El junio que dejamos atrás antes de la reposición de las retenciones a los niveles de Alberto Fernández alcanzó el récord absoluto de liquidaciones para un solo mes: 23 millones de toneladas. Nunca los productores liquidaron tanto.
Al mismo tiempo se dio una paradoja: el peso se depreció poco menos del 7% en las primeras semanas de julio.
Si bien el mercado spot de dólares está cerrado para que las empresas atesoren, no lo está para que los individuos lo hagan y en un país donde la financiación está cara para uno negocio agrícola de márgenes destrozados, resulta evidente que para proteger el poder adquisitivo de su cosecha (o su capital de trabajo para la campaña siguiente) los productores optaron por dolarizarse y no realizar compras anticipadas de insumos. Así, los dólares que entraban al mercado de cambios vía exportaciones se iban del mismo por atesoramiento. Al mismo tiempo hubo cambios en torno a la política monetaria (tasas a la que los bancos colocaban su exceso de liquidez) lo que presionó la demanda de dólares.
El resultado fue que si los productores vendían su soja el 27 de junio cobraban en pesos lo mismo que el 10 de julio. Se cortó la tendencia firme en la que los distintos tipos de cambio se acercaban paulatinamente al piso de la banda. Los economistas que siguen minuciosamente la macro reportan que la inflación de alta frecuencia (aquella que se mide semanalmente) no copió la depreciación del peso: esto es una excelente noticia, unida a la depreciación del dólar en el mundo le da un poco de respiro a la rentabilidad en nuestra economía local.
Esto es clave en la economía extremadamente bimonetaria en la que se hacen negocios en pesos, pero se mide la rentabilidad de los mismos y se ahorra en dólares.
Mientras tanto la conversación gira en torno a que en “en la calle no hay plata”, que es un correlato directo del párrafo anterior: las tasas de interés en pesos están muy altas en términos reales (alrededor de 20 puntos arriba de la inflación proyectada) y son estratosféricas en dólares. Por eso se agotan los efectos tremendamente positivos en la actividad que otorgó la estabilización de la macro, en la economía hay una tirantes de liquidez. Negocios que se apalancaban en tasas reales negativas hoy destruyen capital y la expresión que más se escucha en los caminos de tierra o ripio es “no sabían de agricultura, sabían de finanzas” despreciando saberes. En esto vale la pena ser muy claro: en la economía que viene luego de correr el velo de la inflación todos los saberes serán igual de relevantes, porque la exigencia sobre la eficiencia de los negocios será total. Todas las áreas de la compañía tendrán que funcionar al 100%.
Por eso la discusión sobre las retenciones se recrudecen: representan un 1,3% del PBI y por lo tanto son esenciales para mantener la principal ancla del programa macro que es la pulverización del déficit fiscal a la vez que son esenciales para una rentabilidad sana en los agronegocios. A estos niveles de precios internacionales, tipo de cambio y retenciones no es posible reinvertir en tecnología como lo hacen nuestros principales competidores globales y obviamente es imposible expandir la producción elevando la inversión por hectárea o ampliando el área producida. Es poco probable que durante este año el gobierno ceda en su objetivo de corto plazo para construir un mejor país en el largo plazo.
No son tiempos fáciles para la agricultura pampeana y extra pampeana, responsables por casi la mitad de las exportaciones del país y un 15% del empleo nacional. Tiempo de tensiones.


























