El año comienza con una relevante cuota de incertidumbre sobre dos de los principales precios del planeta: el dólar y el petróleo.
No me refiero a la cotización en el mercado local, que es en realidad la cotización del peso, sino a la tasa de interés que fija la Reserva Federal (FED) norteamericana y es sabido que las subas de la tasa impactan negativamente en los precios de los granos y la carne, mientras que una baja lo hace favorablemente. Un Trump envalentonado quiere bajar esa tasa mucho rápido que el Presidente de la FED hace más de un año y a través del fiscal general (tradicionalmente alguien independiente, hoy muy ligado a Trump) lo acusó de mentir en un testimonio en el Senado; el Presidente de la FED no se tomó la acusación livianamente y emitió un video en el que liga la acusación a presiones para bajar la tasa, lo que no ayudaría a bajar la inflación, que a esta altura no cede, al igual que en Argentina. A Trump, como a su electorado, le preocupa la inflación, pero quiere batir récords de crecimiento y es probable que a esta altura también quiera torcerle la mano a la institucionalidad de la FED en ese afán de demostrar quién está a cargo.
Inyectarle volatilidad a la tasa hará que el mercado tenga una trayectoria zigzagueante, después de un crecimiento robusto que siguió al desplome de diciembre del 2024; los traders se divierten, pero el público en general no quiere zigzag.
Trump asumió prometiendo un repliegue a la antigua tradición aislacionista norteamericana, algo que los votantes MAGA valoran mucho, diciendo que Estados Unidos “no debía ser la policía del mundo”. Sin embargo, su gobierno administra muchas tensiones y dentro alberga a funcionarios más tradicionalmente republicanos; cuando Trump se desvive en explicar que “se llevan el petróleo” o “las tierras raras” lo hace porque en sus términos de “doy algo y me dan algo” él no interviene en un país como lo hacían los republicanos tradicionales, sino que el costo está compensado por ganancias. La lógica sería “no dejamos de intervenir, solo somos más explícitos en nuestras pretensiones”. Contradiciendo abiertamente su campaña, la captura de Maduro fue “formalmente” una operación policial en la que la Justicia norteamericana se apoyó en el ejército para cumplir una orden judicial. Las consecuencias de este acto son impredecibles, pero por lo pronto se garantiza una oferta mayor de petróleo lo que debería disminuir su precio. Al mismo tiempo, en Irán tambalea la dictadura teocrática que históricamente está enfrentada a Estados Unidos y se supone que sus reemplazantes serán seguramente más pro norteamericanos. En el mundo de la energía ambos países son muy relevantes: primer y tercer puesto en reservas de petróleo, 34% del crudo del planeta está debajo de Venezuela e Irán.
Cómo se resuelva la situación en ambos marcará cómo se comportará el precio de la energía de aquí en más, pero no solamente esto: el precio del petróleo impactará en el de los fertilizantes y otros derivados. Es un terremoto que puede favorecer a los productores agropecuarios del mundo. Capítulo aparte la novela de Groenlandia, difícil entender su impacto, pero básicamente Trump lo que dice es: si la defensa de Groenlandia la paga Estados Unidos, el manejo del territorio y sus recursos lo dispone Estados Unidos.

Como si esto no fuera suficiente, el Secretario de Salud de Estados Unidos anunció la nueva pirámide alimenticia recomendada por el gobierno (dietar y guidelines). Para simplificar la noticia: la pirámide es “el espíritu en el cual debe basarse la regulación” y la regulación es muy importante, se divide en tres segmentos claves: a) ordena qué alimentos deben comprar las escuelas en todo el país, b) ordena el programa de vouchers de descuento de alimentos SNAP (una especie de mega tarjeta alimentar que reciben 42 millones de norteamericanos) y c) cómo el USDA organiza subsidios a productores en la Federal Farm Bill. Hay tres conclusiones muy concretas de este cambio: por un lado, caerá la demanda de productos con azúcar adicionada, particularmente bebidas, lo que disminuirá la demanda de jarabe de maíz; y por otro lado, bajará también el consumo humano de harinas y aceite de girasol, maíz y soja y aumentará (y mucho) el consumo de proteína y grasa animal, poniendo mucha presión en las tres grandes carnes, el pescado, los huevos y los lácteos y todo su sistema de alimentación, que son los granos. Este cambio no será de un día para el otro, pero el recorte a lo azucarado ya se está sintiendo y es probable que en 2027 haya un impacto en la proteína; un año antes de que cambie el gobierno de Trump.
2026 arrancó con todo también en Argentina. Hace 7 meses que la inflación del corriente mes supera a la del anterior y el gobierno anuncia que el techo de la banda cambiaria se ajusta a la velocidad. Por otro lado, si el gobierno no quiere que en el año de su reelección se desarme el cepo, se supone que deberíamos salir de este en el 2026.
El gobierno espera que en unos meses se quiebre la tendencia, pero: la inflación core está muy firme, mientras que vienen meses estacionalmente complicados, particularmente marzo con los ajustes de los colegios. Adicionalmente, los drivers del ajuste del gasto se vuelven menos potentes: a) licuar jubilaciones y salarios estatales con inflación recontra alta es más fácil que cuando esta vuela entre 2%-3%, b) en algún momento tiene volver la obra pública y c) las provincias necesitan fondos y redoblar el esfuerzo de sus recortes de gastos se vuelve más complejo. El gobierno además tiene que pagar 8 mil millones de dólares de deuda privada; no es un número astronómico, pero cuando las reservas son negativas hay un desafío. Todo esto apunta a un peso más devaluado y para el productor esto es simple: la devaluación no es mala, lo malo es la brecha; la sociedad no está tan de acuerdo.
Este año demandará atención a muchas variables porque todo se moverá, a veces perjudicando al productor, a veces beneficiándolo. Por lo pronto, ojalá sigan las lluvias, las Bolsas relevan cultivos en estado muy bueno, pero estamos en enero, es muy temprano.


























