Efluente ganadero, cómo convertirlo en recurso

De pasivo ambiental a fertilizante líquido estable Por Mariano Larrazabal, Manager de circularworks by Montecor En la lógica productiva tradicional, el efluente ganadero no se lo discutía, se lo soportaba. Se lo veía como un costo inevitable de producir, como un mal necesario. Tanto en feedlots como en tambos y granjas intensivas, el manejo de […]
enero 22, 2026

De pasivo ambiental a fertilizante líquido estable

Por Mariano Larrazabal, Manager de circularworks by Montecor

En la lógica productiva tradicional, el efluente ganadero no se lo discutía, se lo soportaba. Se lo veía como un costo inevitable de producir, como un mal necesario.

Tanto en feedlots como en tambos y granjas intensivas, el manejo de estiércoles y líquidos residuales se abordó de forma reactiva: contener, trasladar, almacenar, esperar; pero ese modelo ya no encaja ni regulatoria ni operativamente.

El contexto cambió. Hoy, cada vez más establecimientos están obligados a presentar planes de gestión, demostrar control ambiental y reducir el impacto que estos efluentes generan sobre suelos, napas y comunidades cercanas.

Aunque la presión normativa no es el único motor.

También se volvió evidente que los sistemas improvisados, dependientes del clima o basados en lagunas sobredimensionadas, no son sostenibles. No cierran en los números ni en la práctica.

Requieren mano de obra, insumos, mantenimiento constante y, sobre todo, no generan valor. En un sector que necesita ser más eficiente y resiliente.

Seguir tratando el efluente como un pasivo es desperdiciar una oportunidad.

El desafío no consiste únicamente en “cumplir la ley”, sino en transformar ese pasivo en un recurso agronómico estable, seguro y aprovechable. Algo que no solo reduzca el riesgo ambiental, sino que aporte valor a la empresa y al suelo agrícola.

Y para lograrlo, es necesario comprender cómo funciona realmente el efluente, qué exige su estabilización y qué tecnologías permiten pasar de un residuo disperso y problemático a un fertilizante líquido que pueda integrarse en planes agronómicos regenerativos.

Una realidad innegable: los efluentes ya no pueden gestionarse con métodos tradicionales

Aunque cada cuenca y cada provincia implementan normativas distintas, la tendencia es clara: mayor control sobre los volúmenes generados, mayor exigencia sobre la trazabilidad del manejo y mayor presión para evitar contaminación de aguas superficiales y subterráneas.

En feedlots de gran escala, los volúmenes diarios pueden superar fácilmente los 50.000 a 100.000 litros, dependiendo del tipo de manejo, dieta y frecuencia de lavado.

En tambos, especialmente los que combinan estabulación parcial, la mezcla de estiércol con el agua de limpieza genera un efluente altamente cargado en sólidos, nutrientes, bacterias y materia orgánica fácilmente degradable.

Este tipo de materiales, si no se estabilizan, generan:

  • Olores intensos por descomposición anaeróbica.
  • Altas cargas de DBO y DQO, que afectan cursos de agua.
  • Patógenos y parásitos que comprometen la bioseguridad del establecimiento.
  • Volatilización de amoníaco, que afecta al ambiente y a la eficiencia del nitrógeno.
  • Costos elevados por bombeo, mantenimiento de lagunas o vaciado por terceros.

A nivel técnico, seguir sosteniendo lagunas abiertas como única estrategia es cada vez menos viable. No solo ocupan superficies enormes, también dependen del clima, generan olores y producen un material que rara vez puede aplicarse al suelo de manera eficiente y sin riesgos.

La pregunta que se hacen hoy la mayoría de los productores no es si deben cambiar este sistema, sino cómo hacerlo sin detener la operación y sin generar nuevas complejidades.

Convertir un pasivo en recurso ya no es una alternativa. Es parte del negocio.

La clave está en el primer paso: separar para poder estabilizar

La experiencia demuestra que no existe un buen manejo de efluentes sin una separación eficiente de sólidos y líquidos. Este paso inicial, que muchas veces se subestima, define la calidad del proceso posterior.

Cuando el efluente ingresa a un sistema de separación mecánica, lo que ocurre es una clasificación rápida y estable de dos fracciones:

  1. Sólidos separados, con menor humedad, aptos para compostaje o enmiendas.
  2. Líquido estabilizable, con una carga orgánica mucho más baja y con un comportamiento agronómico más predecible.

Separar no es solo sacar lo grueso. Es descomprimir el sistema completo.

Y ahí el resultado es concreto, ya que reduce la carga en lagunas, disminuye el riesgo de rebalses y permite manejar el líquido resultante con mucha mayor estabilidad.

En este punto, tecnologías como los separadores mecánicos de rodillo–tornillo o prensa mostraron ser especialmente útiles, porque entregan un sólido con buena textura para procesos posteriores y un líquido con fines agronómicos potenciales.

Los sólidos, al quedar más concentrados, pueden integrarse de inmediato a modelos de compostaje. Y el líquido, una vez separado, queda listo para el siguiente paso: estabilización.

Estabilizar el efluente líquido: el paso que convierte un residuo inestable en un fertilizante seguro

La estabilización es el proceso mediante el cual el efluente deja de ser un material altamente fermentable y pasa a comportarse de manera más uniforme, con menor carga de patógenos, menor olor y menos tendencia a generar procesos anaeróbicos indeseados.

Este paso se logra combinando:

  • Reducción de carga orgánica, gracias a la separación previa.
  • Aireación o manejo controlado, que evita fermentaciones descontroladas.
  • Homogeneización interna, fundamental para lograr un producto aplicable de manera consistente.
  • Tiempo de reposo adecuado, que disminuye patógenos y estabiliza la fracción nitrogenada.
  • Almacenamiento seguro en estercoleros líquidos o tanques diseñados para reducir olores y pérdidas.

Para el sector agroindustrial, el beneficio es evidente. Un efluente estabilizado deja de comportarse como un residuo problemático y empieza a actuar como un fertilizante líquido rico en nitrógeno, potasio y micronutrientes.

La aplicación en suelos agrícolas, cuando está correctamente dosificada y monitoreada, mejora la estructura, aporta materia orgánica soluble y reduce la dependencia de fertilizantes sintéticos, cuyos costos han aumentado significativamente en los últimos años.

El componente agronómico: lo que cambia cuando el líquido está estabilizado

Uno de los mitos más comunes es que el efluente líquido no tiene valor agronómico. Esa idea quedó vieja.

Una vez estabilizado, es una herramienta muy eficiente para mejorar suelos degradados, favorecer la actividad microbiana y aportar nutrientes de liberación progresiva.

Cuando el efluente llega estabilizado al campo:

  • se reduce el riesgo de fitotoxicidad
  • se minimiza la proliferación de olores
  • y se obtiene una solución nutritiva utilizable mediante aspersión, riego presurizado o aplicación directa.

Muchos establecimientos están descubriendo que esta práctica no solo es más económica, sino que regenera suelos que han perdido estructura, especialmente en zonas donde la agricultura intensiva redujo el contenido de carbono.

La Argentina juega con varias cartas a favor para avanzar en este modelo. Hay escala, una demanda creciente de regeneración de suelos, sistemas ganaderos cada vez más tecnificados y un marco regulatorio que ya orienta hacia buenas prácticas.

El potencial está. Tenemos con qué.

La limitante no está ahí, sino en la falta de sistemas estandarizados que permitan trabajar con previsibilidad.

Una mirada técnica a los sistemas utilizados: del caos a los flujos ordenados

En los últimos años, el sector ganadero argentino ha ido incorporando tecnologías que permiten pasar de soluciones improvisadas a procesos industriales más controlados.

Una de las evoluciones más significativas fue la integración entre sistemas de separación mecánica y estercoleros líquidos con diseño adecuado.

Los estercoleros ya no se conciben como lagunas mejoradas, sino como infraestructuras de almacenamiento estable, con geometrías y profundidades que permiten mantener el líquido en condiciones homogéneas, airearlo cuando corresponde y extraerlo sin arrastrar sólidos sedimentados. Esto facilita enormemente la aplicación agronómica posterior y reduce la variabilidad del sistema.

En este tipo de soluciones se inscribe el trabajo de circularworks by Montecor que, como paso clave, aportó criterio técnico en el diseño y operación de estos sistemas, con equipos de separación pensados para el volumen real de los establecimientos argentinos y estercoleros líquidos adaptados a las necesidades operativas de feedlots, tambos y granjas intensivas.

Su aporte no se centra en la venta de maquinaria, sino en la idea de que el manejo de efluentes debe pensarse como un proceso integrado, donde cada etapa facilita la siguiente.

Este enfoque técnico, más que comercial, ayudó a que muchas empresas pasen de gestionar efluentes como un residuo a gestionarlos como un recurso, y que puedan documentar procesos, reducir riesgos y cumplir normativas sin fricción operativa.

Cuando el efluente deja de ser un pasivo y se convierte en una herramienta de gestión

Transformar el efluente en fertilizante líquido estable no es una moda ni una imposición normativa, es una oportunidad productiva.

Reduce costos, genera autonomía, alivia la presión ambiental y permite incorporar prácticas agronómicas más sostenibles y eficientes.

Las empresas que ya están recorriendo este camino coinciden en que el cambio no radica en una máquina en particular, sino en entender el efluente como parte de un sistema mayor.

Un flujo que puede ser ordenado, estabilizado y aprovechado.

La economía circular, en este contexto, no es un concepto abstracto. Es un proceso operativo que redefine la forma en que los establecimientos ganaderos gestionan sus materiales.

El desafío del efluente ganadero, lejos de ser un problema, es una puerta abierta para mejorar la competitividad, reducir vulnerabilidades y preparar a las empresas para un futuro donde la sostenibilidad no será un diferencial, sino un requisito mínimo.

Y la transición ya empezó. Lo que hoy empieza a verse en feedlots, tambos y granjas intensivas de todo el país marca el camino.

Convertir un pasivo en recurso ya no es una alternativa. Es parte del negocio.

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