Cuando las lagunas de efluentes compiten con el suelo productivo

Un problema creciente en la región pampeana amenaza con transformar tierras de alta aptitud agrícola en espejos de agua estancada, con graves consecuencias sobre la fertilidad del suelo, el balance hídrico y la capacidad productiva del sistema. Por: Juan E. Kabusch. Especialista en Desarrollo de Proyectos Circulares y Sustentabilidad en circularworks by Montecor.  Mientras la […]

agosto 28, 2026

Un problema creciente en la región pampeana amenaza con transformar tierras de alta aptitud agrícola en espejos de agua estancada, con graves consecuencias sobre la fertilidad del suelo, el balance hídrico y la capacidad productiva del sistema.

Por: Juan E. Kabusch. Especialista en Desarrollo de Proyectos Circulares y Sustentabilidad en circularworks by Montecor. 

Mientras la agricultura argentina busca cada metro cuadrado para sembrar, miles de hectáreas quedan inutilizadas por lagunas de efluentes que crecen sin planificación ni criterios agronómicos.

Cada vez es más frecuente, en el paisaje rural argentino, ver extensiones de agua quieta, rodeadas por o cruzando alambrados, parecen lagunas naturales pero no lo son. Lagunas de efluentes, purines, drenajes o el destino final de los residuos líquidos generados en tambos, granjas de cerdos, industrias o colectores cloacales municipales. Su expansión presenta un dilema que interpela directamente a la agronomía: la ocupación y degradación de suelos de valor productivo, así como el desaprovechamiento de un residuo de alto valor fertilizante.

Un problema difícil de cuantificar pero de impacto creciente

Argentina no cuenta con un registro pormenorizado de la cantidad de lagunas de efluentes existentes, ni la superficie ocupada por las mismas. Sin embargo, hay referencias de algunos sectores que permiten bosquejar la dimensión de la situación y su impacto en el recurso suelo. En el noroeste de Santa Fe, zona lechera en expansión, el 56% de los tambos deriva sus efluentes a lagunas artificiales (sean impermeabilizadas y delimitadas o no), con sólo un 27% de los mismos realizando una gestión planificada de sus residuos líquidos. La cuenca lechera de Buenos Aires presenta una situación similar con 58% de los establecimientos volcando a lagunas sus desechos líquidos, sin gestión, valorización o aprovechamiento. (Fuente INTA)

La nota destacada, desde la mirada agronómica, es que la mayoría de los productores desconoce el volumen de los líquidos que genera y la carga de nutrientes que está perdiendo. Una Vaca en ordeñe puede generar entre 10 y 30 litros de efluente por día, dependiendo del tipo de sistema, procedimientos de limpieza y demás. Un tambo representativo argentino, de 250 Vacas en Ordeñe ronda los 10000 litros de líquido por día a ser gestionados, tratados y potencialmente aprovechados como enmienda. Toda una importante matriz de recursos aprovechables si la integramos con otros procesos pecuarios y agro industriales.1

"Una Vaca en ordeñe puede generar entre 10 y 30 litros de efluente por día"

El costo en superficie y en calidad del suelo

El problema no es sólo la existencia de las lagunas, sino que en su mayoría no se encuentran impermeabilizadas ni con los límites definidos, lo que incrementa el número de hectáreas que dejan de ser productivas por inundación y anegamiento o por contaminación a nivel freático. A esta pérdida directa, se le debe agregar el agua de lluvia sin cauces naturales o modificados por canales de drenaje, lo que deriva en acumulación en las depresiones del terreno. Se suman los problemas por generación de excesos hídricos o erosión de suelos, con impedimento en las tareas de siembra y la reducción de rindes para muchos cultivos

Además, una laguna mal diseñada o saturada por carga orgánica puede colapsar y en época de lluvias intensas desbordarse, aportando cargas orgánicas, contaminando lotes vecinos o cuencas de drenaje.

Un correcto dimensionamiento de las lagunas debe partir de un criterio ingenieril basado en dos variables: al área superficial lo fija una función de la carga orgánica del líquido y el volumen total de la misma, ligado al tiempo de retención esperado (según caudal diario) o fijado en normativa (por ej. Ley Provincial 9306 en Córdoba para Sistemas Intensivos de Producción Animal). Si la laguna no fue correctamente planificada y diseñada, los riesgos mencionados arriba no estarán cubiertos.

El deterioro de la capacidad productiva del suelo

Más allá de la superficie ocupada físicamente por las lagunas, el impacto solapado es el deterioro de la calidad del suelo en las áreas circundantes. Los efluentes pecuarios y cloacales contienen altas concentraciones de nitrógeno, fósforo, potasio, materia orgánica y patógenos. Cuando estos compuestos se acumulan en el suelo por encima de su capacidad de absorción, se producen procesos de saturación que alteran el equilibrio químico, físico y biológico del perfil.

El nitrógeno, presente en forma de amonio y urea, sufre procesos de nitrificación que generan ácidos y pueden acidificar el suelo, reduciendo la disponibilidad de otros nutrientes esenciales. El exceso de nitrógeno también puede lixiviarse hacia las napas freáticas en forma de nitratos, contaminando las fuentes de agua subterránea y haciendo que el agua de bebida para animales y personas supere los límites permitidos para consumo. El fósforo, por su parte, tiende a fijarse en el suelo en formas poco disponibles para los cultivos, pero cuando la concentración es alta puede desplazarse hacia los cuerpos de agua superficiales, generando procesos de eutrofización que afectan la calidad del agua y la vida acuática.

La materia orgánica, si bien es beneficiosa y esperada en dosis adecuadas, cuando se aplica en cantidades muy superiores a la capacidad de mineralización, genera condiciones de anaerobiosis que inhiben el desarrollo radicular y favorecen la proliferación de patógenos.

La relación carbono-nitrógeno de estos efluentes también influye en la dinámica del nitrógeno, y un desbalance puede inmovilizarlo temporalmente, reduciendo el rendimiento de la siembra siguiente.

Un desafío técnico que requiere soluciones integrales

El paradigma actual de producción busca revertir este panorama, poniendo a la tecnología al frente, con herramientas concretas para transformar las lagunas desde un pasivo ambiental en un activo productivo. La veta en la piedra, es dejar de pensar los efluentes como un problema y empezar a verlos como un recurso mal aprovechado, de alto valor nutricional para los cultivos y con gran potencial energético.

En primer lugar, los sistemas de tratamiento basados en la separación sólido-líquido permiten dividir el efluente en sus componentes, mientras más “temprano” se logra, más simple y eficiente será la gestión. La fracción sólida, rica en fibra y nutrientes, puede ser compostada y utilizada como enmienda orgánica, mejorando la estructura del suelo, aumentando la retención de agua y aportando nutrientes de liberación lenta. El sólido en superficie y no hundido en una laguna, es otro punto clave en la optimización del proceso (más fácil y económico). Pensar en soluciones dinámicas que puedan adaptarse a los cambios de realidad, reubicación, escalado y adaptación a nuevas condiciones, sin exagerados gastos en “Infraestructura muerta” son más claves a la hora de pensar en eficiencia. Grandes piletones de decantación, profundas cavas o canales en hormigón, quedarán en el cementerio de equipos cuando las condiciones del sistema productivo o del entorno sean modificadas, esa inversión se habrá perdido.

La fracción líquida, puede ser aplicada en dosis controladas a los cultivos, reemplazando total o parcialmente los fertilizantes sintéticos. Esta práctica, documentada en numerosos trabajos de investigación en Argentina, ha demostrado incrementos de rendimiento en cultivos hasta un 50%, cuando se aplica en dosis adecuadas y en el momento oportuno.

El análisis previo del efluente y del suelo, junto con la utilización de herramientas de diagnóstico, permiten determinar con precisión la dosis a aplicar y evitar excesos que puedan generar contaminación o desbalances nutricionales.

El monitoreo como herramienta de gestión

El monitoreo sistemático es un pilar fundamental de cualquier estrategia de solución. La tecnología satelital permite hoy mapear con precisión la ubicación, superficie y evolución de las lagunas de efluentes, identificar nuevas y controlar su crecimiento, detectar desbordes o filtraciones en tiempo real y predecir riesgos.

A nivel de establecimiento, el monitoreo debe incluir el análisis periódico de los efluentes (contenido de nutrientes, sólidos totales, demanda química de oxígeno, patógenos, etc.), el análisis de suelos en los lotes donde serán aplicados y seguir la evolución de los cultivos (rendimiento, contenido de nitrógeno en grano, incidencia de enfermedades). Este conjunto de datos permite ajustar las dosis y los momentos para evaluar el impacto de las prácticas de manejo sobre la productividad del sistema.

Políticas públicas y marcos normativos

Ninguna solución será efectiva sin un marco normativo que la promueva y sostenga en el tiempo. Se necesitan líneas de crédito blando o “verde” para que los productores puedan instalar sistemas de tratamiento, beneficios impositivos para quienes adopten tecnologías limpias, programas de capacitación técnica, sanciones claras y proporcionales para quienes no cumplan con las normativas ambientales, y un registro nacional de lagunas de efluentes que permita dimensionar el problema y evaluar las políticas implementadas.

Es fundamental que el Estado asuma un rol activo en la fiscalización y el control, no desde una lógica sancionatoria pura, sino acompañando al productor en una transición hacia prácticas sustentables (Económicamente rentables, Ambientalmente responsables y socialmente justas). Argentina tiene el conocimiento técnico y la capacidad productiva, sólo falta la decisión política de ponerlo en marcha y la voluntad de todos los actores involucrados para trabajar en conjunto.

El desafío

La actividad del campo en argentina representa un importante porcentaje de las exportaciones y es el motor de economías regionales, generando divisas, empleo y el retorno de la población a la ruralidad. Por otra parte, el crecimiento desordenado de las lagunas de efluentes (pecuario, industrial, o en los servicios municipales) está consumiendo un recurso estratégico e irremplazable: el suelo fértil. Y en tercer punto, el sistemático incremento global de las especies químicas y los fertilizantes sintéticos, incrementan los costos productivos.

Cada hectárea ocupada por una laguna de efluentes o anegada por falta de infraestructura es una hectárea que no producirá trigo, maíz o soja, en un contexto donde la demanda global de alimentos sigue creciendo y donde Argentina tiene la mirada permanente como proveedor de granos.

Pero el problema no es sólo la pérdida de superficie: es la degradación de la capacidad productiva, la contaminación de las napas freáticas, la alteración del balance hídrico y la pérdida de biodiversidad que comprometen la sustentabilidad de los sistemas.

Como todo problema tiene solución, es desde la tecnología y están al alcance: sistemas de separación sólido-líquido, sistemas de compostaje que transforman residuos en abonos orgánicos de alto valor, lagunas facultativas bien diseñadas que depuran eficientemente, y monitoreo satelital que sigue la evolución del proceso. El conocimiento técnico también: los principios de la fertilización orgánica, la dinámica de nutrientes en el suelo, la física del agua en el perfil, son algunas de las herramientas que permiten diseñar sistemas de manejo adaptados a cada realidad productiva.

Lo que falta es voluntad empresarial, inversión coordinada y un cambio de paradigma que supere la lógica del "problema" de las lagunas y haga foco en el “recurso” que no se aprovecha.

No se trata de elegir entre producción y ambiente, porque esa falsa disyuntiva solo lleva a solucionar el problema, gastando lo menos posible. Se trata de entender que una producción sustentable es la única viable, cada metro cúbico de efluente mal tratado o no tratado, son nutrientes y energía desperdiciados.

El desafío es interesante, porque la oportunidad es tangible y valorizable. Si la Argentina logra implementar una política integral de gestión de efluentes, con normativas claras basadas en criterios agronómicos, incentivos económicos que estimulen la adopción de tecnologías limpias, capacitación técnica continua y monitoreo sistemático, no solo recuperará hectáreas productivas, sino que surgirán economías de este “recurso” recuperado. 

El tiempo corre, y cada hectárea que se inutiliza o degrada es un paso atrás en el camino hacia un desarrollo genuino. Los productores, los municipios, el Estado nacional y las provincias tienen la responsabilidad compartida de abordar este problema con la urgencia que merece. La pregunta no es si se puede hacer, porque la respuesta es claramente afirmativa, sino cuándo comienza.