Por: Santiago Lorenzatti. Director de Okandú. – Socio de Aapresid

La historia de la agricultura es la historia de la labranza. El hombre la ha utilizado  como una herramienta indispensable para la obtención de alimentos. La labranza permitía preparar el suelo, refinarlo y despoblarlo de malezas, para poder implantar un cultivo. Posteriormente, con las labores culturales – las realizadas durante el período de establecimiento y crecimiento del cultivo – se buscaba controlar las malezas y estimular a la mineralización de la materia orgánica para la liberación de nutrientes que eran aprovechados por el cultivo. La agricultura convencional, basada en las labranzas de los suelos, fue el paradigma agrícola que la humanidad aplicó desde sus inicios, hace más de diez mil años. Es más, actualmente, la mayor proporción de la agricultura mundial sigue realizándose con las labranzas como eje; proceso que en los últimos 50 a 100 años se vio intensificado.  

Sin embargo, y aún reconociendo que sirvió para alimentar a la humanidad en el pasado, la agricultura convencional -por vía de la erosión de los suelos- y por la aplicación de un criterio de explotación, minero o extractivo de los recursos, en muchos casos hizo llegar a extremos de deterioro de magnitud escalofriante; convirtiéndose en un paradigma no sustentable.

Una nueva agricultura

Analizando la actual encrucijada en que se encuentra la Humanidad entre la necesidad de aumentar en lo inmediato la producción de alimentos en cantidad y calidad, y la imperiosa necesidad de hacerlo sin destruir el ambiente, resulta evidente la importancia de diseñar y ejecutar un modelo agrícola que contemple ambos aspectos. Conceptualmente, nace una nueva formar de hacer agricultura; aquella basada en la interpretación de la real y amplia oferta ambiental y la adecuación de una estrategia productiva que maximice el uso eficiente de esos recursos disponibles; incorporando aquellos insumos externos limitantes, de manera de maximizar la producción sustentable. En términos energéticos esta nueva agricultura tiende a maximizar la eficiencia de transformación de la energía disponible – ofrecida por los recursos naturales y los insumos externos-  y su “almacenamiento” en forma de alimentos, fibras y bioenergía.

A este nuevo modelo productivo se lo conoce como labranza cero, no labranza o simplemente siembra directa. Aapresid hace ya 30 años que viene trabajando activamente en la difusión de este nuevo paradigma, guiada por el concepto de sustentabilidad. La siembra directa consiste en la implantación de los cultivos sin el uso previo ni posterior de labranzas, mediante la utilización de equipos de siembras que deben tener la capacidad de poder cortar la cobertura superficial del suelo, abrir una pequeña línea de siembra, depositar la semilla en su interior y cerrar el surco abierto. El control de malezas se realiza mediante el ajuste de las rotaciones – con inclusión de cultivos de servicios – y la intervención química en momentos específicos. A su vez, dado que no hay laboreo de suelos, y por ende no hay pulsos violentos de mineralización, la estrategia de nutrición y fertilización debe necesariamente cambiar y adecuarse a las nuevas condiciones edáficas.

Siembra Directa

Más allá de esta definición, el concepto de siembra directa toma diferentes acepciones o interpretaciones. Por un lado, están quienes la perciben estrictamente como ausencia de laboreo. Es un criterio simple y sencillo que considera siembra directa a toda situación de cultivo que haya sido establecido sin remoción  previa del suelo; sin importar otros atributos (como la presencia o no de cobertura de suelo) o la duración en el tiempo de la condición de no-laboreo. La simplificación de la siembra directa al extremo de percibirla exclusivamente como “ausencia de labranzas” ha llevado, en algunas circunstancias, a errores conceptuales en el manejo de sistemas productivos. 

En una aproximación por explicar este comportamiento cortoplacista, Romagnoli – Presidente Honorario de Aapresid-  afirma que “pareciera ser que las reglas del mercado imponen un comportamiento empresario en función a los resultados inmediatos, basados en la ecuación costo-beneficios y simultáneamente, alejan al productor del análisis encuadrado en la lógica de la sustentabilidad para lograr beneficios permanentes a través del tiempo. Tal vez, parte de la explicación esté dada porque los tiempos de los procesos biológicos, muchas veces desconocidos y otras subestimados, son diferentes respecto de las necesidades cotidianas del hombre, que, cada vez más acelerado presiona sobre el ecosistema desplazando la banda de equilibrio a un nuevo punto, seguramente de mayor fragilidad”. Esta mirada simplista y no sustentable ha llevado a consecuencias emergentes “no deseables” entre las que se destaca por su impacto económico la proliferación de malezas tolerantes y resistentes a herbicidas.

Por el contrario, existe también una mirada holística de la siembra directa, y justamente es la que Aapresid pregona. Al respecto, se puede afirmar que no alcanza con dejar de arar, y que esto solo es la llave para ingresar a un sistema de producción que necesariamente deberá comprender las causas y efectos de los procesos biológicos asociados a la producción agropecuaria. Así se llega a un concepto más amplio, sistémico y biológico. Se concibe a la siembra directa como un “sistema” productivo,  basado en la ausencia de labranzas y en el mantenimiento permanente de los suelos cubiertos por los rastrojos y cultivos. Algo que en apariencia pareciera tan simple, solo se alcanza si a la condición de no laboreo se la acompaña de otras BPAs como la rotación de cultivos con una ajustada diversidad e intensidad, y un manejo nutricional – vía reposición de nutrientes – que permita mantener en el tiempo la productividad de los suelos y un manejo integrado de insectos, malezas y enfermedades.

El suelo en la siembra directa

La implementación continua del sistema de siembra directa tiene como consecuencia el aumento en un volumen superficial del suelo de los tenores de materia orgánica. Específicamente, la no roturación del suelo sumado al retorno de los rastrojos estimula a la formación de un volumen superficial de suelo enriquecido en materia orgánica. Es decir, que existe una estratificación de ese “plus” de materia orgánica, ubicada mayormente entre los 5 a 10 centímetros de profundidad, diluyéndose el efecto a mayor profundidad. Un dato no menor es que la contribución de los rastrojos es mayor en las fracciones más oxidables de la materia orgánica (también llamada materia orgánica joven o lábil); es decir, aquella que frente a un factor externo que favorezca una oxigenación violenta del suelo se pierde rápidamente.

En segundo lugar, la implementación de la siembra directa tiende a mejorar las propiedades biológicas, químicas y bioquímicas de los suelos, y cambia la composición, distribución y actividades de las comunidades microbianas. Trabajos como el BIOSPAS – liderado por Aapresid junto a entidades académica, y bajo la conducción de Luis Wall – demostraron que pueden encontrase indicadores de suelos que logran separar las buenas prácticas de las malas; y que adicionalmente, los ambientes agrícolas bajo un esquema de buenas prácticas agrícolas tienen indicadores que se acercan mucho más a los de un suelo en condición prístina. Hay un aporte adecuado en cantidad y calidad de residuos orgánicos, que además de promover aumentos en los contenidos de materia orgánica, estimulan a aumentos significativos de los niveles de carbono de la biomasa microbiana. A ello se suma que los suelos con mayor antigüedad en siembra liberan menores niveles de dióxido de carbono. Esto sugiere una protección de la materia orgánica contra el ataque microbiano, favoreciendo el secuestro de carbono en el suelo.

Finalmente, el mayor, más rápido, y evidente impacto de la adopción de la siembra directa sobre las propiedades del suelo se da en la porosidad edáfica.

Según Rodolfo Gil – referente de INTA muy relacionado a Aapresid –  de todas las propiedades del suelo, la porosidad es tal vez la más fácil, frecuente y ampliamente alterada por las operaciones de labranza o manejo sin laboreo. De aquí se desprende entonces, que el conocimiento del funcionamiento estructural del suelo, y de cómo se puede alterar y modificar es de altísima importancia en sistemas agropecuarios. En el caso específico de la siembra directa, la no remoción, la descomposición de raíces y la deposición de residuos orgánicos en superficie favorece a la regeneración permanente de poros estables. A ello se suma la acción de lombrices, gusanos e insectos en general con la construcción de galerías. Estos macroporos – a diferencia de los generados por la labranza – son continuos, menos tortuosos y más estables; siendo responsables del rápido ingreso y movimiento del agua en el suelo, de favorecer su aireación y de brindar un hábitat favorable para el crecimiento de las raíces. 

Esta mejora en las propiedades físicas del suelo, sumado a la presencia de cobertura en superficie permite hacer un uso más eficiente del agua, un bien cada vez más preciado.

Aspectos tecnológicos y desafíos

Si hay un entorno en el cual el agro argentino es competitivo es el tecnológico. Existe evidencia real, concreta y tangible que el productor argentino es un rápido adoptante de tecnologías que potencien su negocio, ya sea por disminución de costos, aumento de la renta a pesar de tener que asumir una mayor inversión, o por disminución del riesgo. La adopción de biotecnología, la difusión de la siembra directa, el uso de fertilizantes y fitosanitarios, y la inclusión de la tecnología digital en maquinarias, son algunos ejemplos que ratifican esta tendencia.

Y en último tiempo la aparición de numerosa AgTech es una clara muestra de la dinámica del agro en materia tecnológica.

Ahora bien, si bien existen los conocimientos y las tecnologías muchas veces los entornos organizacional y principalmente institucional imponen restricciones a la incorporación de toda la tecnología y conocimiento disponible. En consecuencia, muchos de los planteos agrícolas actuales no son sustentables ambientalmente (a nivel predial); no por falta de conocimiento y herramientas sino por restricciones impuestas por elementos de los otros ambientes (organizacional e institucional). Este aspecto toma mayor trascendencia e impacto cuando el análisis es a nivel ecorregión. Si bien hay algunos ejemplos de ordenamientos territoriales a nivel provincial, no termina de definirse un ordenamiento territorial de basamento científico nacional que ponga cierto grado de racionalidad científica a la asignación de ambientes a diferentes usos. Acá es crucial la intervención racional del Estado, posibilitando un proceso de ordenamiento profesional con fuerte apoyo en la ciencia, y no en conjeturas o pareceres sin verdadero sustento ecológico.

Otro de los ejes del ambiente tecnológico es la gestión de calidad; aspecto relativamente nuevo en agro argentino. La calidad no es más que conocimiento aplicado a productos, procesos y/o servicios focalizado en las preferencias de los clientes. La calidad vista como la acción de entes aislados sólo logra resolver o disminuir las des-economías de tercer orden. Es decir, mejorar la productividad de la empresa por mejora en la eficiencia, aumento de la productividad y el entrar en un ciclo de mejora continua. Esta sola arista es motivo suficiente para que una empresa individual adopte sistemas de gestión de calidad.

La producción industrial y de servicios pueden considerarse como los sectores económico pioneros en la aplicación de normas y protocolos, debido fundamentalmente a las exigencias de un mercado internacional que primero, trató de unificar criterios de calidad y luego lo relacionó con el desarrollo sustentable. Así surgieron cuerpos de estándares, normas y protocolos de gestión cuyo enfoque se centró en aspectos de seguridad y salud laboral, y a la gestión ética de negocios como parte de la responsabilidad social que tiene cada empresa. En agricultura, sin embargo, parecía ajeno a todo este tipo de exigencias, pero la tendencia se revirtió. En los últimos años han surgido esquemas de certificación de productos y procesos relacionados a los agronegocios alimentarios. Transitar por estos senderos, como los propuestos por Agricultura Sustentable Certificada de Aapresid se vuelve en una necesidad; no sólo para ser más competitivos; sino para poder producir sin conflictividad con la comunidad de la que somos parte.

En este sentido, cada vez son más frecuentes los ejemplos de conflictividad entre pueblos y comunidades con la forma de producir de empresas agrícolas; con principal  foco en las aplicaciones de fitosanitarios en zona periurbana. Es necesario que quienes estamos en la producción comprendamos la importancia de dialogar con nuestra comunidad; escuchar sus demandas y en simultáneo poder contar cómo hacemos las cosas. Las actividades – como la agricultura – que interactúan con el ambiente deben aprender a someterse a una auditoría social sobre las formas de producir y su impacto sobre el ambiente. Es necesario poder dar garantías de cómo se hacen las cosas. En este contexto esquemas como Municipio Verde – variante de Agricultura Sustentable de Aapresid adaptada a la producción periurbana – resultan en herramientas muy adecuadas para comenzar un diálogo serio, basado en conocimiento científico y dando un marco de referencia de esa discusión. No abordar la problemática no solo es patear el problema hacia adelante, sino es agravarlo en magnitud, tal vez hasta niveles de los cuales no sea fácil volver.

Aapresid, 30 años cuidando el suelo

En su corta historia Aapresid ha logrado ser parte clave en un proceso de cambio de paradigma en la agricultura. Una nueva relación entre producción y ambiente es posible, dónde la estrategia consiste en que ambas partes ganen. Nuevos desafíos nos interpelan y debemos asumirlo con la responsabilidad que la problemática demanda. Está claro que como pregonaba un viejo slogan de Aapresid “el desafío sigue siendo innovar”, y hacerlo en un marco de sustentabilidad social, ambiental y económica.