La economía dejó de caer, pero se amesetó. Está lejos del nivel pre-pandemia, pero aparentemente encontró el piso. Sin embargo, está acosada por la incertidumbre que genera la financiación de la cuarentena más larga del mundo.

El coronavirus le costó al Estado Nacional 1 millón de millones de pesos, el 60% fue a las IFE, la magra ayuda de 5.000 pesos mensuales a trabajadores informales sin ingresos (a la fecha tuvo 3 ediciones de 10.000 pesos en 6 meses) y los ATP, la ayuda a las empresas para pagos de salarios, la acumularon otro 10%. Absolutamente todo eso y un poco más (la caída de la recaudación por el frenazo) se financió con emisión.

La economía comienza a paralizarse: a estos precios nadie quiere intercambiar bienes. El insumo más preciado de la producción es el capital de giro que en esta economía bimonetaria se mide en dólares. Los agentes no quieren liquidar activos dolarizados (entre ellos el remanente de la cosecha) para invertir en negocios pesificados si luego no pueden proteger ese valor medido en dólares. Cómo si el precio “artificial” del dólar oficial no fuera un indicador suficiente para retraerse, el Gobierno tiene “encepados” precios de: energía eléctrica y gas, alimentos, transporte, combustible, prepagas, telecomunicaciones… aún así la inflación sube y hace 4 meses que siempre es superior al mes anterior.

Los precios marcan los incentivos: les indican a los agentes que intenten consumir todos los bienes a “dólar oficial” que le sea posible, a desprenderse de sus pesos. Por lo tanto “el juego de las cantidades” se queda sin flujos entonces se enfría hasta congelarse la actividad económica; la fantasía descansa sobre stocks, que cada vez son menores, particularmente las reservas del BCRA. De acuerdo a cómo se computen éstas, podría entrarse en el terreno de las “reservas negativas”.

La decisión para el Gobierno es muy dura porque las demandas sociales que recaen sobre él son descomunales y se debe escoger entre dos opciones dolorosas. Corregir los precios para cambiar los incentivos y salir del “dame dólares” para pasar al “dame pesos” puede ser muy traumático y difícil de contener una espiralización, el costo es la pobreza. No hacerlo también es peligroso ya que enfría la economía y después podría obligar a realizar la corrección, pero con menos stocks disponibles.

Bioceres se fundó con audacia, en el medio del 2001, un año tan horroroso como este. Cuando la sociedad pedía que se vayan todos y los nietos de inmigrantes hacían cola para irse a la vieja Europa, un puñado de locos entrados en canas hacía lo opuesto: enterraba dólares crocantes en Argentina, se quedaba acá. El sueño era ambicioso, producir biotecnología vegetal comercial. Menos de 10 años después lo lograron, en asociación con el CONICET tomaron el trabajo de Raquel Chang, el descubrimiento del gen HB4 que regula el consumo del agua en el girasol, y lo traspasaron exitosamente al trigo primero y a la soja después.

Luego de casi una década de insistir, Bioceres logró que el Estado argentino autorice la comercialización del HB4 sujeto a la aprobación de nuestro principal cliente, Brasil. El gobierno fue prudente y audaz a la vez: en la diplomacia global de los transgénicos hizo lo que hacen el resto de los países que producen biotecnología, defendió a su conocimiento y sus científicos y dijo “nuestro trigo es seguro, si ustedes también lo consideran así estará disponible en una campaña”. La definición es clave, porque ser primeros en el mundo del conocimiento no es algo menor y las empresas de biotecnología argentinas no pueden relegar esa ventaja a sus competidores globales. La ciencia argentina vale y defenderla es proteger sus derechos de propiedad intelectual y promoverla en el mundo.

Mientras tanto avanza el llenado del grano de trigo en el medio de la sequía invernal y de acuerdo con la Bolsa de Rosario la producción del cereal caerá un 15%; la seca es tan grave que las sierras cordobesas arden en llamas y pilotos como Omar Díaz, que vive en Monte Buey (la capital nacional de la siembra directa) trabajan con audacia junto a bomberos.

El golpe de la sequía es duro, pero al menos en el trigo se hubiera evitado si nos hubiéramos animado. Como se animó Bioceres a ser distinto, como se animan los bomberos, Omar y sus pilotos a controlar lo incontrolable.

Pd. El HB4 es inocuo para su consumo y provee una clarísima ventaja productiva, no hay dudas. Igual que el maíz BT, una vez molido puede ser consumido por humanos; como la lecitina de soja RR que está en los chocolates.

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