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Maleza. Por Lic. Florencia Sambito

Florencia Sambito
Florencia Sambito

fsambito@hotmail.com

 Que el bien y el mal son discutibles es tema de todo café. Y aunque sobre el mal que cabe en una maleza pareciera haber un consenso generalizado, como siempre desde hace algunas columnas, queremos pensar un poco más.

La palabra maleza deriva del latín “malitia”, que se traduce como “maldad”.  El primer Diccionario general etimológico de la Lengua Española la define así: “Maleza, femenino anticuado de maldad”.

Y quien sino el gran filósofo genealogista, Friedrich Nietzsche, se atrevió a ir más allá de la maleza. Bastará una confesión epistolar para saberlo: “estoy metido hasta el cuello en mis problemas; mi teoría según la cual el mundo del bien y del mal es un mundo únicamente aparente y perspectivista, representa una innovación tal, que a veces me quedo completamente pasmado”. No buscamos tal cosa. Pero tal vez, sólo tal vez, podemos lograr que las malezas nos caigan un céntimo más simpáticas, desde algunas de sus más maravillosas sentencias, las de Nietzsche.

 “Se debería honrar más el pudor con que la naturaleza se ha escondido detrás de enigmas y de multicolores incertidumbres. ¿Acaso es la verdad una mujer que tiene razones para no dejar ver sus razones?” 

Todas las fuentes consultadas más o menos coinciden en decir que una maleza es aquella planta en el lote que no es cultivo y que por tanto, mejor si no es. Juan Carlos Ponsa, malezólogo de INTA Pergamino, me ha dicho que “es toda aquella planta o especie que crece dentro de un cultivo, produciendo una competencia, sin haber sido sembrada previamente”.

El  yuyo (éste sí), fue definido por Klingman como una  “planta que crece donde no es deseada o planta fuera de lugar”. Es decir, prácticamente cualquiera que crezca en un lugar en el que no se la esperaba. Así, la menta es considerada maleza en praderas de césped donde tiene tendencia a prosperar.

Las malezas pueden ser pequeñas o grandes; anuales, bimestrales o perennes. Una característica común es su relativamente corto crecimiento y ciclo de floración, durante el cual producen abundantes semillas. Generalmente tienen la habilidad de crecer en ambientes poco felices y tienden a diseminarse a gran velocidad. Para que una planta sea considerada mala hierba-  dice Don Patton- también debe tener un propósito pequeño o que no sea útil, pero esa es, obviamente, una conclusión subjetiva.

Mercado (1979) coincide y encarniza la lucha: son “plantas que interfieren con el hombre o con áreas de su interés”.

Ralph Waldo Emerson es un optimista: “maleza es una planta cuyas virtudes aún no han sido descubiertas”.

 

“Las grandes épocas de nuestra vida son aquellas en que nos armamos de valor y rebautizamos el mal que hay en nosotros llamándolo nuestro mejor bien”

Si pensamos que fueron ellas, las malezas, quienes alertaron una vez más al hombre sobre el uso abusivo, desmadrado de la tecnología, podemos mirarlas con mejor cara.

Hasta no hace mucho, las malezas parecían haber quedado archivadas en los viejos libros de agronomía y los malezólogos, rezagados al cajón de los oficios en desuso. Y, de un momento al otro, lo que estaba en los libros volvió a cobrar realidad, hubo hasta necesidad de reescribirlos. Los malezólogos, por su parte, son poco menos que médicos de cabecera y las reuniones técnicas no son tales si no mencionan al flagelo.

 “Lo que una época siente como malvado es de ordinario una reacuñación intempestiva de lo que en otro tiempo fue sentido como bueno”.

Relata el INTA que, a mediados de los ’90, una serie de tecnologías llegaron al campo argentino para cambiar considerablemente el sistema productivo hasta ese momento conocido. La siembra directa, la soja RR y el glifosato fueron los tres pilares de esa transformación del producir agropecuario de nuestro país. En ese marco general, los productores dieron la bienvenida a la agricultura moderna, y más allá de sus conocidos beneficios, las alertas comenzaron a sonar a partir de ciertos manejos inadecuados. El abuso en el uso de glifosato, y el monocultivo en general, han generado una presión desmedida sobre el medio ambiente y sobre los distintos sistemas de producción. Con el paso del tiempo esto nos dejó una serie de malezas fuera de control.

“Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en un monstruo”

Amaranthus, Chloris, Trichloris, Urochloa panicoides, son los nombres de verdaderos monstruos al acecho.  Sobremedicados, han sabido hacerse resistentes a todo.

Las resistencias surgen, en la mayoría de los casos, del uso repetido de herbicidas como única herramienta de manejo, más aún, herbicidas con idéntico modo de acción. Las tolerancias, por su parte, son características propias de la especie que le permiten sobrevivir a determinada dosis de herbicida, la misma que resulta letal para un número importante de especies.

La naturaleza es muy sabia y tiene su carácter. La presionamos, ella contesta. Y vaya que lo hace: las malezas resistentes complican el panorama de todos los actores del agro, a nivel mundial.

Lo dicho, este retroceso tiene que servir para algo. Para pensar nuevos caminos y no apostar todo a un nuevo glifosato. Los nuevos materiales transgénicos con resistencia a herbicidas, sin duda que serán una herramienta útil para resolver algunas situaciones, pero tampoco debemos abusar de esta tecnología, a riesgo de no haber aprendido nada.

Juan Carlos Papa afirma que la mejor arma contra las malezas es el conocimiento. Se hace preciso un cambio en el manejo integral del sistema, buscando la prevención del problema y un manejo exhaustivo. Las malezas son parte del agroecosistema y así deben abordarse.

¡Mal! ¡Mal! ¿Cómo?, ¿no va hacia atrás? Sí, pero entendéis mal a ese hombre cuando os quejais de eso. Va hacia atrás como todo aquel que quiere dar un gran salto.

 Fuentes nietzscheanas: “Más allá del bien y del mal”, “La gaya ciencia”.

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