La escena aparece en decenas de películas: una población hambrienta, en un paraje inhóspito, tras mucho esfuerzo ve crecer con devoción sus cultivos, promesa de subsistencia y prosperidad.
Todo es alegría hasta que, sin saber cómo ni desde dónde, una horda de insectos arrasa con cultivos, sueños y esperanzas.
Por Carlos Becco
La escena es desesperante, pero no por ello menos verosímil ni, mucho menos, cercana: pocos momentos tan angustiantes para un productor agropecuario como sufrir el ataque de una plaga de insectos y observar cómo todo el esfuerzo de meses desaparece en cuestión de minutos a manos de estos pequeños. Su voracidad e insaciabilidad les ha servido para ganarse el indiscutido lugar del enemigo más temido, y encontrar una solución para defenderse de ellos ha sido motivo de constante desvelo desde los albores de la agricultura.

Tiempo atrás
Ya en el antiguo Egipto, donde protagonizaron una de las famosas plagas bíblicas, los embalsamadores lograban alejar las moscas de las momias gracias a una combinación de ceniza con grasa de cerdo. Tiempo después, Homero describe cómo Odiseo “fumigó el salón, la casa y la corte con azufre encendido para controlar las plagas”. De manera similar, en la antigua China se utilizaban como insecticidas las flores de piretro o pelitre de Dalmacia (Tanacetum cinerariifolium), las cuales fueron posteriormente introducidas por los persas en Europa en forma de hoja deshidratada y seca —los comerciantes armenios las ofrecían como “polvo persa” o “polvo de insecto”—. La piretrina, el compuesto activo de aquellas flores, se sigue usando en la actualidad.
Todo cambió con la llegada del dicloro difenil tricloroetano —más conocido como DDT—. Si bien había sido descubierto por el químico austríaco Othmar Zeidler en 1874, fue su colega suizo Paul Hermann Müller quién lo utilizó como una herramienta altamente eficaz para el control de los insectos vectores de la malaria, la fiebre amarilla y el tifus, entre muchas otras infecciones con altos niveles de mortalidad. Su descubrimiento no solo lo hizo merecedor en 1948 del Premio Nobel de Fisiología o Medicina, nada menos, sino que fue un éxito rotundo para su empleador, la compañía J. R. Geigy AG de Basilea, antepasado de la actual Syngenta. Fue la primera vez que el Premio en Medicina fue entregado a alguien que no era médico. Se creía, entonces, que el hombre lograba ganar la batalla.
Pero esa sensación duró poco y, rápidamente, aparecieron voces que comenzaron a cuestionar esta victoria aparente o, mejor dicho, su costo.
Ella
Fue una mujer la primera en denunciar los efectos colaterales del uso desmedido y descontrolado de los agroquímicos: Rachel Carson. Una bióloga marina de escasos recursos, que ocupó diferentes puestos en el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos, hasta que, tras alcanzar cierto éxito como redactora freelance, pudo dedicarse a la escritura y la investigación a tiempo completo. Aquella atenta observadora pudo comprobar cómo aquel insecticida causaba estragos, en la dinámica de la población de las aves, cuyos huevos comenzaban a ofrecer cáscaras muy finas donde era utilizado.
Luego de algunos libros que se convirtieron en clásicos de su materia —compilados en la llamada Trilogía del mar—, Carson publicó en 1962 Primavera silenciosa, el cual trata sobre el uso devastador del DDT y de otros insecticidas sintéticos.
A partir de allí, analiza en forma lúcida de qué manera, al fumigar sin ton ni son bosques y plantaciones, matamos no solo a los insectos, sino también todo tipo de vida: aves, peces, mamíferos y, a la larga, al propio ser humano. Con una combinación de minuciosa investigación científica y un estilo hermoso y sobrecogedor, la “poeta del mar” —tal como fue llamada— logró hacer comprensible el profundo alcance del problema.

Primavera silenciosa fue un enorme éxito editorial, pero recibió —qué sorpresa— una enorme oposición de la industria. En junio de 1963, mientras su obra se difundía por el mundo entero, ella comparecía ante el Comité de Riesgos Medioambientales del Senado de los Estados Unidos y abría su intervención con estas palabras: “El problema que han decidido abordar hoy debe resolverse en nuestra época. Tengo la firme convicción de que debemos dar un primer paso ahora, aquí, en esta reunión”. Y su celo y su premura no eran solo retórica. Ella misma estaba muriendo: al momento de la publicación de Primavera Silenciosa, Rachel Carson tenía cáncer de mama, y cuando declaró ante el Senado el tumor se había extendido al hígado. El uso del DDT en la agricultura se prohibió en Estados Unidos en 1972, en gran medida gracias a la enorme repercusión de su libro. Rachel, sin embargo, no pudo disfrutar de aquella noticia, falleció en 1964 a la edad de cincuenta y seis años.
Concientización ecológica
Primavera silenciosa es considerado el primer texto divulgativo sobre el impacto ambiental y se ha convertido en un clásico de la concientización ecológica. En 2006, fue seleccionado entre uno de los veinticinco libros de divulgación científica más influyentes de todos los tiempos por los editores de la revista Discover; asimismo, sentó las bases para la creación de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA).
A partir de aquella publicación, cada día resulta más acuciante la presión que enfrenta la agricultura industrial por parte de distintos sectores de la sociedad. Expresiones como “dejen de fumigarnos”, campañas mediáticas contra los “agrotóxicos” y proyectos de impuestos para gravar los fitosanitarios son solo algunas de estas expresiones. Expresiones que, justo es decirlo, cuentan con no pocos argumentos: aquella profecía de una primavera sin pájaros —la metáfora central que ofrecía el libro— anticipó el dilema donde hoy nos encontramos atrapados: por un lado, los agricultores necesitan de los agroquímicos para alimentar a una población que no deja de crecer y demandar, mientras que, al mismo tiempo, nuestro planeta da claras e inequívocas señales de agotamiento.



























