El PBI anual es la producción, distribución y comercialización de bienes de Argentina y se construye de un mes a la vez y cada mes es un 8% de un año. Distintos estudios de economía indican que cada mes en cuarentena se produce la mitad que un mes “normal”. Si la cuarentena dura solo los tres meses que hasta hoy está programada la economía puede caer con respecto al año pasado (que ya fue muy malo) un 12%. Las proyecciones optimistas que calculó el Ministerio de Economía en el marco de la reestructuración forzosa de la deuda estiman una caída de casi 7%. Todavía la cuarentena no terminó y no está claro cuándo terminará para Buenos Aires y su conurbano, que concentran el 35% del PBI.

Una caída del 7% es entonces un mínimo, para tener dimensiones la del 2001 fue de un 11%, pero ese año “Argentina se caía sola” y con un stock de inversión monumental (por ejemplo, capacidad excedente de generación y distribución de energía y la red de fibra óptica más moderna del mundo), además hacia solo un año China ingresaba a la OMC y se abría al comercio iniciando un proceso de crecimiento cambiaría al mundo y revitalizaría la economía argentina al punto de cuadruplicar sus exportaciones en 10 años.

Las compañías valen por los ingresos futuros que generan, descontada la incertidumbre de que esos flujos se generen de manera efectiva. Nadie sabe cuánto durará la cuarentena (o mejor aún se encontrará una vacuna) y cuando y como se recuperará la economía; por eso el valor de las compañías se derrumba: el mercado toma nota de la caída de los flujos futuros y el aumento sobre su incertidumbre y ajusta el valor de las compañías. La riqueza se compone entonces de futuro más que de pasado. El Dow Jones es el índice bursátil más comprensivo de la economía norteamericana, hoy está 24% por debajo de los niveles pre pandemia. Cuando la gente entra en pánico se destruye la confianza y saca dinero del circuito productivo: Cash is king dicen en Wall Street. Cuando la gente se sienta arriba del dinero le otorga el destino más improductivo. Todo en el mundo vale menos porque se produce menos, es un futuro con menos.

La reducción significativa de la producción de bienes y servicios en una sociedad determina la caída de los ingresos, aumenta indefectiblemente la pobreza. A esto se suma el entorno altamente inflacionario argentino; la inflación “cuarentenada” de abril dio 1,5%, pero si tomamos en cuenta que durante ese mes los argentinos casi solo consumieron alimentos y bebidas, la inflación “se mantuvo” muy alta, 3,2% en ese rubro. También se conocieron los datos de actividad: con apenas medio mes bajo cuarentena la caída de la economía en marzo comparada a la del año pasado fue del 11,5% (que ya era un año malo) y frente a febrero de un 9,8% (que ya era un mes malo); nunca la economía cayó tanto en solo un mes, ni siquiera en la crisis del 2001. La pobreza en Argentina cerró un 2019 con un 35% y se estima que ya se encuentra en un 40%, con menos ingresos y más inflación esto es solo principio.

El mundo que viene es con certeza más pobre, lo que despierta los instintos más conservadores: el aislamiento, el miedo al distinto. El clima mundial es sombrío y no solo para los negocios o el planeta #Campo. Los mercaderes del vivir con lo nuestro ven su reverdecer, tiempos propicios para que con un nuevo envoltorio nos quieran vender ideas que ya eran viejas en la década del 50.

Argentina además tiene sus propios problemas y en un mundo donde cash is king esos problemas se agigantan, porque el Estado argentino no tiene cash, porque el cash es crédito y el crédito es confianza. La forma en la que se reestructura la deuda es forzosa y aunque el Estado sea exitoso en su objetivo de corto plazo, pasarán muchos años para que pueda volverse un sujeto de crédito confiable. No es un ejercicio abstracto, es lo que pasó luego de la reestructuración también forzosa de deuda que se inició en 2005. Existen otras formas de reducir el impacto de la deuda en las finanzas públicas: endeudarse menos y administrar el costo de la deuda a lo largo del tiempo comprando deuda corta y cara y emitiendo deuda larga y más barata; esto es básicamente lo que hacen todos los países del planeta y es por esto que el Estado argentino es considerado mal deudor, porque está canjeando deuda de manera forzosa sobre otro canje forzoso que tiene menos de 15 años. El Estado argentino le marca la tasa de interés y la disponibilidad de fondos a la que debe financiarse el resto de la economía. Por eso esa negociación preocupa y mucho.

Como si eso no fuera suficiente el cepo es un incentivo enorme a retirar capital del flujo de negocios, desensillar hasta que aclare. La incertidumbre respecto al tipo de cambio al que se recuperará el dinero invertido crece con el cepo. Esto tampoco es un ejercicio abstracto, tuvimos el cepo (una medida de emergencia) durante cuatro años: nunca se invirtió menos, nunca se transaron menos inmuebles, una calamidad. Ese cash es más necesario que nunca y está debajo de los colchones, esperando improductivamente.

En la propuesta de reestructuración de deuda el Estado argentino proyecta un crecimiento anual del PBI del 1,7% anual durante los próximos 10 años. Es cierto que es superior al de la década del 2010, también es cierto que la población argentina crece a un ritmo de casi 1% anual. Con ese número no alcanza, con ese número todos seremos más pobres.

El país necesita como mínimo duplicar esa tasa de crecimiento y eso es imposible si no se lanza agresivamente a comerciar con el mundo. Se necesita crédito para financiar esa inversión, confianza para generar crédito. Porque vivir con lo nuestro no alcanza.

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