Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música…

(primeros versos del poema Los Justos de Jorge Luis Borges)

Luis G. Wall y Luciano A. Gabbarini

Investigadores de CONICET -Laboratorio de Bioquímica y Microbiología de Suelos -Centro de Biología y Microbiología de Suelos -Universidad Nacional de Quilmes

En la opereta Candide, de Leonard Bernstein, basada en el libro homónimo de Voltaire, puesta en escena hace un par de años por Rubén Szuchmacher en Buenos Aires, con producción del Teatro Argentino de La Plata, los personajes cantan “… we’ll build our house and chop our wood and make our garden grow, and make our garden grow” (*) al final de la obra, el coro se suma trenzando voces y los que escuchan en la sala sienten que flotan en el aire, que los asientos desaparecen y que la emoción los abraza y les sonríe hasta las lagrimas.

Candide es el optimismo hecho personaje, la resiliencia hecha una bella historia. El suelo es como Candide. El suelo siempre fue suelo y el hombre, con el paso del tiempo en esta era Antropocena, le hizo vivir diversas historias, que son como los capítulos de una serie de temporadas infinitas. El suelo fue el barro para hacer vasijas y para construir paredes y levantar casas. El suelo fue lo que posibilitó el jardín. Mirando la naturaleza el hombre aprendió a cultivar el suelo. El suelo es hoy el recurso para generar nuestros alimentos, las fibras para hilar, tejer y vestirnos, biocombustibles y hasta medicamentos y moleculas de aplicación industrial, como la que se usa para hacer queso. Los recursos físicos y químicos no son infinitos, pero la vida permite una dinámica de reciclado y transformación que, como el ave fenix renace de las cenizas. La humanidad ha manejado el suelo según su conocimiento a lo largo de la historia.

Repensando

Algunas ideas que tenemos sobre las plantas y el suelo se enfrentan con nuevos conocimientos que obligan a repensar un poco todo: las plantas son seres individuales que absorben nutrientes de la solución del suelo; los nutrientes se liberan al suelo por la mineralización de la materia orgánica; los nutrientes se pueden manejar por reposición química; los problemas de manejo y enfermedades se resuelven con soluciones en base a diversas sustancias químicas. Todos estos conceptos fueron generados a partir de un conocimiento de la fisiología vegetal desarrollada en los años 40 y una idea del suelo donde su biología fué prescindible y se corrió de la escena para instalar otra biología, solamente la de las plantas. Un modelo que con el tiempo generó nuevos problemas cuyas soluciones se buscaron tambien en la industria química. El desarrollo del conocimiento de la biología y su complejidad en los últimos años produjo un cambió en la escena. Aparecieron conceptos como la diversidad, los servicios ecosistémicos  y la novedad de los microbiomas. Las plantas dejaron de ser plantas y los suelos dejaron de ser un recurso de naturaleza física y química.

Las plantas en los sistemas pristinos viven interconectadas por redes sociales de microorganismos. Un cultivo es un sistema de plantas que interacciona con los microorganismos y la biología del suelo. Las ideas cambian y aparecen modelos nuevos. Las ideas se complejizan.

El suelo es un sistema vivo que reconfigura el concepto. Estamos asistiendo y siendo parte de un cambio de paradigma que nos modifica la mirada. Una nueva idea que requiere que aprendamos a entenderla como tal. Las plantas en cultivo ya no son las plantas que solíamos entender. Las plantas que comprendíamos a partir de estudios en hidroponia ahora son sistemas de asociación simbiótica con los microbiomas en sus raíces, en sus hojas y en su interior. El genoma de la planta se expresa en íntima asociación con cientos de miles de genomas de microorganismos que viven alrededor de la planta, sobre la planta y dentro de la planta. Microbiomas que determinan su desarrollo y productividad. Los cultivos como parte de un complejo sistema biológico.

Salud en el suelo

El suelo ha dejado de ser un recipiente y un proveedor de nutrientes y se reconfigura en parte activa del sistema de producción. Un suelo que se cultiva y se desarrolla. La calidad del suelo se resignifica en la idea de la salud del suelo, pues su resiliencia y fertilidad dependen del correcto funcionamiento del sistema en relación con el ambiente. Diagnosticar la salud del suelo se vuelve un requisito de manejo para poder monitorear, con responsabilidad, las  practicas agrícolas que se adoptan y aplican para producir más y mejor. Un sistema que funciona en el sentido correcto se retroalimenta en el mismo sentido, por necesidad vital, por que el suelo es un sistema vivo.

Una nueva mirada que requiere de cierta ingenuidad, candidez y confianza para correr el riesgo de abandonar modelos que fueron muy buenos en su momento, cuando la evidencia muestra lo contrario. Externalidades que se observan al ampliar la mirada y que obligan a reflexionar y volver a empezar.

En ese juego de confianza e ingenuidad nos encontramos un grupo de científicos del CONICET, Universidad Nacional de Quilmes y Universidad Nacional de Río Cuarto, con un grupo de productores de la Regional Pergamino-Colón de Aapresid que lideraron el Proyecto Chacra Pergamino. Desde hace 6 años venimos estudiando, con un punto de vista asentado en la biología del suelo, los resultados de los efectos de la intensificación y diversificación de las rotaciones de cultivo. Así encontramos que la intensificación en las rotaciones de cultivo genera desarrollo de la biología en el suelo. Una intensificación que se emparenta, de hecho, con la idea de intensificación ecológica que se plantea en los modelos de agroecología. La biología, como sistema, es la misma se represente en el escenario que se represente.

Con ingenuidad de mirada aprendimos que la salud del suelo se asocia con intensificaciones balanceadas entre gramíneas y leguminosas; que la Vicia villosa es un jugador clave del sistema, en términos biológicos; que la salud del suelo se expresa en la construcción de nichos de la microbiología que la habita, donde la materia orgánica no es un simple subproducto de la descomposición de los rastrojos, previos a la mineralización. La materia organica se transforma en las sustancias extracelulares de los microbios que estabilizan las particulas del suelo en agregados de mayor tamaño que albergan mayor diversidad microbiana. Una materia orgánica que modifica su composición lipídica con el tiempo, en forma compleja y precisa. Así desarrollamos nuevos análisis de los lípidos del suelo que permiten diagnosticar el sentido positivo del manejo agronómico. Las enzimas del suelo son las responsables de los mecanismos de transformación de la materia y son aportadas al suelo por todos sus habitantes, desde las bacterias a las lombrices y de la interacción de ambas con el suelo. Midiendo las actividades enzimáticas aprendimos que las enzimas de los ciclos del carbono, nitrógeno y fósforo permiten diagnosticar la salud del suelo: aplicando una teoría desarrollada por la rama de las ciencia de la ecología, se puede poner en evidencia la disfuncionalidad de un suelo manejado con monocultivo de soja, un suelo cuyo destino es la degradación del sistema. También encontramos, sin buscarlo, que cuando aumentan los valores de los indicadores biológicos bajan las aplicaciones de agroquímicos y viceversa. No hace falta escribir mucho más.

Pero como si esto fuera poco, siempre aparece un peine para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero: el análisis de los microbiomas del suelo bajo manejos de intensificación nos permitió descubrir cuáles grupos bacterianos aumentan su densidad y cuáles bajan su densidad en función de la intensificación o el estado de salud del suelo.

Estamos aprendiendo a asociar los cambios de manejo con los cambios en las estructuras de las comunidades del microbioma de suelo: La agricultura como el arte de manejar microbiomas, algo que no se puede ver sino a través del ADN del suelo. Probablemente en un tiempo futuro, no muy lejano, diagnostiquemos la comunidad microbiana de los suelos con tiras de diagnóstico como las que compatriotas desarrollaron para diagnosticar al coronavirus. Es muy probable que eso suceda dentro de un tiempo.    

Seguramente los análisis de materia orgánica y fertilidad química, carbono, nitrógeno, fósforo, en sus diferentes formas, seguirán siendo útiles y necesarios y los seguiremos midiendo. Pero, muy probablemente, sus valores tendrán otro significado, otra interpretación en un modelo del sistema que ahora incorpora a la biología del suelo, desde las bacterias hasta las lombrices, en su comprensión.

Sin dudas aprendimos a mirar el suelo de otra manera y vemos otro suelo (que en realidad siempre fue el mismo) y nos sonreímos. La sonrisa es contagiosa, la emoción también.

(*) “… construiremos nuestra casa y cortaremos nuestra leña y haremos crecer nuestro jardín, y haremos crecer nuestro jardín.”

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