Bailar la danza de la lluvia

Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria De todas las catástrofes medioambientales, la sequía es quien tiene la capacidad de modificar a gran escala un ambiente, muchas veces de manera permanente. Definimos la sequía como: una anomalía climatológica transitoria en la que la disponibilidad de agua se sitúa por debajo de lo habitual […]
febrero 1, 2022

Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria

De todas las catástrofes medioambientales, la sequía es quien tiene la capacidad de modificar a gran escala un ambiente, muchas veces de manera permanente. Definimos la sequía como: una anomalía climatológica transitoria en la que la disponibilidad de agua se sitúa por debajo de lo habitual de un área geográfica. Factor determinante del desarrollo humano, ha propiciado la movilización de pueblos completos y el declive de grandes civilizaciones, desde el Imperio Maya en México hasta la dinastía Tang en China.  

En tiempos bíblicos, la sequía se consideraba un castigo divino porque detrás de ella llegaban hambrunas y pestes. La falta de lluvia, fuente y sostén de la vida, era un azote que causaba mayúsculos estragos al pueblo de Israel y que fue documenta en el Antiguo Testamento por el profeta Jeremías. “Porque se resquebrajó la tierra por no haber llovido en el país, están confusos los labradores, cubrieron sus cabezas. Aun las ciervas en los campos parían y dejaban la cría, porque no había hierba. Y los asnos monteses se ponían en las alturas, aspiraban el viento como chacales; sus ojos se ofuscaron porque no había hierba”, (Jer. 14:4-6).

La flora y la fauna de una región se ven seriamente afectadas por la falta de agua y sus efectos más dramáticos se manifiestan en el deterioro de la calidad de vida de los habitantes y la alteración de las actividades económicas habituales. Sin embargo, la complejidad del fenómeno propicia la creencia errónea de que después de una sequía severa, no ocurrirá otra igual o de mayores proporciones. Aquellas que afectaron seriamente las cosechas de grandes países productores serán por siempre recordadas. La tierra reseca; los cultivos moribundos; la hacienda delgada y cansada de caminar que busca en vano algo para comer, los rostros estoicos de los productores mirando el cielo en busca de nubes que traigan la tan ansiada lluvia… Alguna sequías se vuelven míticas y llevan nombre propio, como la Dust Bowl de los años 30 en Estados Unidos o nuestra Gran Seca que tuvo lugar entre 1827 y 1832. ¿Cuán preparados estamospara afrontar sequías de esas magnitudes?

Y qué sucede con las sequías que afectan pequeñas regiones, que no son tapa de los diarios pero que inciden negativamente en la vida de sus pobladores?

Amenaza Fantasma

La vulnerabilidad a la sequía tiene correlación inversa con el grado de desarrollo social y económico de las áreas afectadas. Cuanto más pobre es un país, menores son los medios económicos y estructurales para afrontarla. En los países de menor desarrollo, una sequía es sinónimo de hambre, desastre humanitario y multiplicación de la pobreza. En ese contexto, los grupos marginados como las mujeres y niñas se ven mucho más expuestos a las consecuencias de este tipo de adversidades.

Las mujeres que viven en zonas afectadas por la sequía, frecuentemente se ven amenazadas por un aumento de las tasas de relaciones sexuales transaccionales y matrimonio infantil. En algunos sectores de África Subsahariana, donde la pérdida de cosechas esta íntimamente relacionada con la escasez de alimentos, las mujeres que trabajan en agricultura se ven obligadas a prostituirse para sobrevivir. Como consecuencia, en esta región las mujeres de entre 15 y 24 años tiene más del doble de probabilidades que los hombres del mismo grupo etario de ser HIV positivas. Al mismo tiempo, la salud materno infantil se ve amenazada por enfermedades transmitidas por vectores – como la malaria, el dengue y el zika- que están relacionadas con abortos espontáneos, nacimientos prematuros y defectos congénitos. Así mismo, las temperaturas elevadas y la falta de agua se traducen en un aumento de la mortalidad neonatal.

El acceso limitado al agua en ocasiones provoca que las mujeres se vean obligadas a caminar entre 2 y 6 horas al día en su búsqueda.

Tener que destinar más tiempo y energía para encontrar agua significa que no tienen tiempo suficiente para completar sus otras responsabilidades domésticas y familiares, lo que genera un aumento en las tasas de violencia doméstica. Por último, prolongados períodos de sequía menoscaban tanto la producción de alimentos como su calidad. Esto tiene graves consecuencias para la seguridad alimentaria ya que muchas personas no tienen más opción de reducir la variedad de alimentos que consumen, agravando las tres principales causas de muerte infantil: la diarrea, la desnutrición y la malaria.

“El número de mujeres amenazadas por el impacto de las sequías evoluciona lentamente conforme avanza el cambio climático, una crisis que se agrava sin acaparar los titulares de prensa pero que no puede pasar desapercibida a nuestros ojos”

¿Castigo Divino?

La sequía económica esta relacionada con los efectos de pérdida de ingresos y productividad en aquellas actividades cuyo insumo principal es el agua. La economía se ve afectada directamente por el grado de dependencia del recurso y de su importancia como insumo en los procesos productivos. En nuestro país, donde casi el 25% del PBI se explica por el aporte de las cadenas agroindustriales, una sequía prolongada podría generar el colapso de la economía. La grave sequía que sufrió el país a principios de 2018 generó una caída del PIB del 2,5%, junto con la conmoción financiera y la depreciación del peso que se produjo a partir de abril de ese año. La recesión comenzó en el segundo trimestre, cuando la producción agrícola cayó 32% anual.

Según un informe del Banco Mundial del año 2021, los impactos macroeconómicos de las sequías han resultado ser muy costosos para la economía argentina e incluso podrían serlo mucho más en el futuro si las sequías inducidas por el cambio climático reducen los rendimientos agrícolas más severamente y con más frecuencia que en el pasado. ¿Cómo nos preparamos para este futuro incierto? Si la “maldición de los recursos naturales” indica que los países con abundantes recursos naturales tienen un menor desarrollo económico y social que los países con menos recursos, nuestro castigo divino está estrechamente relacionado con las lluvias o la falta de ellas…

Frecuentemente, en los países menos desarrollados no es usual prepararse para la ocurrencia de sequías futuras, que en la actualidad más que un futuro incierto son una certeza. Una sociedad que no genera medidas de prevención frente a algo que no espera que suceda, se hace más vulnerable a sus estragos. Un desastre natural como la sequía puede tener un grave impacto en la producción local de alimentos, sus precios y los niveles de consumo.

Nuestra dependencia del sector agrícola para la financiación de las cuentas nacionales deja a merced de los caprichos del clima, no solo a los productores agropecuarios sino a la sociedad en su conjunto. En un contexto con sequías frecuentes, la disciplina fiscal se convierte en un factor muy importante para evitar que los impactos de las perturbaciones se acumulen. En tiempo de vacas gordas, guardar para cuando vengan las vacas flacas. Es tan simple como eso!

La danza de la lluvia

Si bien nuestras mujeres no ven hoy amenazados sus derechos en la misma magnitud que las mujeres somalíes, un creciente número de niñas argentinas se van asomando a un futuro incierto. Cuán preparadas llegan para afrontar las consecuencias de cambios en los patrones de precipitaciones? Cuántas de ellas tendrán los elementos para mitigar los efectos de una gran sequía? Podrán mantenerse alejadas ellas y sus hijos de los estragos de la hambruna y la pobreza extrema?

“La escasez de agua afecta aproximadamente al 40% de la población mundial y, según predicciones de Naciones Unidas y del Banco Mundial, la sequía podría poner a 700 millones de personas en riesgo de desplazarse para 2030”

No parece un riesgo inmediato para nuestra población pero qué sucedería en 20 o 30 años si una sequía que se prolongue por cuatro o cinco cosechas consecutivas azotara nuestras pampas? No se verían nuestra mujeres rurales forzadas a abandonar las zonas agrícolas para mudarse a grandes centros urbanos? ¿No se enfrentarían entonces a las amenazas de la concentración demográfica consecuencia de los medios de vida perdidos? ¿Y qué suerte correrían respecto a la cantidad y calidad de agua que consigan?

Nadie muere literalmente de sed, en ninguna parte del mundo. Pero cada vez más personas enferman a causa de agua contaminada, especialmente los niños. La vulnerabilidad de una comunidad a la sequía es más importante que la sequía en sí.

No dejemos a nuestras niñas libradas al azar ni bailando la danza de la lluvia. En un país que ya tiene 7,2 millones de niños y adolescentes en la pobreza, pensar en medidas fiscales para amortiguar los efectos de eventuales pérdidas de cosechas no parece descabellado sino una imperiosa necesidad. 

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