¿Qué pierde un productor cuando no entrega correctamente los envases vacíos de fitosanitarios?
La primera respuesta es concreta: la posibilidad de obtener un certificado ambiental oficial y cumplir con lo establecido por la ley.
Por: Lic. Juani Alaise - HorizonteA
Pero detrás de ese bidón hay algo más: plástico que podría reciclarse, empleos verdes que podrían generarse y recursos que podrían volver al circuito productivo dentro de la propia comunidad.
“Creo que está perdiendo una oportunidad de aporte en términos ambientales, sociales y económicos a su comunidad”, resume Juan Manuel Medina, ingeniero agrónomo y gerente de Relaciones Institucionales y Comunicación de CampoLimpio Argentina.
CampoLimpio trabaja en la recuperación de los envases vacíos de fitosanitarios en el campo argentino. El desafío no es solamente lograr que regresen al sistema, sino que lo hagan correctamente: con triple lavado y perforados, para que ese plástico pueda tener una segunda oportunidad.

Una segunda vida para el plástico
“Estamos concentrados en que los productores devuelvan los envases y que lleguen triple lavados. Eso es importante para que el plástico pueda seguir el camino normal del reciclado”, explica Medina.
¿En qué puede convertirse un bidón después de pasar correctamente por el sistema? En caños tritubo, postes, varillas o elementos utilizados, por ejemplo, en la actividad minera.
Hay allí un círculo interesante: un plástico que proviene de la producción vuelve a insertarse en el sistema productivo convertido en un nuevo elemento.
La ley, sin embargo, establece límites claros. Por sus características, este material tiene un uso condicionado y no puede destinarse a productos que tengan contacto directo con las personas o los alimentos.
“Está prohibido que termine en elementos como cucharitas plásticas, bolsas camiseta, juguetes o heladeras de camping”, señala.
El problema aparece cuando esos envases salen del circuito oficial.
El camino que no debe tomar el bidón
En distintas zonas productivas todavía existen operadores informales que recorren los campos recuperando envases usados. Para CampoLimpio, la preocupación no pasa por una disputa comercial, sino por el destino que puede tener ese material.
“El nuestro es el único sistema oficial y el que entrega el certificado válido para la devolución de envases”, remarca Medina.
La organización trabaja junto con las autoridades competentes de cada provincia y, según el distrito, con policías ambientales o provinciales para detectar circuitos ilegales.
Cuando se identifica un operador informal, primero se busca explicar la normativa. Si la conducta continúa, se realizan las denuncias correspondientes. En los operativos, el material incautado que no puede recuperarse recibe tratamiento como residuo peligroso, mientras que aquel que se encuentra en condiciones puede volver al circuito de reciclaje.
El riesgo de la informalidad es que ese plástico termine precisamente donde la legislación busca evitarlo.
“Gran parte termina en bolsas camiseta y otra parte puede terminar en cucharas, juguetes u otros productos que pueden traer complicaciones”, advierte.

Una cuenta que todavía está lejos de cerrar
Medir exactamente cuánto plástico vuelve al sistema en todo el país todavía es complejo. Las provincias se incorporaron progresivamente y Argentina no cuenta con un sistema único de trazabilidad.
Sin embargo, Buenos Aires funciona como una referencia: allí el sistema opera desde 2019 y cuenta con la cantidad necesaria de Centros de Almacenamiento Transitorio (CAT).
Los números muestran el desafío. Aproximadamente el 50% de los productores devuelve sus envases y, de ese grupo, poco más de la mitad los entrega correctamente limpios y con triple lavados.
Es decir que, tomando esa referencia, apenas alrededor de una cuarta parte de los productores completa correctamente todo el proceso.
“La devolución es importantísima, pero también lo es el lavado”, insiste Medina.
La diferencia tiene consecuencias concretas. El plástico correctamente acondicionado puede reciclarse. Cuando no lo está, pierde esa posibilidad.
“Si no, lamentablemente termina teniendo una vida inútil en un horno pirolítico, a altísimas temperaturas, donde se funde y no vuelve a utilizarse. Y es una lástima porque es un plástico de muy buena calidad”.
Triple lavado: una práctica conocida que todavía presenta desafíos
El procedimiento está estandarizado desde hace años: triple lavado y perforado del envase.
Buena parte de las pulverizadoras modernas que trabajan en Argentina ya incorporan dispositivos que permiten realizar el lavado durante la propia operación e incorporar el líquido resultante al caldo de pulverización.
Pero todavía conviven máquinas nuevas con equipos más antiguos y aparece además una dificultad cotidiana: el tiempo.
Muchas labores están en manos de contratistas que necesitan cubrir una gran cantidad de hectáreas dentro de ventanas de trabajo acotadas. En ese contexto, los minutos necesarios para realizar correctamente el triple lavado pueden quedar relegados.
Para Medina, allí existe un desafío pendiente.
“Tenemos que seguir trabajando en la tecnología del triple lavado. No hubo grandes avances en los últimos tiempos y seguimos teniendo una tecnología bastante antigua conviviendo con maquinaria muy nueva”.

El productor que sí hace la tarea
CampoLimpio también fue identificando algunos rasgos entre quienes incorporaron la devolución como una práctica habitual.
Muchos comenzaron entregando el bidón sin lavar y, a partir de capacitaciones y campañas de concientización, entendieron la importancia de acondicionarlo correctamente.
Pero hay una característica que Medina destaca especialmente: el compromiso con la comunidad.
“Generalmente son productores que tienen algún vínculo con una escuela, una organización de la ciudad o del pueblo donde está su campo. Vemos un compromiso mucho más fuerte en términos ambientales, más allá del costo, la movilidad o el combustible necesario para trasladar ese plástico”.
También aparece una cuestión generacional. Aunque resulta difícil traducirla en estadísticas porque muchas veces el CUIT continúa a nombre de la generación anterior, en el territorio la diferencia se percibe.
“Cuando devuelven los envases muchas veces viene el hijo, la hija o la generación más joven. Hay en los jóvenes un movimiento mucho más práctico y cotidiano hacia este tipo de acciones”.
De todos modos, Medina no reduce la cuestión a la edad. El cambio también depende de comprender que devolver un envase no es simplemente una decisión individual: existe una responsabilidad con la comunidad y una legislación que obliga a hacerlo.
Del residuo a una nueva economía
Ahí vuelve a aparecer aquella oportunidad que muchas veces queda escondida detrás de un bidón vacío.
CampoLimpio trabaja directamente en territorio y las inversiones vinculadas con los CAT, los materiales y las campañas se realizan en las comunidades donde funciona el sistema. A mayor volumen recuperado, mayor es también el movimiento de esa cadena.
El plástico deja de ser únicamente un residuo para convertirse en materia prima, generar economía circular y crear empleos verdes.

Esa mirada es también la que llevó a Medina a elegir CampoLimpio cuando apareció la posibilidad de incorporarse a la organización.
“Es la gran satisfacción de trabajar acá. CampoLimpio convoca desde el aporte ambiental que uno puede hacer, desde el aporte a la comunidad y desde la construcción de conciencia ciudadana”, cuenta.
Y propone incluso cambiar el orden desde el que suele pensarse el problema.
“A nosotros muchas veces nos dicen que esta es una ley ambiental. Yo digo que primero es una ley de salud pública”.
Un envase que contuvo fitosanitarios y no recibe el tratamiento correspondiente puede representar un riesgo para las personas. Luego aparece su impacto ambiental y, finalmente, una dimensión productiva que cada vez gana más espacio.
“En el mundo se le fue encontrando la vuelta: los residuos también son generadores de economías, de mano de obra y de empleos”, sostiene.
Medina imagina incluso que modelos de gestión como CampoLimpio puedan extenderse a otras actividades, desde neumáticos y alimentos hasta la industria farmacéutica.
En el agro, mientras tanto, el desafío empieza por una acción concreta: lavar, perforar y devolver un bidón vacío por el circuito correspondiente.
Porque cuando eso sucede no solo se cumple con una obligación. Ese plástico vuelve a tener valor y el beneficio también queda en la comunidad que lo generó.






























