Tecnología en el cultivo de soja

Red de ensayos de Okandu y experiencias productivas a campo Por: Santiago Lorenzatti, Martín Sánchez, Agustín Bianchini y Rodrigo Tabasso. OKANDU SA EL cultivo de soja se caracteriza por ser muy eficiente en el uso de recursos y por tener gran habilidad para compensar déficits en su desarrollo, tanto a nivel de órganos vegetativos como […]
agosto 25, 2022

Red de ensayos de Okandu y experiencias productivas a campo

Por: Santiago Lorenzatti, Martín Sánchez, Agustín Bianchini y Rodrigo Tabasso. OKANDU SA

EL cultivo de soja se caracteriza por ser muy eficiente en el uso de recursos y por tener gran habilidad para compensar déficits en su desarrollo, tanto a nivel de órganos vegetativos como a nivel reproductivos. Estos mecanismos de compensación hacen que responda de forma variable a la tecnología aplicada a diferencia de lo que sucede con otros cultivos como maíz. Es por ello, que muchas veces resulta complejo encontrar o medir diferencias significativas de rendimiento en soja frente a la aplicación de tecnologías.

En la medida que el mejoramiento genético de soja evolucionó hacia mayores techos productivos, y los ambientes de producción han mejorado su calidad fisicoquímica y biológica producto de buenos manejos agronómicos, el cultivo de soja ha podido expresar rindes crecientes y sostener pisos productivos más altos.

Resulta fundamental conocer las características del ambiente de producción para planificar el cultivo, eligiendo los planteos productivos que permitan maximizar su productividad a lo largo del tiempo de manera sustentable. En OKANDU conjugamos la información generada en nuestra red de tecnologías en soja con la experiencia productiva real en campos asesorados. En esta nota les presentamos los avances de las últimas campañas.

Conocer el ambiente

El primer paso de una correcta planificación es la caracterización del ambiente. La calidad del suelo, junto a la oferta hídrica, tanto sea por el régimen hídrico (ENSO) como por la presencia de napa son las características del ambiente de producción más relevantes.

Es importante conocer cómo la oferta de agua influye en la expresión de rinde del cultivo. En primer lugar, teniendo presente el comportamiento en función de la oferta de agua, expresado como rinde en función de ENSO (Niño, Neutro, Niña). En términos generales y para el sudeste de Córdoba, años Niño caracterizados por una elevada oferta hídrica permiten explorar rendimientos máximos elevados y una dispersión menor de rendimientos. En el otro extremo, años Niña restringen rendimientos por oferta hídrica y estreses térmicos puntuales.

Esta información debe ser combinada con otro factor que influye en la oferta hídrica, como lo es la presencia de napa hídrica en zona de raíces (entre 1 y 2 metros). Conocer la influencia de la napa es clave en la caracterización del ambiente.  

Es importante relacionar las variables en cuestión (suelo, napa, pronóstico), para definir así ambientes con mayor o menor probabilidad de sufrir estrés hídrico en algún momento del ciclo del cultivo, y en función de ello hacer planteos más ofensivos o más defensivos

Fecha de Siembra y elección de grupos de madurez

Para el cultivo de soja la etapa más crítica para la definición del rendimiento abarca los períodos de floración, fructificación y comienzos del llenado de granos incluyendo, aproximadamente, la fase R4-R6. Numerosos estudios mostraron que el número de semillas –  principal componente de rendimiento- está limitado por la tasa de crecimiento durante este. Por consiguiente, su optimización permitiría aumentar el número de semillas a la madurez y, por lo tanto, el rendimiento.

La elección del genotipo (G) y de la fecha de siembra (FS) son las prácticas de manejo de mayor impacto sobre las condiciones ambientales que experimenta el cultivo de soja durante su ciclo de desarrollo; modificando, por ende, el rendimiento y los parámetros de calidad industrial. Antecedentes en este tipo de ambientes a nivel zonal, indican que la siembra en fechas tempranas sería una de las prácticas de manejo que permitiría maximizar los rindes potenciales. En el mismo sentido Borrás et al informan similar comportamiento con un promedio de pérdida de 35 kg/ha/día de retraso en la fecha de siembra (Figura 1).

Figura 1. Fecha de Siembra y Rinde (Borrás, Vitantonio, Massini – UNR)

Similar tendencia observamos en la última campaña 21/22 con una pérdida de 15 kg/ha/día entre mediados de Noviembre y fin de Diciembre (Figura 2)

Figura 2. Fecha de Siembra y Rinde (Convenio Bioceres-Okandu, 2021/22)

A su vez también se destaca la importancia de comprender que, si bien los máximos rindes se logran adelantando fecha de siembra, los pisos de rinde se logran en fechas intermedias (Figura 3). Esto es importante para ajustar el planteo a la variable ambiental antes considerada, comprendiendo en que situaciones buscar maximizar rindes y en cuales buscar estabilidad.

Es así como aquellos ambientes con menor riesgo de estrés (con napa y/o año Niño) podrán ser sembrados en fechas tempranas (mediados de octubre) buscando capturar techos de rinde, y aquellos ambientes con mayor riesgo de estrés (sin napa y año Niña) podrán ser sembrados en fechas intermedias (mediados de noviembre) buscando asegurar piso de rinde.

Figura 3. Fecha de Siembra y Rinde (Borrás, Vitantonio, Massini – UNR)

Experiencias en el sudeste de Córdoba muestran que en años de mejor oferta ambiental los máximos rindes se logran en cultivos sembrados tempranos y con GM cortos; mientras que en años de oferta ambiental inferior los topes de rinde se logran en cultivos que retrasan el inicio del Período Crítico, lo cual se obtiene con fechas de siembras más tardías y GM más largos (Figura 4).

Figura 4. Rendimientos relativos según fecha de siembra en Años Niño y Niña (Monte Buey, período 2004/05 a 2006/07) -Baigorri H (INTA Marcos Juárez), Sánchez M (CREA Monte Buey Inrivlle).

Estos datos son coincidentes con lo observado en lotes asesorados en la campaña 21-22 en el sudeste de Córdoba, la cual estuvo caracterizada por ser un año Niña, con un período de estrés térmico e hídrico marcado durante enero. Al respecto en la campaña 21-22, caracterizada por segunda Niña consecutiva la estrategia elegida en campos del SE de Córdoba bajo el asesoramiento de OKANDU consistió en diversificar fechas de siembra y grupos de madurez, en función a la caracterización previa del ambiente. Estaba claro que la probabilidad de ocurrencia de períodos de sequía combinados con estrés térmico era altamente probable, restringiendo los rendimientos.

Así, en los mejores ambientes dónde la presencia de napa prácticamente independizaba los rendimientos de la oferta de lluvias, se optó por siembras tempranas de octubre con GM cortos, GM IV para la zona y con variedades de alto potencial productivo. Los rendimientos logrados superaron en promedio los 4.700 kg/ha con techos por encima de 5.200 kg/ha.

En ambientes sin napa, y por lo tanto con alta probabilidad de sufrir sequía y estrés térmico se optó por diversificar fechas de siembra y GM. En este sentido, se establecieron 2 a 3 ventanas de siembra durante noviembre, optando por grupos intermedios y largos para la zona (IV y Vc). Así en los primeros 10 días de noviembre optamos por GM IV medios, pasando en la segunda ventada a GM IV largos. Finalmente, en los lotes algo inferiores o que tuvieron antecesor cultivo de servicio de centeno, fuimos a siembras tardías con GM IV largos o incluso alguna variedad Vc. Con esta diversificación de fechas y GM por ambientes logramos posicionar el período crítico del cultivo de soja de primera en un amplio rango de tiempo, apuntando a rendimientos medios aceptables, los cuales se situaron en los 4.400 kg/ha. Con mínimos de 3.600 kg/ha y techos de 5.200 kg/ha para la zona de Monte Buey (SE de Córdoba).

El caso del antecesor cultivo de servicio

Una práctica que viene ganando espacio año tras año es la inclusión de cultivos de servicio en la rotación de cultivos. Así es común incluir gramíneas entre maíz y soja, agregando un factor adicional a la hora de definir el ambiente de cara a la siembra de esa soja de primera. Al respecto, en OKANDU venimos desde hace varias campañas incluyendo en muchos lotes centeno de servicio sembrado con avión en precosecha de maíz de primera, para luego sembrar soja. Esta estrategia apunta a competir con malezas difíciles como yuyo colorado y rama negra, aportar cobertura, generar porosidad en el suelo, y mantener un suelo vivo por presencia de raíces y la actividad microbiana asociada a la rizósfera.

Más allá de los beneficios, ese cultivo de servicio consume agua y debe atenderse a su manejo para no resentir el rendimiento de la soja siguiente en la rotación. Sembrar temprano el centeno (en precosecha de maíz) permite adelantar el consumo de agua de otoño y lograr en simultáneo el servicio buscado. La otra decisión clave será el momento de secado del centeno, de manera de tener un período de barbecho de al menos 70 – 90 días que aumenten las chances de recarga hídrica previo a la siembra de soja. Esta estrategia es coincidente a los resultados presentados en el 30 Congreso de Aapresid, realizado del 10 al 12 de agosto de 2022, por la Red de Cultivos de Servicio de Aapresid y que fueran mostrados por el Dr. Gervasio Piñeiro.

Específicamente, en esta campaña estamos secando los centenos de servicio los primeros días de agosto, dando la posibilidad de tener un período de 90 días antes de la siembra de la soja; pensando que los pronósticos apuntan a tener una tercera Niña consecutiva.

Al momento del secado el centeno se encuentra con 50 % de espigazón; habiendo cumplido el objetivo para el cual fue implantado. La estrategia se complementará con siembras de noviembre con GM IV largo o Vc, siendo una estrategia que posicione el período crítico de la soja en febrero. Se busca así evitar la caída de dicho período crítico en enero, que normalmente es seco y con estrés térmico en años Niña.

Según experiencias de ensayos y productivas de OKANDU resulta clave ajustar el manejo nutricional de esa soja sembrada sobre centeno de servicio, ya que la inclusión de esta gramínea puede generar una retención de nutrientes en su biomasa. Por lo tanto, ajustamos una fertilización fosforada y azufrada en soja para evitar esa restricción.

Genética

El cultivo de soja ha progresado de la mano de la mejora genética, permitiendo elevar los techos productivos a una tasa de alrededor del 1% de incremento anual. Coincidente con esta tendencia la red de ensayos de OKANDU muestra que la mejora genética logra incrementos de rendimientos a campo de esa misma magnitud al comparar variedades de reciente aparición con genética de varios años atrás (Figura 5).

Figura 5: Comparación de rendimiento entre genética “vieja2 (Var1) y genética “nueva” (Var2). Red de tecnología en soja de OKANDU de 2014 – 2020.

En 3 de los 4 años evaluados la variedad “nueva” supera a la “vieja” en rendimientos; con un incremento positivo promedio 165 kg/ha. Además de la mejora en rinde, también se ha logrado avanzar en desarrollos biotecnológicos, como la resistencia a Lepidópteros (clave en el norte del país), la tolerancia a un herbicida hormonal para aumentar las herramientas de control de malezas resistentes, o la tolerancia a factores abióticos adversos como sequía y salinidad acompañado de resistencia a glufosinato de amonio (tecnología HB4 en soja).

Es importante que se pueda sostener y profundizar el trabajo de mejoramiento en el cultivo de soja, ya que es el pilar de la producción nacional, y además porque los sistemas de producción evolucionan y permanentemente aparecen nuevos desafíos de gestión, como lo es la cuestión sanitaria, la aparición de nuevas plagas y nuevas malezas.

Nutrición

La nutrición y fertilización balanceada es una de la consideradas Buenas Prácticas Agrícolas; siendo la fertilización con al menos con fósforo, nitrógeno y azufre la que muestra respuestas positivas en la mayoría de las situaciones productivas para cultivos extensivos en la región pampeana. En el caso particular de la soja, sucede que al tener un umbral de respuesta bajo al agregado de fósforo es difícil obtener respuestas significativas en rendimientos al fertilizarla.

Sumado a ello, su nutrición nitrogenada depende en buena proporción a la fijación biológica vía la nodulación simbiótica; de allí que no se la fertilice con nitrógeno. En el caso del azufre, si bien hay ambientes de mayor probabilidad de respuesta, no siempre se traduce en rendimiento su fertilización con este nutriente.

En OKANDU, hemos evaluado por 6 campañas diferentes estrategias de fertilización en soja de primera, desde un testigo sin fertilizar, hasta tratamientos con altos aportes de fósforo y azufre. En promedio de las campañas analizadas se obtuvo una respuesta media de 81 kg/ha, con 2 campañas sin respuesta, 3 campañas con respuesta entre 60 y 200 kg/ha y una con 600 kg/ha de respuesta (Figura 6). Tal como sucede a menudo en muchos campos productivos, hay baja respuesta en rendimiento al analizar la fertilización con P+S en soja en el promedio de campañas analizadas. Sin embargo, existe una campaña y ambiente en particular que mostró respuestas importantes. Justamente, la clave está en detectar esos ambientes en donde sí tenemos respuesta para acompañarlos con fertilizaciones acordes.

Figura 6: Diferencia de rinde entre Tratamientos fertilizados y Tratamientos Testigo (sin fertilizar). Red de tecnología en soja de OKANDU de 2014 – 2020.

En este sentido, en campos asesorados hemos detectado esos ambientes de respuesta, diseñando en consecuencia estrategias de aporte de P y S en soja de primera (Figura 7). Así en la campaña 19/20, 20/21 y 21/22 en esos ambientes las sojas de primera (ya sea con antecesor maíz o cultivo de servicio invernal) se fertilizaron con P + S, mostrando en los 5 campos analizados un promedio de respuesta de 610 kg/ha, con un pico de respuesta de 1250 kg/ha.

Figura 7. Respuesta productiva en soja frente a la fertilización con 100 kg/ha de SPS, en campos del sudeste de Córdoba.

En las últimas campañas estamos evaluando la fertilización foliar en soja con resultados promisorios. Así en la campaña 21-22 evaluamos la aplicación de dos fertilizantes foliares que incluyen en su composición Nitrógeno, Fosforo, Potasio, Azufre, Boro, Zinc, Molibdeno, Cobre, Cobalto y Manganeso, respectivamente; los cuales se aplicaron en 2 momentos (V3 y R1), con respuestas en rendimiento promedio de todos los tratamientos de 143 kg/ha en las localidades de Los Surgentes y Colonia Tirolesa, y de 300 kg/ha en Río Cuarto, y picos de respuesta de determinados tratamientos entre 400 y 800 kg/ha, en 1 año de evaluación, lo cual nos invita a seguir investigando en sucesivas campañas y situaciones para poder comprender y ajustar esta tecnología que promete agregar valor en determinadas situaciones (Figura 8).

Figura 8. Respuesta al fertilizantes foliares en soja 2021/22 (Convenio Acogra-Okandú).

La utilización de fitoestimulantes en etapas vegetativas y reproductivas del cultivo, junto con las aplicaciones de herbicidas, insecticidas y fungicidas es una tecnología que también se viene evaluando desde hace 4 campañas en el Sudeste y Centro-Norte de Córdoba, con respuestas de 250 a 500 kg/ha. Las aplicaciones de herbicidas post emergentes de hoja ancha (fomesafen, benazolin, lactofen) generan fitotoxicidad en el cultivo, como en la foto inferior,  que en algunos casos reduce el rendimiento hasta 300 kg/ha. Sin embargo, el agregado de fitoestimulantes permite mitigar este efecto, y lograr una rápida recuperación de la planta, que se traduce en mayores rendimientos.

Síntomas de fitotoxicidad
Recuperación de daño por herbicidas

El avance de las malezas gramíneas de difícil control generó que el uso de graminicidas en soja sea una práctica de uso creciente. En las últimas 2 campañas, se comenzó a incluir el uso de fitoestimulantes en las aplicaciones de graminicidas con respuestas que oscilaron entre 200 y 500 kg/ha (Figura 9).

Figura 9. Respuesta al uso de fitoestimulantes en combinación con graminicidas en soja 2021/22 en Colonia Tirolesa (Convenio Spraytec-Okandú).

Finalmente, es importante destacar que la fertilización deber ser considerada en el conjunto de la rotación apuntando a reponer los nutrientes que se extraen con las cosechas; de manera de no llegar a situaciones donde hasta la soja (cultivo de bajos umbrales de respuesta) logra diferencias de rendimiento por su aporte puntual. Más allá de ello, cuando estas situaciones se detecten resultan evidente la ventaja de fertilizar el cultivo.

Manejo de Enfermedades de fin de ciclo

La respuesta a enfermedades en el cultivo de Soja es muy variable, dependiendo de la condición ambiental para el desarrollo de las mismas, la susceptibilidad de las variedades y la presencia de inóculo. El manejo de esta variable requiere de conocimiento de la biología de los diferentes patógenos como así también de la fisiología del cultivo, del funcionamiento de los diferentes principios activos disponibles para el control y de las condiciones ambientales que median su interrelación.

En ensayos conducidos por Okandu a lo largo de 6 campañas (2014/15 a 2019/20) se observó una respuesta promedio de 47 kg/ha, lo cual es prácticamente una nula respuesta en promedio (Figura 10).

Sin embargo, al analizar todas las respuestas como casos individuales, es interesante observar que si bien la respuesta media es de 47 kg/ha, el 58% de los casos tuvo respuesta positiva en promedio de +229 kg/ha con respuestas máximas del orden de 600 kg/ha, mientras que el 42% de los casos arrojó resultados negativos con una respuesta promedio de -206 kg/ha.

Similar dato obtuvimos en la última campaña 21/22 con 93 datos de respuesta la aplicación de fungicidas (61 kg/ha promedio; 55% de respuestas positivas con 254 kg/ha). Esto indica la importancia de distinguir correctamente aquellas situaciones de mayor probabilidad de respuesta, y actuar oportunamente

Figura 10. Respuesta a fungicidas en soja a diferentes tratamientos en Sudeste de Córdoba (Okandu).

A modo de síntesis

En el cultivo de soja resulta más difícil y complejo detectar diferencias significativas en rendimiento por manejos tecnológicos diferentes. Sin embargo, en los ensayos de tecnologías en soja de OKANDU vemos que si comparamos el tratamiento de menor rendimiento con el aquél que lo maximizó, aparecen diferencias en promedio de 921 kg/ha, equivalente al 22% de brecha de rinde (entre 8% el año de menor diferencia y 48% el de mayor). Es decir, que todos los años ponemos en juego ese diferencial de rendimiento a la hora de tomar decisiones de manejo; aunque no siempre tenemos claro de antemano el impacto real de aplicar una u otra decisión. (Figura 11).

Figura 11. Ensayos de tecnologías de Okandu (Genética x Nutrición x Fungicida) para 6 campañas: diferencias entre en tratamiento con rinde más bajo y más alto.

El cultivo de soja debe seguir y profundizar la senda del incremento de rindes, y simultáneamente la adaptación a diferentes condiciones ambientales, pudiendo sostener un piso de rinde que permita la captura de renta por producción en las diferentes situaciones que se dan a lo largo y ancho del territorio argentino.

Asimismo, también será importante acompañar este proceso con el desarrollo de nuevas soluciones tecnológicas que permitan competir de manera más eficiente con el complejo de malezas. Las respuestas no deben ser solamente químicas. Por el contrario, es necesario repensar el modelo de producción y apuntar a un manejo integrado de malezas. Los cultivos de servicios aparecen como una estrategia interesante en este sentido, además de brindar otros servicios ecosistémicos. Resulta fundamental seguir evaluando esta tecnología ajustando aspectos clave como el manejo del agua.

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