“El #Campo es una industria a cielo abierto”, la frase está gastada. No por eso es menos cierta. Si la lluvia de hace una semana sucedía 20 días antes, cuando faltaba levantar más del 70% de la campaña gruesa, hubiera sido una tragedia enorme. En apenas dos días cayeron 400 milímetros, lo que implica que cada hectárea tuvo que absorber 4.000.000 litros de agua. Mientras escribo esto muchos lotes de la provincia de Buenos Aires siguen inundados. Las zonas totalmente anegadas representan históricamente más de la mitad de la cosecha de granos del país y por 20 días no hubo quiebras masivas en el sector privado y se rompió la macroeconomía, 3 semanas nos separaron del infierno. Casi nadie se enteró. Tampoco fueron tapa del diario la pareja de puesteros de Rojas que falleció intentando salvar la hacienda a caballo, una desgracia totalmente evitable.
El país se empobreció mucho durante los 4 gobiernos kirchneristas, con un PBI per cápita declinante hace casi 15 años. Lo urgente se va devorando lo importante. Mitigar los impactos del cambio climático es responsabilidad del gobierno local y nacional. Nadie hizo nada, a nadie le importa.
Lo primero es asegurar que físicamente las lluvias excesivas no aneguen los lotes. Para esto las rotaciones de cultivos y la obra hidráulica para que el agua no llegue a los lotes cultivados son críticas. Inmediatamente luego, lo más importante es garantizar un rápido escurrimiento. Eso en la Pampa Húmeda no es nada sencillo ya que hay zonas que están por debajo del nivel del mar o con nula inclinación hacia el. Puesto de otra forma, el agua baja desde el centro del país (sobre todo las sierras cordobesas) pero “se detiene” en la provincia de Buenos Aires. A este frenazo natural se le suman terraplenes de trenes, las rutas (particularmente la 7 y la 9), los canales ilegales sin planificación centralizada, los legales mal mantenidos, la falta de reservorios y el eterno desaprovechamiento del Rio Salado, con su plan hidráulico incluido. La adecuación de toda esta infraestructura para “escurrir el agua dulce hacia reservorios para usarse en la seca y hacia el mar” es crítica.

El abandono en este sentido es total y al menos 2 millones de hectáreas están estructuralmente por debajo de su potencial para producir kilos de alimentos; no hay: a) inversión en infraestructura ni b) buenas reglas para el uso de la poca que hay. La distancia entre la realidad actual y un ideal es sideral, aunque paradójicamente no es tanto dinero: equivalen al 10% de las exportaciones del sistema de agronegocios de 10 años. Quizás el lector puede imaginarse un ejemplo muy cercano al productor agropecuario que pudo acumular una masa equivalente de recursos, que obviamente no se dedicaron a este fin.
En paralelo es imperativo mejorar la infraestructura financiera para mitigar el impacto en el bolsillo de todo el sistema de agronegocios cuando sucede el siniestro, y esa palabra nos remite a los seguros climáticos. Esto es mucho menos costoso. Actualmente en Argentina los seguros que ofrecen cobertura a la sequía o inundación son caros: no hay información y los costos de auditoría son altísimos. Los bancos no se involucran y no modifican la tasa de interés según el comportamiento de los productores, solo miran las garantías reales (la tenencia de tierra); prácticamente no hay incentivos. Obviamente aseguradoras y bancos estuvieron más ocupadas en reducir la exposición al riesgo inflacionario y a prestarle (en algunos casos de manera compulsiva) al Estado. Todo lo que no funciona tiene una explicación y el kirchnerismo suele estar siempre implicado.
Finalmente, y dado que los agronegocios y sobre todo la agricultura son críticos para las arcas públicas, en el año 2025 ya es curioso que el Estado no haya asegurado el monto que recauda de la cosecha de granos contra un imprevisto climático. Esto no es una quimera, el sistema de seguros agrícolas de México se utiliza para apalancar el presupuesto destinado a la emergencia agropecuaria que a su vez podría utilizarse para resguardar a la recaudación del riesgo climático.
Todos temas muy relevantes cuando más del 65% de las exportaciones de la economía argentina provienen del sistema de agronegocios, pero que lamentablemente son permanentemente sepultados por la coyuntura. Lo curioso, es que no es lo uno o lo otro, ni siquiera es primero lo urgente, después lo importante. Estamos saltando de lo urgente en lo urgente, porque nunca hacemos lo importante.































