El 91% del país se considera urbano y casi el 70% vive en ciudades de más de 50 mil habitantes. Más de un tercio del país vive en el eje La Plata – Rosario. Ya en marzo estás páginas anticipaban los costos económicos de la cuarentena y en abril se marcaba la diferencia entre pandemia y cuarentena: lo primero es inevitable, lo segundo es cómo el país enfrenta lo primero. De acuerdo a los datos de MoovIt (una app que sintetiza el uso de transporte público) Buenos Aires es la segunda metrópolis de América que más restringió el movimiento debajo de Santiago de Chile. A diferencia del país trasandino, Argentina entró en cuarentena con una recesión interanual del 5,4% del PBI.

Más del 75% del empleo del país está en el comercio y los servicios; es un empleo profundamente urbano a pesar de que se conecte con el planeta #Campo dándole soporte de todo tipo. En esas ciudades también se produce el consumo de un PBI que es casi todo consumo, casi nada inversión (una vez que se descuenta la obra pública) y muy pocas exportaciones. La cuarentena más larga del mundo ya superó los cuatro meses y pulverizó la actividad económica porque golpeó a la producción de servicios, al comercio y a su consumo.

La caída de la actividad económica desplomó la recaudación y disparó el gasto público sumando un 2,4% al déficit primario. El agujero se cubrió con emisión, solo a mayo la misma ascendió a un 3,3% del PBI, la demanda por papel moneda fue tan alta que se recurrieron a billetes viejos para dar abasto. Qué rubros del gasto se dispararon? Los subsidios al sector privado (ATP y tarifas congeladas) y transferencias a las provincias; el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) hizo crecer el meteórico gasto social cuyo componente casi excluyente son las jubilaciones.

El salto de emisión tiene dos potenciales consecuencias: acelera la inflación o sube la tasa de interés en pesos (para absorber esa emisión); en cualquier país del mundo, pero más en Argentina, se precisa de mucha destreza para controlar ese proceso. En mayo la inflación fue 1,5% mientras que en junio fue de 2,2%, un incremento significativo en el medio de una recesión, con la mitad del país cerrado, tarifas congeladas y dólar oficial fijo.

El ritmo de todo el país nunca dependió tanto de lo que se decide a 10 cuadras a la redonda de Plaza de Mayo. Gobernadores, empresas y organizaciones sociales peregrinan virtualmente para resolver su restricción presupuestaria; las cadenas informativas porteño-céntricas enfocan el portón verde de Olivos con ansiedad mientras que no pasa nada. La duración de la cuarentena, su rigidez y la emisión monetaria que la financian son un equilibrio inestable que no cierra: a pesar de la “prohibición de despedir” el desempleo creció en un punto y medio. De acuerdo con la ONU, una caída del PBI del 10% (que es lo estimado por el FMI) implica 6 puntos de desempleo; existe un consenso de que ambas proyecciones son “conservadoras”. Es posible que el piso de desempleo a diciembre sea del 18%.

El Presidente parafraseó a un ex-técnico de la selección y en el medio de una reestructuración forzosa de deuda declaró en el Financial Times, uno de los diarios económicos más importantes del mundo, que él no cree en los planes económicos. Nos acercamos a los dos tercios del año y el Estado, que supera el 40% del PBI, no envió su presupuesto al Congreso para ser aprobado. Retoma una antigua costumbre que se logró romper en los 90. Al igual que la inflación que acompañó al país durante casi un siglo, ya transformándose en una característica permanente. La reestructuración forzosa de la deuda que llevaría menos tres meses alcanza los ocho meses y si el gobierno no alcanza la adhesión necesaria para obligar al canje integral de la deuda no tendrá ningún efecto beneficioso a la hora de reducir el costo financiero del conjunto de la economía.

Paradójicamente, el país nunca dependió tanto del planeta #Campo; quizás solo como en antaño. Típicamente las exportaciones del mundo rural alcanzan un 60% del total, pero debido a la cuarentena treparon al 75%. Si, 3 de cada 4 dólares que ingresan comercialmente al país se deben a la capacidad de la ruralidad de producir en calidad y precio algo que el mundo demanda en cantidad.

Un ejemplo claro es que mientras el consumo de carne roja se desploma por la caída de ingresos y restricción de oportunidad (no se pueden hacer asado con familias y amigos, o comer una hamburguesa al paso), la producción de carne se mantiene en alza porque otros consumidores del mundo pueden pagarla, particularmente los chinos, hoy nuestro principal e inestable mercado. Los “saldos exportables” son una “falacia ofertista”: es la demanda la que tracciona la producción y ésta ya no es abrumadoramente interna, ahora también es externa. Mientras tanto los argentinos elevan su consumo de huevo y carne aviar y su menú de proteínas animales se parece más al del resto del mundo. No es bueno o malo, es un hecho.

Que en este escenario el #Campo cierre la #Siembra20 de fina con 7,4 millones de hectáreas no deja de impactar. Sin embargo, será la segunda campaña de invierno consecutiva que cae la cantidad de fertilizante aplicado por hectárea. Se siembra más, se invierte menos por hectárea; se corta un ciclo expansivo en consumo de fertilizante que se inició en 2016. Los productores alertan sobre un FOB de referencia “inflado” que genera una suba de hecho de retenciones y como acto reflejo recuerdan épocas no tan lejanas. Por cuánto tiempo el #Campo sostendrá un área sembrada de trigo de 6,5 millones de hectáreas? Cómo se financiará la gruesa de más de 24 millones de hectáreas que arranca en noviembre? En el país que necesita arrancar (y por sobre todas las cosas exportar) la incertidumbre es total. La opción “desensillar hasta que aclare” cada vez paga más. Nadie toma decisiones mientras se acumulan temas irresueltos, 45 millones de personas en un coma inducido a pura emisión. Todos mirando hacia la Plaza de Mayo con el espejo retrovisor. Bill Murray espera a que la marmota nos diga cuánto durará el invierno. Suena Cher. Babe, I’ve got you babe

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