La economía circular agroindustrial no se define solo por producir energía a partir de residuos, sino por gestionar correctamente los nutrientes que quedan después del biogás.
Por Ing. Agr. Mariano Larrazabal. Manager de circularworks by Montecor
Durante mucho tiempo, el digestato fue visto como aquello que quedaba al final del proceso. La conversación principal estaba puesta en el biogás: capturar metano, generar energía renovable, reducir emisiones y transformar residuos orgánicos en una fuente energética aprovechable.
Pero esa mirada empieza a quedar incompleta.
Cada planta de biogás genera también una corriente material de enorme importancia: el digestato. Y ese material no es simplemente un resto. Contiene nutrientes, materia orgánica, agua, carbono y un potencial agronómico que puede ser muy relevante si se gestiona correctamente.
Ahí aparece el cambio de época. El digestato dejó de ser una salida secundaria del proceso para convertirse en un debate estratégico dentro de la economía circular agroindustrial.
En Argentina, esta discusión todavía ocupa un lugar incipiente, pero los datos muestran que el potencial es significativo. El país cuenta con una matriz productiva capaz de generar grandes volúmenes de biomasa residual pecuaria, agroindustrial y urbana, con un potencial estimado de biogás a partir de estas corrientes que aún está muy subutilizado.
Un relevamiento de INTA y la Secretaría de Agricultura registró 27 plantas industriales de biogás operativas en el país y mostró que el aprovechamiento del digerido todavía tiene mucho margen de mejora: el 50% realiza separación física del digerido y el 70% aplica la fracción líquida en terrenos propios con plan de manejo agrícola.
Este escenario confirma que el desafío argentino no es solamente producir biogás. También es desarrollar modelos técnicos, logísticos y agronómicos capaces de transformar el digestato en un recurso estable, trazable y útil para el suelo, reduciendo pasivos ambientales y recuperando nutrientes dentro del propio territorio productivo.
La experiencia europea ofrece una señal clara de hacia dónde puede evolucionar esta discusión. Allí, el digestato ya no se analiza únicamente como una consecuencia del biogás, sino como parte de una estrategia más amplia vinculada a la seguridad de fertilizantes, la recuperación de nutrientes y la reducción de dependencia de insumos minerales.

Esa referencia no debería copiarse de manera automática, pero sí ayuda a entender una tendencia: el valor del biogás no termina en la energía. Continúa en la capacidad de transformar el digestato en un insumo trazable, estable y agronómicamente útil.
El valor no está solo en producir biogás
La digestión anaeróbica permite convertir residuos orgánicos en energía. Ese proceso tiene un valor ambiental y productivo evidente. Pero si se mira el sistema completo, la energía es solo una parte de la ecuación.
El carbono degradable se transforma en biogás. Sin embargo, buena parte de los nutrientes originales permanece en el digestato. Nitrógeno, fósforo, potasio y otros elementos pueden volver al suelo y cerrar un ciclo que, durante décadas, estuvo abierto: extraer nutrientes, producir alimentos, generar residuos y volver a depender de fertilizantes minerales para sostener la productividad.
Pero este punto exige precisión. El digestato tiene valor, sí. Pero no todo digestato tiene el mismo valor. Su composición depende del residuo de origen, del proceso de digestión, del manejo posterior, de la estabilidad del material y del sistema de aplicación.
No es lo mismo un digestato proveniente de estiércol que uno originado en residuos agroindustriales, fracción orgánica urbana, efluentes o mezclas de distintas corrientes. Tampoco es lo mismo aplicar digestato fresco sin tratamiento que separar fases, estabilizar, compostar, concentrar nutrientes o convertirlo en un insumo con especificación agronómica.
Por eso, el digestato no debería gestionarse por intuición. Debería gestionarse por análisis, destino y criterio técnico.
La trampa del volumen: cuando la circularidad mueve agua
Uno de los grandes desafíos del digestato no está solo en su composición química. Está en su volumen.
En muchos casos, el digestato contiene una proporción muy alta de agua. Esto significa que mover digestato fresco puede convertirse, en la práctica, en mover agua a largas distancias. Y cuando eso ocurre, la economía circular empieza a chocar con una realidad simple: la logística puede definir la viabilidad del modelo.
Un material puede tener valor agronómico, pero si su densidad de nutrientes por tonelada transportada es baja, el costo logístico puede limitar su aplicación. Allí aparece una de las discusiones más importantes: la circularidad no se resuelve solo con declarar que un residuo es aprovechable. Se resuelve diseñando un sistema capaz de capturar su valor sin perderlo en transporte, almacenamiento o aplicación deficiente.
Por eso, tecnologías como la separación sólido-líquido, la concentración de nutrientes, el compostaje, la estabilización, la higienización y la planificación territorial son cada vez más relevantes.
La fracción líquida puede contener una parte importante del nitrógeno disponible y tener sentido en aplicaciones cercanas. La fracción sólida, en cambio, puede concentrar más carbono y fósforo, ser más estable y permitir una logística diferente. El valor aparece cuando cada fracción encuentra su uso adecuado.
La economía circular no consiste en mover residuos más lejos. Consiste en diseñar mejores destinos para los materiales.
No todo residuo tratado es automáticamente un fertilizante
Este es uno de los puntos centrales del debate.
El digestato puede aportar nutrientes y materia orgánica al suelo, pero también puede generar impactos si se gestiona mal. Un exceso de nitrógeno disponible puede derivar en lixiviación de nitratos, pérdidas por volatilización de amoníaco, olores, problemas de aceptación social o desequilibrios en determinados suelos.
Ese riesgo no invalida su potencial. Al contrario, confirma la necesidad de gestionarlo con mayor precisión.
El digestato empieza a entrar en una conversación que va más allá del aprovechamiento de residuos. Forma parte de debates sobre fertilización circular, eficiencia en el uso de nutrientes, reducción de importaciones, salud del suelo, control ambiental y modelos productivos más resilientes.

En Argentina, cualquier producto destinado a incorporar nutrientes al suelo o a las plantas, o a funcionar como enmienda, sustrato, acondicionador o materia prima, se encuentra dentro del marco de registro y control de SENASA. El organismo contempla la inscripción de productos en el Registro Nacional de Fertilizantes, Enmiendas, Sustratos, Acondicionadores, Protectores y Materias Primas.
Esto marca una frontera clara: transformar un residuo en recurso no es solo una operación técnica. También implica calidad, trazabilidad, documentación, destino y cumplimiento normativo.
Del residuo al insumo: el salto que falta
El digestato representa muy bien una idea de fondo: la economía circular no se completa cuando un residuo deja de enterrarse o acumularse. Se completa cuando ese residuo se transforma en un insumo útil, medible y aceptado por el sistema productivo.
Para eso, hay que pasar de la lógica del descarte a la lógica de la especificación.
Un digestato con análisis conocido, estabilidad adecuada, dosis recomendada, trazabilidad de origen, destino agronómico y tecnología de aplicación tiene una lógica completamente distinta a una corriente orgánica que simplemente “hay que sacar” de una planta.
La diferencia es enorme.
En el primer caso, hablamos de un bioinsumo o una enmienda con potencial productivo. En el segundo, seguimos hablando de un problema con otro nombre.
Por eso, el futuro del digestato no se define solamente dentro del biodigestor. Se define antes y después: en la selección de las corrientes de entrada, en el diseño del proceso, en el tratamiento posterior, en la logística, en el modelo territorial y en la relación con productores, municipios, industrias y organismos de control.
La circularidad también necesita datos
Hay otro cambio que empieza a emerger: la economía circular será cada vez más medible.
Ya no alcanzará con afirmar que una corriente se valoriza. Será necesario demostrar cuánto residuo se recuperó, qué nutrientes se reintegraron, qué emisiones se evitaron, qué trazabilidad tuvo el material y qué impacto generó en el suelo.
Incluso comienzan a aparecer investigaciones que utilizan imágenes satelitales Sentinel-2 y modelos de machine learning para detectar aplicaciones de digestato en cultivos, mostrando que el monitoreo digital puede convertirse en una herramienta relevante para controlar y gestionar mejor este tipo de materiales orgánicos.
Este punto conecta directamente con la nueva etapa del agro: menos relato y más evidencia. La valorización de residuos orgánicos necesitará datos, indicadores y sistemas de seguimiento que permitan tomar mejores decisiones.
La oportunidad para la agroindustria y los municipios
Argentina tiene una oportunidad importante en este campo. La agroindustria, los feedlots, tambos, frigoríficos, plantas alimentarias, industrias de procesamiento, municipios y establecimientos productivos generan corrientes orgánicas que muchas veces son tratadas como pasivos ambientales o problemas de disposición.
El digestato, en ese contexto, puede formar parte de una nueva arquitectura territorial: residuos orgánicos que producen energía, nutrientes que vuelven al suelo, materiales que se estabilizan, corrientes que se separan, impactos que se reducen y valor que permanece cerca de donde se genera.
Pero esa oportunidad no se activa sola.
Requiere ingeniería, equipamiento, operación, análisis, diseño logístico y modelos de negocio viables. También requiere entender que no existe una única receta. Cada territorio tiene una matriz distinta de residuos, distancias, suelos, productores, costos, restricciones y oportunidades.
Por eso, el debate del digestato es mucho más que una discusión técnica. Es una discusión sobre cómo diseñamos sistemas agroindustriales capaces de cerrar ciclos sin crear nuevos problemas.

La mirada de CircularWorks by Montecor
Desde CircularWorks by Montecor entendemos que la economía circular aplicada al territorio no puede quedarse en el concepto. Tiene que convertirse en soluciones concretas, operables y escalables.
El digestato expresa con claridad ese desafío. Tiene valor, pero necesita gestión. Contiene nutrientes, pero necesita análisis. Posee potencial agronómico, pero necesita destino. Puede reducir dependencias y cerrar ciclos, pero necesita tecnología, logística y criterio de aplicación.
El verdadero salto no está en decir que el digestato es circular sino en convertirlo en un recurso con especificación, trazabilidad y valor productivo.
Porque cuando un residuo orgánico se transforma correctamente, deja de ser una carga ambiental y empieza a funcionar como parte de una nueva infraestructura: energética, agronómica e industrial.
Ese es el debate que viene. Y también la oportunidad. La economía circular no empieza cuando sobra algo. Empieza cuando somos capaces de diseñar qué valor puede tener ese material dentro de un sistema productivo más inteligente.






























