La economía argentina es una gran olla de presión con casi nulos márgenes de maniobra por una sola razón: el Ministro de Economía apoyado por la coalición oficialista sostiene que la deuda del Estado nacional es el principal mal de los argentinos. Para solucionarlo, propone que se le devuelva la totalidad de los préstamos a sus acreedores, privados u organismos multilaterales. El inconveniente es que el Estado no tiene los fondos para hacerlo, entonces, el Ministro propone alargar plazos, reducir intereses y cuando es posible recortar el capital, todo de manera forzosa. Así, algún día (los últimos bonos vencen en 2046, when I’m 64 dirían Paul y John sobre mi) el problema se habrá resuelto. Después de entretenerse dos años tratando de inventar un programa del FMI que no existe demando 20 años de plazos cuando el máximo es 10, el Ministro busca discutir las tasas de interés del préstamo. En frente están los equipos técnicos del Fondo, que ofrecen 4 años de gracia y solo piden que el Estado equilibre parcialmente sus cuentas durante el primer año del futuro gobierno. El Ministro se niega porque en su concepción esto no solo abortaría un proceso de crecimiento (que por ahora es solo el rebote de la apertura post Covid y está agotadísimo), pero además, porque “no solucionaría el problema para siempre”.

Esta concepción es exactamente la opuesta a la que utilizan todos los Estados del mundo. El capital de la deuda soberana no se paga, se administra con crecimiento de la productividad de la economía y realizando reformas del Estado para eficientizar el gasto acorde a esa productividad. A lo largo del tiempo la deuda se va renovando y si el Estado maneja déficits consistentemente bajos, la tasa de interés que paga por su deuda va descendiendo; si las tasas de interés bajan para el Estado lo hacen para el conjunto de la economía, si además se reduce la presión fiscal, la economía es más productiva y crece más; cuando la economía crece se crean puestos de trabajo y disminuye la pobreza.

Puede parecernos que el Estado paraguayo es poco generoso en la provisión de bienes y servicios, pero en el medio de una enorme sequía que seguro impactará en su economía y las finanzas estatales, esta semana emitió bonos al 2033 con una tasa de interés del 4,65%.

Los acreedores privados observan los vencimientos de sus propios bonos y las lógicas de negociación del Ministro y la coalición gobernante y están convencidos que se enfrentarán a un nuevo canje forzoso en el mediano plazo donde se les recortarán intereses o capital o ambos y se volverán a estirar los plazos. Todos intentan desprenderse de sus bonos y debido a eso el riesgo país es igual al que país tuvo cuando el Estado entró en default en el 2020. Si hoy el Estado argentino emitiese deuda pagaría un interés 4 veces más alto que el de Paraguay. Como el Estado no refinancia su deuda, empezó a devorarse nuevamente los stocks y como sobran pesos ya no hay dólares. Hace más de 2 años que los argentinos apuestan muy fuerte contra el peso.

La Niña se volvió un poco hermafrodita y enero tendrá probablemente de 15 a 20 días de lluvia. El país que normalmente produce más de 50 millones de toneladas de soja con suerte producirá 45. Los pronósticos arriesgan volúmenes, pero aún falta, el partido se está jugando; pero entrando en tiempo de descuento, al igual que la negociación con el FMI. La suerte y la testarudez del Ministro lograron que ambas coincidan en el tiempo. La moneda en el aire.

En paralelo hay tres procesos que determinarán cómo transitará el Presidente sus últimos dos años de mandato. El más relevante es el anuncio de la Reserva Federal norteamericana de cancelar la palabra “transitoria” antes de la palabra inflación, volviendo al 2022 un año de suba de tasas de interés.

Hay signos de inflación en todo el globo: la mayorista alemana está en 25% anual (si, leyó bien, 25%) y el espresso en Italia está por duplicarse de valor. Cuando la FED suba la tasa el Banco Europeo hará lo propio. Cuando las tasas suben el precio de la soja, las acciones y las criptomonedas bajan.

Los otros eventos determinantes parecen mucho más lejanos, pero con consecuencias imprevisibles. La burbuja inmobiliaria china sigue generando quiebras y eso disminuirá el ritmo de crecimiento de esa economía, a la vez que escalan las tensiones en Ucrania con una potencial invasión rusa. Alberto Fernández planea estrecharle la mano a Vladimir Putin la semana que viene en Rusia, curioso manejo de tiempos.

No hay márgenes de maniobra. No sobra nada. Solo resta mirar al cielo y agradecer a los productores agrícolas argentinos, que a pesar de ni siquiera conseguir cubiertas siguen sembrando.

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