Viajeras

Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria – El sábado 18 de marzo pasado, la Asociación Civil Mujeres de la Ruralidad Argentina (MRA) organizó por segunda vez la entrega del Premio Lía Encalada. Esta premiación, que se realiza en honor a la primera ingeniera agrónoma egresada de la FAUBA, tuvo lugar en el […]
mayo 5, 2023

Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria –

El sábado 18 de marzo pasado, la Asociación Civil Mujeres de la Ruralidad Argentina (MRA) organizó por segunda vez la entrega del Premio Lía Encalada. Esta premiación, que se realiza en honor a la primera ingeniera agrónoma egresada de la FAUBA, tuvo lugar en el salón de actos de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y contó con la asistencia de más de 300 mujeres rurales de toda Argentina. Mujeres que viajaron desde los rincones más alejados del país, desde pueblos y parajes cuyos nombres no conocíamos, desde ciudades que nunca visitamos. Que vinieron a conocernos y a conocerse, y que trajeron sus historias para compartirlas con nosotras. Mujeres que jamás habían estado en Buenos Aires, mujeres que nunca habían viajado sin la compañía de su padre o esposo, mujeres que ni en sus más delirantes sueños habían subido solas a un colectivo, mucho menos a un avión. Mujeres que por primera vez en sus vidas, emprendieron un viaje que estaba planeado únicamente para ellas…

Según el diccionario de la Real Academia Española, se define un viaje como “la acción y efecto de viajar”. Pero qué es viajar? “Viajar es el acto de desplazarse de un espacio geográfico a otro a través del uso de diferentes elementos que actúan como medios de transporte” Pero es realmente viajar sólo al acto de trasladarse de un lugar a otro?

No creo que haya sido así de simple para éstas mujeres que emprendieron la aventura de viajar a Buenos Aires para conocerse con otras. Para ellas, el viaje significó salir del hogar y agrandar su mundo, nutrirse y ensanchar sus perspectivas. Y para lograrlo, tuvieron que pasar por el proceso de “animarse”. Tomadas de la mano y con bastante miedo, hicieron las valijas y se embarcaron hacia una tierra para muchas, desconocida. Armadas de coraje y emocionadísimas porque este viaje representaba para ellas la visibilidad de una labor silenciosa de años, llegaron a esta ciudad intimidante con el corazón repleto de esperanza.

Cuántos temores se animaron a superar? Cuántos problemas tuvieron que sortear en el camino? A quienes se tuvieron que enfrentar? Recorrieron probablemente una senda trazada por otras que, antes que ellas, tuvieron el coraje de viajar a tierras ignotas y distantes.

Pioneras

Las mujeres de la antigüedad permanecieron inmóviles en el hogar mientras sus hijos, padres y esposos se lanzaban a viajes de exploración y conquista. Son los hombres los que se van, los héroes que se enfrentan a expediciones duras durante las cuales el cansancio y el sufrimiento dominan sus ánimos, guiados por divinidades que les ayudan a superar los obstáculos. Para ellos está reservada la esfera de lo público, el movimiento.

Durante la ausencia de su esposo, Penélope tejía a lo largo del día un sudario que destejía por la noche con la intención de prolongar la labor mientras esperaba su regreso. Esa espera de 20 años, en los cuales Odiseo emprendió su travesía, es por excelencia el símbolo de la fidelidad pero también de la inmovilidad. El único viaje que emprendió Penélope en toda su vida fue el que la llevó de su casa paterna al palacio, con su esposo. Cuántos viajes habrá soñado en su continuo tejer y destejer mientras la ausencia de su amado ponía su vida en suspenso?

El Medioevo le otorgó a la mujer un tipo de viaje permitido: el de la peregrinación. Fue así como en el siglo IV, una mujer española llamada Egeria realizó un largo viaje de tres años desde su Galicia natal hasta Tierra Santa. No se sabe muy bien si era monja, en sus escritos aparece como una mujer que se distingue por su coraje y su independencia, por su saber y por la sed de conocer. Es indudable que debió ser además una mujer de ascendencia noble porque realizó el viaje escoltada por soldados y portando salvoconductos que le permitieron llegar sana y salva a su destino. Y regresar con vida!  Para muchas mujeres después de Egeria, el peregrinaje se convierte en una huida de las limitaciones familiares y sociales, un camino espiritual capaz no sólo de transformar su personalidad, sino también de llevarlas a la emancipación.

Con el Renacimiento llega la época del Grand Tour, un rito exclusivamente masculino muy popular entre jóvenes aristocráticos. Un viaje cultural por Europa para el perfeccionamiento del futuro caballero. Un viaje que no pertenece al género femenino y que se concede sólo a mujeres acomodadas en compañía de su marido. Sin embargo, les brinda la posibilidad de observar otras realidades, abriendo nuevos horizontes para muchas mujeres que hasta ese momento eran espectadoras de los viajes de los demás. De los hombres, básicamente.

Movedizas

No es hasta el siglo XVIII cuando comienza a delinearse el perfil de la viajera intrépida. Consecuencia de una mejora en los medios de transporte, muchas mujeres empiezan a soñar con desplazarse más allá de las elegantes rutas del Grand Tour. Damas europeas fascinadas por Oriente, Australia, África y Norte América abandonan sus comodidades para aventurarse a lo desconocido. No es una casualidad entonces que mujeres inquietas, cultas y fuera de lo común, aparecieran justamente en esta época. Ese es el caso de Juana Manso quien, nacida en 1819, se definió a sí misma como “Un alma huérfana o una planta exótica que no se puede aclimatar”. Adelantada a su tiempo, políglota y pedagoga, sus viajes estuvieron siempre ligados a problemas relacionados con sus hombres. Con su padre conoció el exilio y con su esposo, la búsqueda de la fama que siempre le fue esquiva.

Viajar le permitió empaparse de otras culturas, usando el periodismo como una herramienta para luchar contra los prejuicios de género.  Apoyaba a Sarmiento en el proyecto de construcción de la república mediante la educación del total de la población. Feminista confesa, definió a la mujer como un sujeto con los mismos derechos que sus pares. Creyó que integrarla en la educación era un medio para fortalecer la individualidad femenina. No puedo dejar de preguntarme cómo hubieran sido las escuelas argentinas sin la valiosa influencia de los viajes de Juana.

Sólo 5 años después de su muerte nacía también en Buenos Aires otra políglota viajera, Ada María Elflein. Trabajó desde muy joven, destacándose como cronista de viajes para La Prensa. Soltera y sin hijos, animó a las mujeres a recorrer el país sin esperar que sus maridos las inviten. Organizó grupos que viajaron por todas las provincias argentinas, enfocándose en destinos no turísticos. Así escaló montañas y durmió en refugios, recorrió caminos en tren, a lomo de burro y a pie. Estaba convencida que el viaje era una forma eficientísima de educación física y la mejor manera de extender sus horizontes.  En el diario de viaje de una de sus últimas salidas escribió: “Me guiaba en este viaje –como en los anteriores- el interés de animar a nuestras mujeres a deponer sus temores y lanzarse a viajar, no diré solas, pero de a dos o tres, o cuatro, independientes y movedizas, olvidadas de prejuicios y falsos escrúpulos, valientes, briosas y alegres”.

Viajeras

Los valientes viajeros de la mitología y la literatura, no tienen equivalentes femeninos. Cuando existen, se trata de mujeres maléficas o infieles que se mueven en espacios de marginalidad social o que de alguna manera traicionan los valores de la familia. Sus viajes están alentados por impulsos irracionales y por la pasión que las lleva a cometer la locura de abandonar el hogar. Parece increíble que durante casi 1500 años, una mujer viajando sin compañía masculina fuera blanco de burlas, críticas o rechazo.

Quince siglos sin comprender que esa “huida” no se limita a traspasar fronteras geográficas sólo por curiosidad sino que conlleva un deseo de autonomía. Y es justamente en ese deseo donde todavía encuentra puntos de resistencia. Porque esa autonomía se convierte en un estandarte de independencia.

Es impresionante al googlear “viajes de mujeres” la cantidad de resultados que aparecen, entre sitios que los organizan y blogs que narran sus experiencias. Es que en el Occidente contemporáneo las mujeres están ahora libres de viajar, solas o con otras, poniendo fin a la caracterización sexual de la movilidad.  Hoy se mueven, son protagonistas de un destino que no necesariamente está vinculado al ámbito familiar. Muchas veces fomentado por crisis personales o ideológicas, el viaje representa una oportunidad para redefinir o reinventar la propia personalidad. O acaso no es el sueño de todas, después de un divorcio desgarrador, empezar el año en Roma y terminarlo en Bali como hace la protagonista de la celebrada novela Comer, rezar, amar?

Un estudio realizado en 2019 por la plataforma Eventbrite en mujeres argentinas de entre 18 y 55 años, destacó que el 48% de las mujeres prefiere viajar con amigas, mientras que el 21% elije hacerlo sola para tener la posibilidad de interactuar con otras viajeras en los diferentes destinos. La independencia esta de moda.

Es innegable que los viajes transforman porque son experiencias que implican un crecimiento personal. Brindo por las mujeres que se animan a viajar.  Aplaudo a esas 300 mujeres rurales que, enfrentando todas las voces que les dijeron que no debían y todos los miedos que las quisieron inmóviles, armaron la valija y se vinieron a Buenos Aires. Porque querían y porque hoy, gracias a las pioneras y movedizas, también podían.  

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