La humanidad atraviesa su año más oscuro en décadas. Por primera vez en 30 años la economía China se contrajo, en el primer trimestre de 2020 la actividad cayó un 6% y esto es solo una muestra de lo que sucede en todo el mundo.

Los países comercian entre sí de acuerdo a su velocidad de crecimiento, si no crecen no comercian y la OMC estima que en un escenario optimista el comercio caerá un 13% y la recuperación será rápida y en el 2021 se retomarán volúmenes pre crisis; en uno pesimista el comercio caerá un 32% y tardará más de 4 años en recuperarse. En ambos escenarios hay una serie de características que vale la pena resaltar: a) la mayor caída de exportaciones se dará en Norteamérica, mientas que todo el mundo disminuirá fuertemente sus importaciones, particularmente América Latina; b) la caída será más fuerte en bienes con mayores etapas de elaboración y que dependan de mayores países en la misma, particularmente electrónica y autopartes; c) el comercio mundial ya estaba afectado previamente a la crisis del COVID-19.

Luego de la crisis del 2008 la tendencia fuertemente creciente del comercio nunca se recuperó. El temor de la OMC es que en esta crisis esa cerrazón global se acentúe debido a decisiones de los gobiernos, eso es lo no dicho en el informe. Actualmente se observan dos tendencias muy negativas: por un lado, países que no son exportadores netos de alimentos están prohibiendo la exportación de alimentos, particularmente cereales como el arroz y el trigo o legumbres, por otro lado, países cuya dieta depende fuertemente de la importación de alimentos reciben la presión de productores locales de alimentos para reducir sus compras externas.

El comercio, y particularmente el global, fue en los últimos 30 años la potencia expansiva que mejoró la vida de cientos de millones de personas del mundo, pulverizando la pobreza global. Cerrarse es una mala opción y es una tentación muy oscura para Argentina, un país que tiene una tradición marcada en negarse a comerciar con el mundo, no en vano es el país que tuvo peor performance de crecimiento de América Latina en ese período de tiempo.

Iván Ordóñez, economista especializado en agronegocios

Es importante distinguir cual es el verdadero culpable de la caída de la economía, no es el virus, es la respuesta al virus: la cuarentena. El virus es un fenómeno natural, la respuesta que es humana, es cultural. Si naturalizamos la cuarentena, le estamos otorgando atributos permanentes y más importante aún, fuera de nuestro control. La naturalización de la cuarentena la hace no mejorable, no criticable. Es una trampa discursiva para que quién impone la cuarentena no acepte el debate sobre la misma.

La cuarentena argentina actual es brutal y aunque se perfeccione, existen sectores que en todo el mundo difícilmente puedan repuntar. Un ejemplo sencillo es la gastronomía: la Ciudad de Buenos Aires tiene 20 mil bares/restaurants, sería el 40% del país (dato de FEHGRA). Según el SIPA hay 250 mil empleados; se estima que un 50% de los empleos del sector está en blanco, hay una concordancia perfecta con una media de 10 empleados por local: total estimado de 500 mil empleados. Hoy todos ellos tienen su ingreso en riesgo, particularmente la mitad de ellos. ¿Cómo pagarán los alquileres de locales? Eso no se termina ahí, se estima que un 10% de los restaurants de Argentina son pizzerías: por eso están quebrando tambos, porque el 40% de la leche cruda que se procesa es para producir queso, de eso la mitad es pasta blanda, casi todo muzzarella. Vasos comunicantes entre la avenida Corrientes y el lote. Todo es el planeta #Campo

Los países se abocan a lanzar paquetes de salvataje, porque en todos sucede los mismo. Según informe de McKinsey, 30 países lanzaron más de 300 medidas de estímulo en un solo mes y solo cuentan iniciativas nacionales. Como porcentaje del PBI, llaman la atención los europeos: el británico (36%), español y alemán (17%) y el francés (15%). El Estado argentino pertenece al grupo de los que menos pudieron asistir a su economía. El dinero es crédito, el crédito es confianza. Si no hay confianza no hay dinero. Si no hay confianza solo hay inflación.

Mientras los países del mundo ayudan a que sus sectores privados puedan mantener sus operaciones (buscando formas para que puedan producir y comerciar) y cumplan con sus obligaciones (inyectándoles fondos), Argentina está atrapada en su laberinto: negocia con al menos cuatro grupos de bonistas la reestructuración de su deuda privada de 66 mil millones de dólares, aparentemente de forma agresiva.

Existe un peligro que haga que los cuatro se unan para darle más fuerza a su posición, dilatando aún más la negociación. Enfocar el diálogo de manera cooperativa le permitiría al país no validar la imagen de “defaulteador serial”. Cuando ambas partes negocian bajo la amenaza del daño que pueden hacerse la una a la otra, más allá del resultado inmediato, se perjudica la imagen del deudor; eso impacta a futuro: hoy vivimos el futuro de lo que hicimos en 2001, que es horrible. Argentina aún tiene un 3% bonos que no ingresaron a ninguno de los canjes del 2001 y un fallo contrario de los tribunales de New York la obligó a pagar sin quitas a los famosos “buitres”. La posición dura de los bonistas solo puede “ablandarse” por la depresión del precio de los activos que tienen; saben que si no aceptan la Justicia norteamericana los respalda.

Un porcentaje muy alto de la deuda que se renegocia, son los canjes hechos 2005 y 2010, es el canje del canje. Otro porcentaje es posterior a 2016. No es ocioso por dos motivos: uno reputacional y otro instrumental, la deuda “antigua” demanda más de un 75% de aceptación para que las nuevas condiciones se impongan a todos los bonos, mientras que la deuda “nueva”, demanda “solo” 66%. Hay un solo grupo que ostenta un poder de veto fuerte, cuenta con el 16% de la tenencia. Se requiere de mucha pericia para entender las motivaciones de cada grupo de bonistas y optimizar una respuesta que les sirva a ellos y al Estado argentino. La negociación requiere de un dominio de infinitas variables que empiezan con capital-tasa-plazo, pero siguen en una infinita cantidad de cláusulas que implican estos contratos de deuda máxima complejidad. A simple vista, parece poco atractivo para los bonistas una oferta en la que no cobran absolutamente nada durante tres años hasta el año en que habrá elecciones en Argentina.

Será un proceso largo, dependiendo de las decisiones del gobierno. Un proceso que no es natural.

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