Chateau Montchenot. Las etiquetas de Bodegas Lopez son un clásico, desde mi infancia cuando no había tantos vinos como ahora. Estos nombres eran tan comunes como algunos de las bodegas Bianchi o Chandón.

La sensación al visitar la bodega y conocer las distintas formas de producción que se manejaban en el pasado nos hace darle un sentido distinto al valor del producto, como se mantenían las barricas por fuera y por dentro, como se limpiaban, etc. Realmente lograr un producto de esa calidad y estandarizado era algo tan complejo que solo se podía alcanzar bajo la atenta y profesional mirada de la familia que durante tantos años que se mantuvo constante en la búsqueda de la perfección en su vino.

Un vino 100 puntos

El punto de partida y las primeras estaciones de este recorrido estaban mas que claras y eran, al menos por mi, bastante conocidas, pero la pregunta que nos hacíamos para poder comparar la historia con el presente o mejor aún con el futuro era ¿Cual debía ser la otra visita? la visita que nos mostrara el rumbo del futuro del vino argentino. Ante esa pregunta en el aire no hubo uno solo que no me recomendara ir a lo de “el Ale Vigil”. La bodega es “El Enemigo” una bodega que produce alrededor de trescientas mil botellas al año y exporta alrededor del 50%.

Alejandro Vigil es un grandote que jugó al Rugby, estudió y se recibió de ingeniero agrónomo, trabajó en el INTA y fue el enólogo de Catena Zapata. Junto a Adriana Catena desarrolló una línea de vinos de una calidad extraordinaria y uno de ellos alcanzó el máximo puntaje para un vino, 100 puntos del crítico Robert Parker.  

Dicen que cuando en Mendoza te quieren mandar lejos te mandan a la loma del Chachingo, allí mismo, en Chachingo está Casa Vigil que se llama así porque es la casa de Alejandro Vigil, allí vive él, su mujer María y sus dos hijos Giuliana y Juan Cruz.

A la vez Casa Vigil en un lugar mágico, único, donde cada detalle está cuidado a la perfección. Nos recibió Lilia, que además de estar a cargo del Marketing de Casa Vigil resulta ser la cuñada de Alejandro, porque, sobre todo, nunca en todo el recorrido se pierde la posibilidad de sentirse en casa. Lilia nos cuenta sobre la bodega, el restaurant con su carta que cambia cuatro veces al año con las distintas temporadas, la historia detrás de la arquitectura, ese infierno, ese purgatorio y ese paraíso.

Alejandro Vigil aprendió de su abuelo, cada verso de la Divina comedia y en el recorrido por la bodega el guía nos lleva a la puerta del Infierno como Virgilio al Dante, allí el Minotauro protege el camino y el portero es un ángel de la muerte, en la oscuridad de la cava presentada como el infierno, el frío se siente en las paredes y los mensajes invitan a confrontar a cada fantasma, como la forma de subir un paso más en el camino al paraíso. En la bodega se representa el purgatorio, el lugar donde los vinos tienen que pasar tiempo para alcanzar la perfección al igual que el lugar donde aquellos que no merecen el paraíso purgan sus culpas para finalmente alcanzarlo. Allí la virgen acompaña con su imagen y una rosa como la del principito recuerda las cosas más importantes, las que solo se ven con el corazón. El paraíso está en el Wine Store, allí donde el vino alcanzó la perfección. Esa ambientación que el arquitecto, hermano de Vigil, buscó darle a Casa Vigil está en todo, incluso en el nombre que tiene que ver con un verso de Alighieri.

AL FINAL DEL CAMINO SOLO RECUERDAS UNA BATALLA, LA QUE LIBRASTE CONTIGO MISMO, EL VERDADERO ENEMIGO, LA QUE TE HIZO ÚNICO

En el Wine shop también nos espera el cheff Santiago Maestri, que pone en cada plato el maridaje perfecto para los mejores vinos, una costilla al horno de barro por doce horas, una bondiola ahumada que se queda graba para siempre en la memoria de quien la prueba, los postres jugando con la fusión de lo autóctono, todo buscando recorrer la paleta de vinos de El Enemigo hasta llegar al “Gran Enemigo Single Vineyard Gualtallaray”.

La comida, la atención, el lugar, la arquitectura, todo cien puntos para acompañar a la perfección al vino de puntaje perfecto. Para ese lado vamos, sin duda, de la producción de fines del siglo diecinueve a estos vinos de autor logrados con perfección absoluta.

Por ahí a lo lejos caminando entre los viñedos se ve a un hombre grande con una remera negra de pelo crespo con una tranquilidad que parece no pertenecer a la cantidad de visitas que hay en ese momento en Chachingo. Alguien de entre la gente comenta, “ese alto de allá es el Ale Vigil”. Se pierde entre viñedos, sabe Dios pensando en que verso de la Divina Comedia, o en que nuevo vino, ajeno a todo, como Vigil por su casa.

SUSCRIBITE!

Únase a nuestra lista de correo para recibir las últimas noticias y actualizaciones de HORIZONTE A.

Su suscripción fue exitosa!