En marzo llegó a los grandes medios la profunda crisis que atraviesa el sistema de agronegocios lácteo. Un ciclo internacional de bajos precios para su versión commodity, la leche en polvo, está exponiendo su debilidad al máximo. No es casual que su fase más cruda sea en el medio del verano del hemisferio sur, donde están las potencias lecheras globales.

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El sistema, desde los productores hasta los consumidores, pide parches para atravesar la situación. Los acuerdos entre nodos del sistema demandan evaluar cuanto tienen de voluntarismo y cuanto de incentivos para que los actores se alineen en pos de un objetivo superador común. La demanda por subsidios nos exige analizar si una sociedad como la argentina, que no es precisamente rica, debe destinar recursos a empresarios. Lamentablemente la voluntad de encontrar soluciones llega cuando el problema está tan caliente que la leche hierve. Todos buscan un culpable.

Los lácteos son históricamente en Argentina y en todo el mundo un alimento caro: requieren de una elevada cantidad de pasos para producirse, inevitablemente en muchos casos exigen tiempo, consumen tecnologías de las más diversas, demandan refrigeración, y al ser un producto listo para consumo son además un servicio, listo para servir en la mesa (a un pollo hay que cocinarlo)

Es por eso que su consumo se da de bruces con la estructura social argentina: infelizmente la porción de pobres en el país es alta y el grueso de la sociedad llega incómoda a fin de mes; solo un 10% del país paga impuesto a las ganancias. Es por esto que los argentinos no son grandes consumidores de lácteos, pero sí de mucha leche, el producto de menor valor. Adicionalmente, la población argentina crece a un ritmo inferior al 1% anual.

El mercado local como está hoy no puede ofrecer sostenibilidad económica a una actividad que atraviesa constantes saltos de productividad: o la población crece más rápido, o eleva significativamente sus ingresos y consume más lácteos (además de leche). Esas soluciones no parecen viables ni siquiera en el mediano plazo.

Es preciso para el tambo repensar el balance entre su capacidad de producir leche fresca frente a su capacidad de almacenarla. Las usinas deben adaptar su negocio para conquistar mercados externos con nuevos productos que puedan absorber los constantes saltos de productividad del sistema. La comercialización y los consumidores deben enfocarse en soluciones más eficientes de consumo. Sin embargo, estas son soluciones de compartimentos estancos: cada nodo mejorando en la parte que exclusivamente le toca, en algunos casos los actores circunscriptos a su actividad individual.

La clave es confiar más en los mecanismos de mercado generando incentivos para alinear a todos los nodos del sistema de agronegocios lácteo hacia una salida exportadora: el mercado local nos queda chico. Esa salida exportadora puede (pero no necesariamente debe) complementarse con productos cada más complejos: leches que sean compuestos nutritivos o alimentos funcionales, smoothies, quesos de calidad global de pasta dura y semidura, valor agregado a través de marca, packaging, etc.

Una forma potencial de incentivar este alineamiento es inyectar mayores niveles de transparencia en la transacción en tambos y usinas, utilizando los mercados existentes para generar un verdadero mercado nacional de leche fresca(separado en subregiones similares a las cuencas). En un mercado hay oferentes, demandantes y especuladores: todos cumplen un rol al darle liquidez y robustez a los precios que el mercado emana. Esas señales permitirán entender a todos los participantes tomar mejores decisiones. Pueden existir otras salidas a esta crisis, son potencialmente más dolorosas y dudosamente sostenibles.

Entender que problemas de este nivel de complejidad requieren de tiempo e inversión en construir vínculos cooperativos entre los nodos del sistema es un paso importante a la hora de generar una política pública sostenible desde lo económico, social y medioambiental.

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