A comienzos de los años ’90, la agricultura mundial se encontraba en un punto de inflexión. La irrupción de la biotecnología —la posibilidad de modificar genéticamente las plantas para dotarlas de nuevas características— abría un horizonte cargado de promesas y temores.
Por Carlos Becco
Promesas de cultivos más resistentes, de mayores rendimientos y de un salto tecnológico sin precedentes. Temores sobre los efectos ambientales, la aceptación en los mercados internacionales y los posibles riesgos para la salud.
En ese clima de incertidumbre, muchos países optaron por la cautela, demorando decisiones y observando desde la distancia cómo evolucionaba esta revolución científica. La Argentina, en cambio, eligió un camino diferente: anticiparse. Y lo hizo a través de la creación de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), un organismo que no solo marcaría la historia del agro nacional, sino que se convertiría en un modelo para el mundo en desarrollo.
La CONABIA: un organismo estratégico en tiempos de cambio
Fundada en 1991, la CONABIA nació con un objetivo claro: evaluar, desde el punto de vista de la bioseguridad, la liberación al ambiente de organismos genéticamente modificados (OGM). Su creación representó un gesto de confianza en la ciencia, pero también un acto de prudencia: no se trataba de frenar la innovación, sino de canalizarla bajo criterios claros, transparentes y técnicamente sólidos.
Mientras en Europa y buena parte del mundo se imponía el principio de precaución —que en muchos casos derivó en moratorias y bloqueos—, la Argentina apostó por un modelo regulatorio ágil y adaptado a la realidad productiva. Esa diferencia fue clave: permitió que en 1996 el país aprobara el primer cultivo transgénico de su historia, la soja tolerante a herbicidas, con la que se iniciaría una verdadera revolución agrícola.
“Harries entendía que la biotecnología no debía quedar atrapada entre el entusiasmo desmedido y el rechazo absoluto”
El impacto fue inmediato y profundo. La rápida adopción de la soja transgénica por parte de los productores, combinada con la expansión de la siembra directa, multiplicó la productividad, redujo costos y transformó a la Argentina en un líder global de la biotecnología agrícola. En menos de una década, el país se consolidó como el segundo productor mundial de cultivos genéticamente modificados, solo detrás de Estados Unidos.
Credibilidad como fuerza de crecimiento
Pero el verdadero valor de la CONABIA no se limitó al plano económico. Su existencia dotó al sistema agroalimentario de credibilidad internacional. Los compradores de granos, los socios comerciales y los organismos multilaterales confiaban en que la Argentina no tomaba decisiones improvisadas, sino basadas en evaluaciones rigurosas y avaladas por expertos de distintas disciplinas.
Esa credibilidad se tradujo en acceso a mercados y en la posibilidad de atraer inversiones en investigación y desarrollo. A lo largo de los años, la CONABIA ha sido reconocida por la FAO y otros organismos internacionales como un ejemplo de buenas prácticas regulatorias en países en desarrollo.

El rol de Adelaida Harries: pionera y referente
Dentro de esta historia, Adelaida Harries ocupa un lugar central. Ingeniera agrónoma de sólida formación, dedicó buena parte de su vida profesional al desarrollo del sector semillero argentino y al fortalecimiento institucional de la biotecnología.
Fue miembro fundadora e inspiradora de la CONABIA, participando activamente en su diseño y consolidación. Desde el inicio, defendió la necesidad de contar con un marco normativo moderno, previsible y alineado con la ciencia internacional, pero al mismo tiempo sensible a la realidad productiva argentina.
Harries entendía que la biotecnología no debía quedar atrapada entre el entusiasmo desmedido y el rechazo absoluto. Su enfoque buscaba un equilibrio: habilitar la innovación, pero con las garantías necesarias para la sociedad, los productores y los mercados.
Además de su rol en la CONABIA, Harries tuvo una destacada trayectoria en el Instituto Nacional de Semillas (INASE), donde trabajó para mejorar la calidad, la certificación y la transparencia en la producción y comercialización de semillas. Su visión integradora abarcaba desde la bioseguridad hasta la propiedad intelectual, comprendiendo que la competitividad del agro argentino dependía de un sistema semillero sólido y confiable.
Una voz internacional
La influencia de Adelaida Harries trascendió las fronteras argentinas. Participó activamente en foros internacionales sobre semillas y biotecnología, llevando la experiencia local como ejemplo de cómo un país en desarrollo podía liderar la adopción de tecnologías de frontera con responsabilidad y seriedad.
Fue reconocida en el Seed Science Center de la Universidad Estatal de Iowa, institución de referencia mundial en el área, donde se destacó su aporte a la construcción de capacidades regulatorias y científicas en países de América Latina.
Su figura se asoció siempre a la construcción de consensos y al diálogo entre ciencia y política. En tiempos en que la biotecnología era vista con sospecha, Harries supo tender puentes y demostrar que era posible combinar innovación con seguridad y desarrollo económico con sostenibilidad.
Reconocimientos y legado
A lo largo de su carrera, Harries recibió múltiples distinciones, entre ellas el premio “Ana Peretti”, otorgado durante el 2° Congreso Argentino de Semillas en reconocimiento a su trayectoria y a su aporte al sector.
En esa oportunidad, Ignacio Aranciaga, Director de Calidad del INASE e integrante del Comité Ejecutivo de la ISTA, sintetizó su legado con palabras que reflejan el sentimiento general de la comunidad agroindustrial:
“Adelaida fue el puente que unió ciencia, regulación y visión de futuro. Ella nos permitió mirar a la agroindustria desde una perspectiva global con solidez técnica.”
Su reciente fallecimiento deja un vacío difícil de llenar, pero también la certeza de que su legado seguirá vivo en cada decisión regulatoria, en cada avance biotecnológico y en cada logro productivo del agro argentino.
Más allá de la biotecnología
Si bien su nombre quedará ligado principalmente a la CONABIA y a la regulación de los transgénicos, la vida de Adelaida Harries tuvo también otras facetas destacadas. Fue una mentora y formadora de nuevas generaciones, transmitiendo su experiencia y su compromiso a jóvenes profesionales del ámbito científico y regulatorio.
Se la recuerda como una mujer de gran rigor técnico, pero también de calidez humana y capacidad de escucha. Su estilo de liderazgo, basado en el respeto y en la construcción de consensos, la convirtió en una figura querida y respetada dentro y fuera del ámbito académico.
El futuro que ayudó a construir
Hoy, cuando la biotecnología se ha expandido a nuevos horizontes —desde la edición génica con CRISPR hasta la bioeconomía y los cultivos con propiedades nutricionales mejoradas—, la importancia de contar con instituciones como la CONABIA es más evidente que nunca.
La decisión de haber creado este organismo en los albores de la biotecnología permitió que la Argentina se subiera al tren de la innovación en el momento justo. Y detrás de esa decisión estratégica estuvo la visión de Adelaida Harries, una pionera que supo anticiparse al futuro.
Su historia recuerda que el desarrollo agroindustrial no depende solo de la tecnología, sino también de las personas que se animan a abrir caminos, construir instituciones y tender puentes entre la ciencia, la producción y la sociedad.
Palabras finales
La figura de Adelaida Harries merece ser recordada no solo por lo que hizo, sino por lo que simboliza: la capacidad de un país de aprovechar una oportunidad histórica, de confiar en su talento científico y de apostar por reglas claras para crecer con solidez.
La CONABIA es hoy un orgullo nacional y un referente internacional. Pero detrás de esas siglas hay personas que la hicieron posible. Entre ellas, Adelaida Harries ocupa un lugar de honor, como la visionaria que supo adelantarse al futuro y dejar un legado que trasciende generaciones.


























