Por: Emiliano Huergo- General Manager Bioeconomía -@pirinchon

El maíz, es por lejos, el principal cultivo del planeta. Su producción global supera al trigo -su inmediato perseguidor- en casi 45%, un equivalente a 350 millones de toneladas. Apenas una pequeña fracción de las 1.100 millones de toneladas (aproximadas) que se producen cada año son consumidas por los humanos en forma de grano. El grueso, recibe algún tipo de proceso industrial. Por eso hablar de maíz, es hablar de bioeconomía.

La palabra maíz deriva de mahís, que significa en lengua taína ‘lo que sustenta la vida’. Un símbolo de la importancia de la especie en las culturas americanas. Su domesticación se logró hace unos 10 mil años en los valles de Tehuacán y gracias a su enorme capacidad de adaptación se expandió a lo largo de América, y posteriormente, luego de la llegada de los españoles, al resto del mundo.

El maíz fue la base alimenticia de casi todas las culturas precolombinas. Por eso es común encontrarlo en la mayoría de los platos tradicionales de cada país del continente americano. Lo disfrutamos en los tacos, enchiladas, quesadillas, locros, sopa paraguaya, tamales, humitas, y muchísimas comidas autóctonas más. Pero más allá de estos alimentos autóctonos, el maíz integra una enorme canasta de productos, que va desde elementos tan simples como el grano para la ensalada, hasta sofisticados productos como rejuvenecedores de asfalto para carreteras.  

La juntada

Durante miles de años, familias enteras participaban de la ardua tarea de la recolección de espigas de maíz. El juntador las iba guardando en las “maletas”, que eran unos cilindros de lona en cuya parte inferior se hacía de cuero para que resbale con más facilidad por los surcos. En la cabecera del lote, se ubicaban unas bolsas rastrojeras de yute, con hilado muy grueso, donde se vaciaban las maletas. Una vez que la bolsa se llenaba, un colono con la ayuda de un guinche la cargaba en una chata tirada por caballos y llevaba las espigas a su lugar de almacenaje. Generalmente, consistía en un silo de alambre llamado troja, que disponía de un sistema de aparejos tirado por un caballo, donde por la parte superior se vaciaban de a una bolsa por vez.

A medida que se iba necesitando, el maíz se desgranaba manualmente refregando una espiga con otra, o refregándolas contra herramientas manuales especialmente diseñadas. Durante la primera mitad del siglo XX, aparecieron las desgranadoras mecánicas, que llegaban al campo y separaban el grano de la chala y los marlos. El maíz se usaba para alimentar ganado y los marlos para cocinar. Tal era su importancia, que cuando aparecieron las primeras cosechadoras automotrices, a mediados de la década del 60, muchos productores se resistían a la cosecha mecánica, pues dejaban los marlos en el campo. Don Oscar Bava, un productor y contratista de Junín, que llevó a la zona una de las primeras cosechadoras automotrices, me contó una vez que tuvo que adaptarle un sistema de recolección de marlos, pues si no, no lo contrataban. Con el tiempo, la enorme diferencia de productividad de la mecanización, y la llegada de la garrafa al campo se impusieron y los marlos quedaron en los campos.

Biomasa

Hoy, 50 más tarde, las necesidades de energías limpias revalorizaron el valor de los rastrojos. La biomasa, en todas sus formas, ofrece la ventaja de que su energía puede ser gestionada. Es decir, que podemos disponer de ella cuando nosotros queremos y no cuando la naturaleza dispone, tal como sucede con el sol y el viento. Hay varios proyectos de importante magnitud con fines energéticos a partir del marlo y la chala de maíz. La forma más sencilla es su quema directamente en calderas, como lo hace la Aceitera Protoil en su planta de crushing de Manuel Ocampo. O también existe la alternativa de convertir la biomasa en biocombustibles.

El emprendimiento más emblemático en el uso de biomasa residual es el Proyecto Liberty en Iowa, EE.UU. Una planta diseñada para elaborar 100.000 m3 de bioetanol a partir de 285 mil toneladas de rastrojos de maíz. Lamentablemente, en sus 7 años de vida, la planta que demandó una inversión de casi U$S 300 millones no ha logrado producir ni la mitad de ese volumen. El principal motivo es el elevado costo logístico del transporte de biomasa.

Una lección demasiado cara para comprender que la transformación de los marlos debe realizarse in-situ. Y ese es el concepto aplicado por Seeds Energy en su emprendimiento de energía renovable en Pergamino, donde se concentran los semilleros para aprovechar el descarte de los marlos. Tengamos presente que en el maíz para semilla la cosecha se realiza en espiga, como en los viejos tiempos, salvo que ahora se utilizan potentes máquinas automotrices. En este caso, en lugar de bioetanol, se produce biogás, que luego se convierte en energía eléctrica para la red.

La bioenergía es el driver que viene dando sostén a la mayor producción de maíz. En EE.UU., responsable de más del 30% de la producción global, la industria de bioetanol representa el principal destino del maíz, absorbiendo casi el 40% de la producción total. Los productores ganaderos -que, asustados por la competencia en la demanda del grano dieron una fuerte batalla contra el bioetanol hace unas décadas – hoy se benefician de la burlanda, un alimento superador que sale de esta industria y que ha desplazado el 25% del consumo de maíz en nutrición ganadera. Durante la crisis del Covid, donde las plantas de bioetanol debieron cerrar por la caída en la demanda de combustible, tuvieron que adaptar sus dietas con insumos más caros, menos nutritivos y no disponibles localmente, lo que dificultó enormemente su logística. Lo mismo ocurrió con los productores de gaseosas y cerveza que utilizan el dióxido de carbono capturado en el proceso de fermentación para gasificar las bebidas. El CO2 es otro de los casos donde un producto renovable ha desplazado a su equivalente fósil.

Para los estadounidenses el consumo de productos locales resulta un tema central. Muchas de las destilerías son cooperativas de productores agropecuarios, que las construyeron para agregar valor localmente a su producción de maíz. Bajo este enfoque, Syngenta, uno de los semilleros líderes, ha desarrollado una tecnología donde se incorpora la enzima alfa-amilasa al a la semilla de maíz, que luego se trasmite al grano. La alfa-amilasa es un insumo necesario para la elaboración de bioetanol que se produce en otras latitudes. El productor recibe un premio en el precio del maíz por usar tecnología y así, el dinero, queda dentro de la comunidad. 

En Brasil, el maíz atraviesa un momento fenomenal. El país vecino lleva adelante una política de biocombustibles muy agresiva, donde el bioetanol representa el 45% de la venta de gasolina. Históricamente, el biocombustible se elaboraba solamente a partir de la caña de azúcar. Hace seis años surgió la primera planta para elaborar el combustible a partir del maíz. Pocos meses después, un ingenio adaptó su destilería para procesar también el grano fuera del período de zafra, es decir entre los meses de noviembre y abril. Tengamos en cuenta que la caña de azúcar no puede almacenarse, por lo que debe molerse inmediatamente después de cortada. Esto provoca que las destilerías permanezcan un largo tiempo fuera de servicio. Por eso son muchos los ingenios que están en proceso de convertir sus plantas al sistema dual, tal como se lo conoce. De cero en 2013, se espera que este año la producción de bioetanol supere los 2,5 millones de metros cúbicos, un tercio del consumo de gasolina en Argentina, y a 8 millones en 7 años. Un volumen que demandará 25 millones de toneladas.

Panorama local

En Argentina, alrededor de la producción de bioetanol se ha desarrollado clúster de bioindustrias con un fuerte acento en la economía circular y la producción sustentable. Pero también ha sido un hub de innovación en negocios. Por ejemplo, 50.000 productores participan de forma indirecta de la planta de ACABio, que luego de la ampliación que está llevando a cabo se convertirá en la mayor del país. Los productores pertenecen a 62 cooperativas asociadas a ACA, la cooperativa de cooperativas que se ha convertido en el mayor operador de granos del país.

Bio4, una de las primeras empresas que construyó una refinería de maíz, surgió de la asociación de 25 productores agropecuarios que se juntaron para hacer un proyecto de escala y competir de igual a igual con las grandes empresas del sector. Pegado a la destilería instalaron Bioeléctrica, sumando nuevos socios, donde generan electricidad a partir de los efluentes de la destilería. El calor residual de bioeléctrica vuelve a Bio4. Los socios cuentan con Bio5, un feedlot que se alimenta de la burlanda y que envía el estiércol a la planta de biogás. El ciclo se complementa con la producción de biofertilizante a partir de los barros de la bioeléctrica, que vuelven al campo para potenciar la producción de maíz. Una calesita de economía circular.

Un modelo similar se repite a baja escala en cinco establecimientos. La empresa de ingeniería de producción de alcohol sanitizante y bebidas espirituosas Porta ha desarrollado una tecnología de producción de bioetanol y burlanda para instalar dentro de un establecimiento ganadero. El esquema compensa la menor eficiencia en la escala por una eficiencia logística. Ni el maíz ni la burlanda salen del establecimiento. El ciclo ideal se cierra con biogás, como es el caso del establecimiento Las Chilchas en Villa de María del Río Seco, Córdoba.

El potencial para seguir creciendo en biocombustible es enorme. Con tan solo la mitad de las exportaciones se podría producir el bioetanol suficiente para abastecer la totalidad de la demanda de gasolina del país. Y aún así, nos queda muchísimo maíz para elaborar productos para el incipiente mercado de los materiales de origen biológico.  Asfaltos, polietileno, y varios plásticos derivados del ácido poliláctico, que se obtiene a partir del almidón de maíz, ya son una realidad.  Las propiedades biodegradables de esta molécula han captado la atención de gigantes como Reebok, que ha desarrollado una línea de zapatillas biodegradables.

Datos curiosos

Antes de cerrar, le quiero contar que los misiles Tomahawk de la marina norteamericana usan combustibles hechos con maíz. Y que el whisky escocés y el irlandés también se producen con maíz. Le juro que no se me fue la mano con el Bourboun. Sólo me tomé un fernet con coca y un vaso de cerveza, mientras degustaba unos pochoclos y unos palitos fritos de maíz. Si quiere vénganse, lo espero. Pero eso sí, cuando llegue, le desinfecto las manos con alcohol en gel.

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