Comienzo este artículo con una sensación extraña, es la primera vez que hago una reseña histórica de alguien más joven que yo.
Por Carlos Becco
Aunque ello es, indudablemente, una prueba cabal de que los años no pasan en vano, también es una clara demostración de los profundos cambios que ha experimentado la ciencia, sobre el valor de la naturaleza y su relación con la agricultura en los últimos años.
Desde tiempos inmemoriales nos referimos a la naturaleza como “madre” y posiblemente allí haya radicado gran parte del problema. La naturaleza era percibida como un recurso gratuito e infinito que sostenía la producción humana sin pedir nada a cambio. Tal como lo hace una madre. El suelo fértil, el agua limpia, los insectos polinizadores o el clima estable estaban “ahí”, disponibles, sin precio ni factura.
“La naturaleza es crucial para la prosperidad”
Economía como valor
Los primeros economistas clásicos reconocían la importancia de la tierra, pero no lograron integrar a la naturaleza en sus modelos. Al ser considerada abundante, como tal, carecía de valor económico explícito.
Cuando la degradación ambiental se hizo evidente, este concepto comenzó a cambiar. En las décadas de 1960 y 1970, recién aparecieron los primeros científicos, como Paul Ehrlich, quienes advirtieron que la pérdida de biodiversidad tendría consecuencias económicas y sociales profundas.
El punto de inflexión llegó en los años noventa de la mano de nuestra protagonista: la economista ecológica Gretchen Daily quien impulsó la idea de que los ecosistemas prestan servicios indispensables para la sociedad, y que estos servicios tienen un valor.

Su impronta
Nacida en Washington D.C., Estados Unidos en 1964, desde muy joven mostró una fuerte vocación por comprender cómo funciona la naturaleza. Estudió biología y ecología, y pronto se destacó por su capacidad de tender puentes entre disciplinas tradicionalmente separadas.
A lo largo de su carrera combinó el trabajo científico con una preocupación constante por los problemas concretos del mundo real. Su interés no se limitó a describir ecosistemas, sino a entender cómo las decisiones humanas impactan sobre ellos.
En la década de 1990 fue la creadora e impulsora de un concepto revolucionario: los servicios ecosistémicos: “las condiciones y procesos a través de los cuales los ecosistemas naturales, y las especies que los componen, sustentan y realizan la vida humana” usando sus propias palabras.
En 1997 editó el libro “Nature’s Services”, una obra clave que marcó un antes y un después al mostrar que la economía y la producción dependen del funcionamiento saludable de la naturaleza. Allí estimó el valor económico global de estos servicios, demostrando que la naturaleza aporta mucho más valor del que tradicionalmente se reconocía. Por primera vez pudimos ponerle “valor” a lo que creíamos gratis.
Este enfoque tuvo un impacto directo en la agricultura. Daily mostró que muchos factores que sostienen la productividad no se compran en el mercado, sino que provienen del entorno natural.
Lejos de plantear un conflicto entre conservación y producción, sostiene que una agricultura que ignora los servicios ecosistémicos es menos eficiente y más vulnerable.
En el año 2005 cofundó Natural Capital Project, una alianza internacional cofundada desde la Universidad de Stanford junto con socios como The Nature Conservancy, WWF (World Wildlife Fund) y la Universidad de Minnesota para integrar el valor de la naturaleza en la planificación, las políticas y las decisiones económicas.

En 2024 fue distinguida como “Climate Action Leader” por la revista Business Insider, reconocimiento a líderes que transforman conocimiento científico en acciones frente al cambio climático.
Hoy su mensaje resulta más vigente que nunca: la agricultura del futuro dependerá de reconocer y gestionar inteligentemente los servicios que nos brinda la naturaleza. En sus propias palabras “A menudo se considera que la naturaleza simplemente impide la prosperidad… Lo que decimos es que la naturaleza es crucial para la prosperidad”


























