Hace dos semanas una coalición del peronismo unido superó por mucho al Gobierno en las elecciones primarias. En la coalición habitan referentes del kirchnerismo, del conurbano, de gobernadores del norte, centro y sur del país y los intendentes de la aglomeración de población más grande del país: el conurbano bonaerense. Todavía no está claro cómo se estructurarán las políticas públicas que ejecutarán. El voto que solía ir dividido se unió detrás de un solo candidato y mostró su descontento con la marcha de la economía votando masivamente a la oposición.

La realidad nos presenta límites: Argentina con sus 45 millones de habitantes es un país relativamente pequeño, dado que alrededor de 15 millones están por debajo de la pobreza hace casi 3 décadas, es aún más pequeño. Argentina y su mercado interno estructuralmente pequeño, no puede crear puesto de trabajo sostenibles desde lo económico, social y medioambiental para todos los argentinos que necesitan elevar sus ingresos para mejorar su calidad de vida. El país necesita exportar hoy y a partir del 10 de diciembre de 2019.

Exportar es, para toda compañía, una aventura compleja. Es un proceso largo lleno de sinsabores, pero que finalmente le permite dividir su cartera de clientes entre locales y extranjeros y finalmente estabilizar sus ingresos y hacerlo crecer. Los desafíos para lograr exportar pueden agruparse rápidamente en “comprender a mi demanda” y “ser eficiente con mi oferta”. En lo que hace a la demanda existen una infinidad de puntos, en los que las condiciones para ingresar al mercado objetivo son claves.

El actual Gobierno trabajó denodadamente para mejorar el posicionamiento de Argentina en ese sentido: hace 2 meses se concretó el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur; hace apenas unos días con el EFTA, bloque compuesto por Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza. Juntos agrupan a 14 millones de habitantes muy ricos con un PBI/capita de 72 mil dólares y con una fuerte tradición importadora (25% del PBI) enfocada sobre todo en energía y alimentos. Gracias al acuerdo estaremos en igualdad de condiciones que otros países europeos para abastecer al EFTA de alimentos. Además, son países que exportan inversiones y el acuerdo contempla facilitarlas.

Por el lado de la oferta, la infraestructura logística, energética y de telecomunicaciones es clave y el actual Gobierno también hizo mucho por mejorarla. Sin embargo, el Estado argentino tiene la compleja labor de contener la pobreza (cuyo mayor costo son los adultos mayores) y eso demanda recursos que se traducen en impuestos muy altos; sobre todo para aquellos que deben pagarlos. Las empresas que exportan tienen sus ingresos “blanqueados de facto”. Es muy difícil para ellas ser competitivas con ese nivel impositivo.

Estas semanas volvieron al debate de ideas la fragilidad de las cuentas del Estado y la protección de la mesa de los argentinos. Analistas y políticos clamaron por retenciones móviles para resolver lo primero y algún sistema de cupos de exportación para encarar lo segundo. Si queremos que la economía crezca necesitamos las exportaciones: estas no pueden ser la base imponible favorita del sistema impositivo, “si usted exporta será castigado” no puede ser la señal que emite la sociedad.

Por otro lado, la preocupación del costo de los alimentos es genuina. El país resolverá la pobreza (si lo logra) en una generación con las exportaciones como punta de lanza, ¿pero mientras tanto qué? Para que un proyecto de una Argentina como supermercado sea posible necesita sustentación política: los argentinos deben votarlo. Los argentinos vulnerables deben poder acceder a alimentos de una manera más económica: un programa de vouchers de descuento como el norteamericano Food Stamps (hoy SNAP) que asiste a más de 40 millones de ciudadanos con problemas de ingreso es una solución viable. Este asiste a la demanda objetivo sin generar una disrupción macroeconómica.

Utilizar la cuotificación de la exportación de trigo para bajar el precio del pan no funciona, lo sabemos porque lo hicimos durante 10 años y solo bajó el área sembrada, nunca el precio del pan. El país se perdió exportaciones (y el trabajo que estas generan) por 15 mil millones de dólares.

La sequía del 2018 nos mostró que la economía argentina depende fuertemente del planeta #Campo y dado que más del 85% de la soja que se cosecha se exporta, este cultivo es central. La soja no es la clave para derrotar la pobreza y alcanzar el desarrollo, pero si algo queda claro, es que sin ella es definitivamente imposible. Es una plataforma de servicios cada vez más compleja, que invierte en I+D, se adapta y desarrolla tecnología de la frontera global y genera trabajo. Es la última línea de defensa de la macroeconomía argentina: 1 de cada 3 dólares exportados, casi un 7% de la recaudación. Es probable que este año incremente su superficie.

Hacer política económica es difícil porque exige alinear objetivos múltiples, a veces hasta contrapuestos enfrentándonos a restricciones reales. Demanda aprender de los errores cometidos y utilizar todo la creatividad y el realismo a la hora de actuar.