Explorando el potencial del cultivo
Por: Diego Hernán Rotili1 e Ignacio Rodríguez2 -1 FAUNLPam, Agroinnova, CREA - 2 Limagrain Argentina
La producción de girasol en Argentina
Argentina es un jugador clave en el mercado internacional de girasol, con 7% de la producción mundial durante los años 2020 a 2024, únicamente detrás de Rusia (29%) y Ucrania (23%) (FAOSTAT, 2026). Gran parte de la producción argentina de girasol se destina a la exportación, posicionándose como el tercer exportador a nivel mundial y permitiendo un cuantioso ingreso de divisas. Actualmente, las tres principales regiones productivas del país son el sur de la provincia de Buenos Aires, el oeste arenoso pampeano (oeste de Buenos Aires, este de La Pampa, sur de Córdoba) y cierta región del norte del país (norte de Santa Fe, sur del Chaco).
La cantidad producida de girasol en un año resulta del producto entre la superficie cosechada y el rendimiento en grano por unidad de superficie. Durante los últimos 50 años, la producción de girasol en Argentina atravesó tres grandes etapas (Figura 1). La primera, desde la década de 1970 (momento de la introducción de “híbridos” en vez de líneas que traccionó en gran medida la mejora de rendimientos durante esta etapa (De La Vega et al., (2025)) hasta inicios de los 2000, se caracterizó por un crecimiento simultáneo de la superficie cosechada, que pasó de 1,3 millones de hectáreas a un récord de 4 millones en 1998, y del rendimiento, que aumentó de 0,6 a 1,8 toneladas por hectárea. En ese período, la producción se sextuplicó, pasando de 1 millón a cerca de 7 millones de toneladas anuales. La segunda etapa, desde comienzos de los 2000 hasta 2020, estuvo marcada por cambios de mercado, legislativos y tecnológicos, con una fuerte reducción de la superficie cosechada y posterior estancamiento en torno a 1,8 millones de hectáreas. El rendimiento promedio nacional también desaceleró su crecimiento, pasando de 1,7 a 2 toneladas por hectárea, mientras que la producción anual rondó los 3,3 millones de toneladas, cerca de la mitad de los máximos históricos. Finalmente, durante el último lustro se identifica una tercera etapa, con un fuerte aumento de la superficie cosechada, que alcanzó 2,8 millones de hectáreas en la campaña 2025-2026, y un incremento acelerado del rendimiento hasta un récord estimado de 2,36 toneladas por hectárea. Así, la producción llegó a alrededor de 6,6 millones de toneladas, un nivel que no se registraba desde hacía casi tres décadas.
"“El ambiente propone según la disponibilidad de recursos, mientras que el productor dispone mediante la elección de la genética y el manejo”

Consolidada una nueva etapa de crecimiento para el girasol en Argentina, resurgen preguntas sobre la capacidad productiva del país para este cultivo. Una vía para aumentar la producción sería expandir la superficie cosechada. Actualmente, el país se encuentra 1,2 millones de hectáreas por debajo del máximo histórico, lo que indicaría un margen potencial de expansión cercano al 40%. No obstante, esa expansión competiría con otros cultivos, como maíz o soja, o implicaría avanzar sobre áreas ganaderas, no producidas o naturales, con decisiones estratégicas relevantes para las empresas agropecuarias y posibles restricciones ambientales.
Más allá de la trayectoria que siga la superficie cultivada, la producción también podría crecer mediante aumentos de rendimiento. En este contexto, surgen preguntas centrales: ¿cuánto puede aumentar el rendimiento de girasol en Argentina?, ¿es igual en todas las regiones del país? y, principalmente, ¿cómo puede lograrse ese aumento?

Figura 1. Evolución de la superficie cosechada, el rendimiento promedio por unidad de superficie y la producción a nivel país para girasol en Argentina entre los años 1970 y 2026. Los datos de 1970 a 2025 se obtuvieron de estimaciones agrícolas de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Los datos de 2026 son estimaciones realizadas por ASAGIR.
Rendimientos potenciales y brechas de rendimiento de girasol en Argentina
El rendimiento de un cultivo resulta de la interacción entre ambiente, genética y manejo agronómico. Los cultivos crecen y generan rendimiento mediante el aprovechamiento de recursos como radiación, dióxido de carbono, agua y nutrientes, mientras que la temperatura condiciona su desarrollo y define límites biológicos para la captura de esos recursos. La genética determina el máximo aprovechamiento posible y el manejo permite acercar el cultivo a ese potencial o, por el contrario, restringirlo. En definitiva, el ambiente propone según la disponibilidad de recursos, mientras que el productor dispone mediante la elección de la genética y el manejo.
Dentro de este marco conceptual, cada cultivo, en cada lote y año, tiene un máximo rendimiento posible de alcanzar, conocido como rendimiento potencial (Figura 2). Este está determinado por la radiación solar incidente, la concentración de dióxido de carbono, la temperatura y, en planteos de secano dominantes en Argentina, la disponibilidad de agua definida por las lluvias y las características del suelo, por eso en ocasiones nos referimos a rendimiento potencial en secano. También puede considerarse la genética mejor adaptada a cada situación, es decir, aquella capaz de maximizar el rendimiento según su ciclo y tipo metabólico. Sin embargo, este rendimiento rara vez se alcanza, ya que puede ser limitado por decisiones de manejo, como fecha de siembra, nutrición, densidad, distancia entre hileras, entre otros, o reducido por adversidades como malezas, plagas y enfermedades. La diferencia entre el rendimiento potencial y el rendimiento logrado se conoce como brecha de rendimiento (Figura 2). Tanto el rendimiento potencial como la brecha varían entre años por cambios ambientales y pueden analizarse a distintas escalas, desde el metro cuadrado hasta una región o el país. Su estimación permite conocer el techo productivo y la oportunidad de aumentar la producción de girasol en Argentina.

Figura 2. Modelo conceptual de brechas de rendimiento. La brecha de rendimiento es la diferencia entre el rendimiento potencial (incluyendo para sistemas en secano la limitación por agua) y el rendimiento logrado. Cada nivel de rendimiento está determinado por un conjunto de factores. Adaptado de van Ittersum y Rabbinge (1997).
Un estudio reciente estimó el rendimiento potencial y la brecha de rendimiento del girasol en Argentina mediante tres aproximaciones complementarias (Figura 3). Con series de datos de 2009 a 2015, el rendimiento potencial promedio nacional se estimó en 3,2 toneladas por hectárea mediante modelos de simulación agronómica, con leves variaciones a partir de otras metodologías. Dado un rendimiento logrado promedio de 2,1 toneladas por hectárea, la brecha sería de 1,1 toneladas por hectárea, equivalente al 34% del potencial. Si esa brecha se cerrara por completo, la producción nacional aumentaría alrededor de un 50%. Sin embargo, debido al comportamiento marginal decreciente de muchos insumos, como semilla, fertilizantes y agroquímicos, cerrar totalmente la brecha sería antieconómico, ya que los últimos kilogramos obtenidos cerca del rendimiento potencial tendrían un costo proporcionalmente alto. Aun considerando esa restricción, sería razonable alcanzar económicamente cerca del 85% del rendimiento potencial. En consecuencia, el rendimiento alcanzable o económico del girasol en Argentina se ubicaría al menos en 2,7 toneladas por hectárea, como promedio entre años y metodologías de estimación.

La diversidad de regiones productivas de girasol en Argentina determina distintos valores de rendimiento potencial y brecha de rendimiento. Entre las tres grandes regiones, la Sur presenta el mayor potencial estimado, con 3,2 toneladas por hectárea y una brecha cercana a 1 tonelada por hectárea. Para la región Oeste se estimaron potenciales menores, de alrededor de 2,8 toneladas por hectárea, y una brecha de 1,1 tonelada por hectárea, aunque otras metodologías sugieren potenciales superiores a 3,2 toneladas y, por lo tanto, brechas mayores. En la región Norte, los rendimientos potenciales estimados fueron intermedios y variaron entre 2,6 y 3,1 toneladas por hectárea dependiendo de la metodología, con brechas de entre 1 y 1,7 toneladas por hectárea. Estas diferencias también podrían analizarse entre establecimientos dentro de cada región e incluso entre lotes dentro de cada establecimiento, aunque ese nivel de detalle requiere aproximaciones aún no realizadas.
En el caso del cultivo de girasol, debe destacarse que el principal objetivo de su producción es la obtención de aceite a partir del grano. Así, la productividad verdaderamente importante no es la de la cantidad de grano cosechado por hectárea, sino que la de la cantidad de aceite obtenido por hectárea.
Esto se ajusta con la normativa comercial presente en Argentina, que indica que cualquier contenido de aceite en grano que supere el valor de referencia de 42% de concentración recibirá una bonificación de precio de 2% por encima de esa referencia. En ese sentido, la estimación de los rendimientos potenciales y la brecha de rendimiento debería contemplar esa consideración, pero actualmente no se dispone de información pública que permita realizar esas estimaciones.
“Gran parte de la producción argentina de girasol se destina a la exportación, posicionándose como el tercer exportador a nivel mundial”

Figura 3. Rendimiento potencial y brechas de rendimiento estimados para diversas regiones de Argentina entre 2009 y 2015 a partir de diferentes metodologías (A: modelo de simulación agronómica, B: percentil 90 de ensayos comparativos de rendimiento bien manejados, C: percentil 95 anual de lotes de productores). Los números dentro de los gráficos de torta muestran el rendimiento potencial estimado para cada región. La parte coloreada en celeste de cada gráfico de torta indica la proporción de la brecha sobre el potencial estimado. Adaptado de Rodríguez et al. (2024).
Cómo aumentar los rendimientos de girasol
El aumento futuro del rendimiento logrado puede provenir de un mayor potencial de rendimiento, asociado a la mejora genética o a cambios climáticos favorables, del cierre de brechas de rendimiento, o de una combinación de ambos procesos. Respecto del potencial, una revisión reciente sobre la historia del mejoramiento genético de girasol en Argentina entre 1959 y 2023 detectó, para los últimos 30 años, una tasa de incremento de 5,3 kg/ha/año, con aumentos futuros previstos en torno a esos valores (de la Vega et al., 2025). Además, la concentración de aceite de los granos aumentó 0,07 %/año durante los últimos 40 años, superando actualmente el 50% y con margen para acercarse al límite biológico estimado en torno al 60%. En las últimas campañas, el recambio genético en la producción ha sido importante, posiblemente capturando parte de estos avances en rendimiento potencial (información de DAT CREA). Sin embargo, no todos los productores utilizan siempre la genética mejor adaptada a sus lotes y, aun cuando lo hacen, diversas prácticas de manejo siguen limitando el rendimiento logrado, lo que explica la persistencia de brechas de rendimiento.
Dentro de las prácticas de manejo, diversos estudios señalan que, a diferencia de cultivos como maíz o trigo, el apilamiento de insumos no traccionaría buenos resultados de manera generalizada en girasol, en parte explicado por no ser una gramínea como los dos primeros.
En cambio, los mejores resultados surgirían de combinar tecnologías de insumos y procesos, definiendo cuándo y dónde intervenir a partir de diagnósticos basados en información científica. A nivel nacional, las principales limitaciones se relacionan con la adopción de siembra directa, la disponibilidad de fósforo en el suelo, las dosis de fertilización fosforo y nitrógeno y la adopción de híbridos de mayor potencial de rendimiento (Rodríguez et al., 2024). Entre estos factores, resulta particularmente relevante la fertilización nitrogenada. Si bien existe abundante evidencia científica sobre las respuestas en rendimiento a la aplicación de nitrógeno en numerosas regiones productivas, la ausencia de fertilización nitrogenada continúa siendo una práctica frecuente en el cultivo de girasol.

Como tecnologías de segundo orden en algunas regiones aparecen el manejo de herbicidas en barbecho y la densidad de siembra. De estas últimas, la densidad de siembra parece ser una de las prácticas de manejo para las cuales existe un margen de mejora. Se trata de una práctica en la que no se han registrado cambios significativos en muchas zonas durante los últimos años. Por un lado, resulta dificultoso planificar cultivos con bajas densidades, dado que lograr emergencias uniformes y alcanzar el stand de plantas deseado suele ser una utopía en girasol. Además, esta situación tiene un impacto directo sobre el rendimiento, como se discutirá en los párrafos siguientes.
Por otro lado, tampoco se ha explorado ampliamente la posibilidad de incrementar los rendimientos mediante mayores densidades en ambientes de alto potencial, debido en parte al temor de favorecer la aparición de enfermedades al generar canopeos más densos (Debaeke et el., 2003; Quiroz 2015). Sin embargo, estas tecnologías explican solo una parte limitada del cierre de brechas de rendimiento, con un máximo de 48% de la variabilidad total explicada dentro de cada subregión. Por ello, se requieren estudios regionales con criterio agronómico y método científico para orientar la reducción de brechas mediante prácticas de manejo superadoras en cada empresa agropecuaria.
Haciendo foco en la región Oeste, estudios del Grupo Producir en Semiárida, junto con América Agroinnova, Fertilizar Asociación Civil y el Grupo de Acción Agrícola de la Región CREA Oeste Arenoso, permiten identificar lineamientos clave.

El girasol alcanza mayores rendimientos cuando se logran cultivos parejos, con bajas pérdidas de plantas en etapas iniciales, libres de competencia temprana con malezas y con adecuada nutrición para generar canopeos de alta cobertura antes de botón floral visible.
La fecha de siembra debería ser lo más temprana posible para aprovechar mejores condiciones ambientales, respetando una temperatura de suelo de 15°C que asegure emergencias rápidas y homogéneas. Las regulaciones de la sembradora son críticas por la sensibilidad de la semilla, considerando calibre, antecesor, rastrojo y profundidad de siembra, siempre ubicando la semilla donde haya agua suficiente. La densidad óptima varía menos entre ambientes que en maíz, pero poblaciones logradas de al menos 45.000 plantas/ha, e idealmente más de 50.000, evitarían limitaciones. Los insecticidas en torno a la siembra, definidos por muestreos dirigidos, permitirían reducir pérdidas por plagas. La fertilización fosfatada con reposición de largo plazo sería ideal; en esquemas anuales, debería definirse mediante análisis de suelo y comparación con umbrales publicados, evitando altas dosis en la línea de siembra para prevenir fitotoxicidad y pérdidas de plantas. La fertilización nitrogenada debería ajustarse según antecesor y rendimiento objetivo, asegurando su incorporación mecánica o por lluvias. El azufre puede mejorar la eficiencia de uso del nitrógeno, especialmente en lotes con larga historia agrícola y baja materia orgánica. La protección del cultivo incluye fungicidas de prolongada acción ante condiciones de alto rendimiento, humedad y lluvias en estadios reproductivos, además del control de defoliadores hacia el final del llenado para sostener altos contenidos de materia grasa. Intervenir luego de madurez fisiológica, cercana al 38% de humedad del grano, no tendría impacto. Finalmente, un adecuado alistamiento y control de cosecha permitiría evitar pérdidas irrecuperables al final de la campaña.
Para finalizar, las tecnologías de insumos y procesos deben complementarse con “tecnologías sociales”. El sector agropecuario es el de mayor proporción relativa de PyMEs en la economía argentina (INDEC, Censo Nacional Económico, 2020-2021). Las empresas agrícolas producen bienes con escasa diferenciación de precio, realizan inversiones cuyo retorno se observa al menos medio año después y están distribuidas en múltiples territorios del país. Esto genera riesgo de aislamiento y menor capacidad de respuesta frente a cambios tecnológicos y ambientales que desafían al girasol en su nuevo ciclo expansivo.
Si bien pocas veces se cuantificó el efecto de pertenecer a asociaciones de productores como tecnología social, un estudio reciente encontró que, entre 2017 y 2024, los productores CREA obtuvieron rendimientos 11% superiores al rendimiento del productor promedio determinado por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca (Proyecto Brechas CREA-Syngenta, 2024) (Figura 4).
Este resultado ilustra el posible impacto de participar en espacios de colaboración entre pares y de intercambio de conocimientos, experiencias y aprendizajes entre el sector científico, industrial y productivo.

Figura 4. Posible impacto de las “tecnologías sociales” sobre el rendimiento del cultivo de girasol en Argentina, ejemplificada a través de la relación entre el rendimiento de productores CREA y el rendimiento promedio de los productores (según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca). Cada punto corresponde a un departamento del país en una campaña determinada.
Conclusión
El sector productivo agropecuario argentino ha respondido rápidamente a una renovada demanda de productos y subproductos de girasol. Recientemente, aumentos del rendimiento y de la superficie cosechada permitieron incrementar la producción a niveles cercanos a los máximos históricos. No obstante, futuros incrementos de la producción requerirán de aumentos de los potenciales y/o del cierre de brechas de rendimiento, hoy en día de alrededor del 35% a nivel nacional.
La aplicación de tecnologías “de insumos”, “de procesos” y “sociales” serían las necesarias para incrementar los rendimientos dentro de la superficie cultivada actualmente, algo que es factible y permitiría incrementar cuantiosamente la producción de girasol en Argentina.
Referencias
Rodríguez, I., Hall, A.J., Monzón, J.P., Mercau, J.L., Gayo, S., López Pereira, M., Cerrudo, A., Urcola, H.A., Troglia, C.M., Zuil, S., Paolini, M., Martini, G., Cipriotti, P.A., 2024. Sunflower yield gaps and their causes in Argentina. Field Crops Research, 315, 109480.
FAOSTAT, 2026. Food and Agriculture Organization of the United Nations. Crop and livestock products database.
Van Ittersum, M.K., Rabbinge, R., 1997. Concepts in production ecology for analysis and quantification of agricultural input-output combinations. Field Crops Research, 52, 197-208.
De la Vega, A.J., Zuil, S., Vázquez, A.N., Bertero de Romano, A., 2025. Genetic progress achieved over ninety-three years of sunflower breeding in Argentina, 1931-2024. Field Crops Research, 330, 109968.
DAT CREA. Datos Agrícolas Trazados CREA. https://herramientas.crea.org.ar/datos-agricolas-trazados-dat-que-es/.
Grupo de Acción Agrícola de la Región Oeste Arenoso de CREA. https://www.contenidoscrea.org.ar/crea-oeste-arenoso-a540.
Grupo Producir en Semiárida, Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Pampa. https://www.agro.unlpam.edu.ar/index.php/equipos-de-trabajo/1995-grupo-producir-en-semiarida-gps.
América Agroinnova. https://agroinnova.cefer.org.ar/.
Fertilizar Asociación Civil. https://fertilizar.org.ar/.
INDEC. Censo Nacional Económico (CNE 2020-2021). Resultados provisorios.
Proyecto Brechas CREA-Syngenta, 2023. https://herramientas.crea.org.ar/brechas-de-productividad-que-es/.
Debaeke, P., Estragnat, A., 2003. A simple model to interpret the effects of sunflower crop managementon the occurrence and severity of a major fungal disease: Phomopsis stem canker. Field Crops Research83, 139–155.
Quiroz, F. 2015. Impacto de enfermedades foliares del girasol y herramientas para el manejo de Alternaria helianthi y Phoma macdonaldii en el Sudeste Bonaerense. Tesis Doctorado en Producción Vegetal. Facultad de Ciencias Agrarias, Universidad Nacional de Mar del Plata. Balcarce, Argentina. 181 p.





























