Comienza a sentirse el calor en la ciudad de Buenos Aires y las Coca-Cola de los supermercados ya vienen con la imagen de Papá Noel.
En este contexto nos reunimos una vez más para celebrar el espíritu del Quincho en La Rural de Palermo.
Por Juan Alaise – Lic. en Ciencias de la Comunicación
Existe algo que es difícil de explicar con palabras, pero quien haya sufrido por algún partido de copa internacional sabe que se le llama “mística”. Es esa misma sensación la que aparece en cada reunión del Quincho by Kioti: una mística que hace que todos los invitados se adapten rápidamente a las conversaciones que van surgiendo, generando un intercambio humano tan natural que, visto de lejos, cualquiera pensaría que es un grupo de amigos de toda la vida.
Después de una breve y amistosa charla en el hall de entrada, nos ubicamos en nuestro espacio reservado, donde cada uno fue tomando asiento según su preferencia. Una vez acomodados, el personal de Barreto sirvió vino de Bodega Antigal en nuestras copas; algunos acompañamos con agua con gas y otros con gaseosa.

Invitados y anfitriones
Juan Carlos, como anfitrión principal, dio paso a la primera dinámica del Quincho: las presentaciones. Como siempre, para dar ejemplo, fue él quien comenzó. Nacido en Lobos y casado con Verónica, es padre de tres hijos: Alfonso, María Luz y Ramiro.
Le siguió Martín Schvartzman, aunque rápidamente dejó en claro que nadie le dice Martín: él es “el Chino”, está en pareja con Dolores y tiene cinco hijos “de la primera administración”, como dijo entre risas. Sus hijos se dedican a rubros bien distintos: arquitectura, kinesiología, gastronomía, entrenamiento de hockey. El Chino habló también de Tony, su perrito que falleció hace unos meses y a quien extraña mucho. Hoy lo acompaña Vito, un Jack Russell al que describió como “pedos atómicos”.
Contó que en su juventud tuvo muchos trabajos y hasta vivió en una casilla rodante. Porteño y orgulloso de serlo —“me encanta ser porteño”— trabajó mucho tiempo en el interior. Es ingeniero agrónomo de la UBA, bostero, jugó al rugby y hace 24 años trabaja en La Nación. Pasó por varias áreas, fue director de Expoagro y ahora es gerente general de Exponenciar, donde organizan ocho eventos a lo largo y a lo ancho del país.

Luego del Chino fue mi turno. Al decir que era de Junín, fui automáticamente interpelado por todos: el Chino me felicitó por la campaña de Sarmiento y mencionó a Diego Abdo; después Gustavo Idigoras habló de Diego Cifarelli, otro juninense; y faltaba José Fernández, que me preguntó por Joaco Gho, gran delantero surgido en Lincoln y hoy jugador de Argentinos Juniors.
Entre las amistosas interrupciones logré contar algo de mí: mi dificultad para pronunciar las “s”, el hecho de que ya soy un juninense palermitano y que estoy de novio con una porteña a quien quiero mucho y de quien aprendo todo el tiempo.
La siguiente en presentarse fue Ileana Fraschina. Estudió Relaciones Públicas, aunque terminó en el agro porque se casó con un agrónomo. Hace comunicación para compañías y tiene tres hijos. Porteña y con 20 años vividos en el interior, aprendió a encajar el auto en el barro sin drama. Le gusta escuchar a la gente y siente que por eso hace lo que hace. Juan Carlos agregó, cómplice: “Tiene mucho laburo, y labura muy bien”.
Luego fue el turno de Martín Melo, casado con Elizabeth y con cuatro hijos del corazón. Con alegría contó que pronto será abuelo del corazón por partida doble, aunque admite que no sabe cómo va a ser esa experiencia. Recordó anécdotas del Quincho —del que es parte hace muchos años— y mencionó su programa de radio en CNN los domingos a la mañana. Habló también de un problema de salud que supo atravesar y que hoy recuerda con humor.
Después llegó la presentación de Gustavo Idigoras. Nacido en San Pedro, criado en una familia agropecuaria y acostumbrado a recorrer pueblos de Buenos Aires porque su padre trabajaba en el Banco Provincia. Cambiar de colegio lo llevó a estudiar la carrera diplomática: “Nunca viví en un solo lugar”, dijo. A los 24 años la suspendió para trabajar en Senasa, donde armó un área internacional. Luego pasó por la Secretaría de Cultura y más tarde Lavagna le propuso retomar la carrera diplomática como agregado agrícola. Gustavo acababa de casarse, así que no era un movimiento fácil. Tras varias charlas y acuerdos, se fue a Bruselas.

Desde 2010 trabaja en el sector privado y también es profesor de posgrado en la Facultad de Agronomía, en comercio internacional. La parte académica, dice, es su cable a tierra. Tiene tres hijos: dos mellizas y un hijo que juega en la octava de Excursionistas, por lo que recorre canchas del conurbano cada fin de semana.
El último en presentarse fue el más joven: José Ignacio Fernández, nacido en Lincoln. Estudia Agronomía en la UCA, ya en cuarto año. Ama tres cosas: el básquet, el campo y la música. Fue muy feliz jugando al básquet en Cavul, su club; juega desde los siete años y hoy sigue haciéndolo los fines de semana en plazas. El campo es su segunda pasión, especialmente la ganadería y la genética. Su familia tiene tambo, y eso lo marcó.
“Soy un apasionado por las instituciones”, dijo. Su abuelo fundó la Rural de Lincoln junto a otros chacareros. Vive con su hermana que estudia diseño y tiene otra más chica en el colegio. Toca el piano: de chico lo obligaban, pero hoy lo agradece. Gustavo —siempre diplomático— no resistió y le preguntó por qué su pasión por las instituciones. José respondió con firmeza: “Es a través de las instituciones que se logran los cambios”.
Charla y cena
Su presentación abrió un debate interesantísimo sobre el rol actual de las instituciones. Surgió una analogía brillante: el consorcio de un edificio funciona casi igual que un gobierno democrático. Y de ahí la pregunta inevitable: ¿cuánto nos involucramos nosotros? ¿Cuántas veces vamos realmente a las reuniones de consorcio?
Después de tanta conversación, disfrutamos de una gran carne argentina acompañada de una ensalada de rúcula y queso, una combinación exquisita que enmudeció la mesa por unos minutos. El disfrute era evidente en cada gesto.
Seguimos conversando de manera distendida sobre la Argentina, sus instituciones y la política, entre opiniones sinceras y risas que iban relajando aún más la mesa. Entonces llegó el momento de la segunda dinámica del Quincho: las imágenes.

Dinámica de Quincho
La propuesta era sencilla pero profunda: observar una serie de fotos y elegir aquella con la que cada uno se sintiera identificado en este preciso momento de su vida, explicando por qué.
El primero en animarse fue “el Chino”. Eligió una imagen de un grupo de amigos escalando una montaña.
“Todos los días de la vida te tenés que levantar y escalar la montaña… y la montaña no se escala solo”, dijo. Era una frase que le salía sin buscarla, como algo que ya forma parte de su manera de ver el mundo. “Esa imagen me representa hoy, ayer y mañana.”
Mientras el postre llegaba a la mesa —un queso y dulce elegantemente presentado, con pistachos que le daban un toque coqueto— Ileana revisaba las imágenes con atención hasta encontrar la que le movía algo por dentro. Señaló una foto de una persona hablando por teléfono y se rió antes de explicar:
“Mis hijos me critican el uso del celular… pero es parte de mi trabajo, vivo conectada.”
Luego eligió otra imagen: una mujer sola en una montaña leyendo un libro.
“Me gusta mucho mi trabajo, pero es estar a full todo el día. Estoy tratando de poder disfrutar un poco más.”

Después fue el turno de Gustavo Idigoras. Observó en silencio hasta que se inclinó por una imagen de un grupo de personas abrazadas.
“A mí me apasiona dar la sensación de que todos, dentro de un equipo, están en un mismo nivel de igualdad”, dijo.
Contó que hace cuatro años encabeza un programa de sustentabilidad de soja y carne no deforestada en Argentina, y que gran parte de su equipo son jóvenes provenientes de ONG ambientales. Jóvenes que aman el campo, que estudian, que investigan, que trabajan para demostrar que Argentina es seria y responsable en términos de sustentabilidad.
Finalmente, llegó el turno del más joven, José Fernández. Eligió la misma imagen que el Chino: el grupo en la cima de la montaña.
“Es muy difícil venir a estudiar desde el interior y llegar a Buenos Aires… y tenés mucha gente que te ayuda. Hay mucha gente buena”, dijo con una claridad que sorprendió a todos.
También vinculó la imagen con dos pilares de su vida: la amistad y el deporte, que lo acompañan en su día a día y dicen mucho de quién es.
Tertulia y cierre
La conversación siguió fluyendo con naturalidad. Hubo espacio para todo: desde el nuevo programa de Pergolini —que varios confesaron haberlos hecho volver a consumir televisión— hasta reflexiones sobre la inteligencia artificial. Hablamos también de Leo Contenidos, el nuevo integrante digital de Horizonte A, y surgieron otros temas que fueron apareciendo casi solos, como suele pasar en estas mesas donde la escucha y la curiosidad se imponen sin esfuerzo.

Para ir cerrando la noche, me encargué de hacerle a cada invitado una pregunta personalizada, basada en las imágenes y las palabras que habían elegido a lo largo de la cena. Fue un momento íntimo y sincero: cada uno abrió su corazón y compartió desde un lugar profundo. Agradecí la apertura y la honestidad de todos, mientras el personal de Barreto ofrecía café para acompañar los últimos intercambios.
Pero la noche todavía parecía tener cuerda. Después del café, los temas se siguieron encadenando con esa naturalidad que el Quincho tiene desde siempre: una charla que podría haberse extendido hasta largas horas, sin agendas ni relojes.
Antes de despedirnos, hicimos la clásica foto grupal, esa que inmortaliza cada edición y que es parte de la tradición tanto como la buena carne y el buen vino. Cada invitado se llevó un presente, un pequeño gesto que simboliza lo que buscamos en este espacio: compartir, escuchar y construir vínculos genuinos.
Agradecemos a todos los invitados por ser parte de esta velada única.
Hasta el próximo Quincho, by Kioti.




























