Por: Lic. Cecilia Vignau – Licenciada en Administración Agropecuaria

Tenía aproximadamente 14 años cuando me topé de curiosa, con las teorías maltusianas.  Fue en mi etapa de futura paleontóloga que me desvelé por las extinciones masivas que ocurren cada cierto tiempo en la tierra y venía investigando posibles formas de acabar con la humanidad. Erupciones volcánicas en el cinturón de fuego del Pacifico; meteoritos; inviernos nucleares… hambruna.

Thomas Malthus fue un clérigo anglicano, miembro de la Royal Society, que vivió durante la Revolución Industrial. Demostró que la capacidad de crecimiento de la población responde a una progresión geometría, mientras que el ritmo de producción de alimentos lo hace en una progresión aritmética.  En 1798, en su Ensayo sobre los Principios de la Población, estableció que pese al progreso de la tecnología agrícola, el crecimiento poblacional neutralizará el aumento de producción sumiendo a la mayor parte de la humanidad en la miseria y el hambre. De esta manera, la “catástrofe maltusiana” pronosticó que para el año 1880, la crisis alimentaria podría resultar en la extinción de la especie humana. Para evitarlo, propuso el control masivo de natalidad y la eliminación de los pobres.

En la época de Malthus, la población mundial no llegaba a 1000 millones de habitantes. Armó su teoría con una predicción de incremento poblacional de tan sólo el 52%.

Casi 100 años después de la fecha propuesta para el cataclismo, el 11 de julio de 1987, el mundo alcanzaría los 5000 millones de habitantes. La población mundial se había multiplicado por 5 en menos de 200 años, con dos guerras mundiales incluidas. ¿Qué pensaría si nos viera hoy?  Sólo 33 años después, 7800 millones de seres humanos habitan el planeta y 1700 millones más lo harán en 2030. Y pensamos alimentarlos a todos!

Tal vez nos preguntaría cómo lo logramos sin perecer víctimas de la inevitable falta de alimentos.  

Bueno, no fue esterilizando a las mujeres Thomas…

Oro Verde

Conocida a principios de siglo como “arveja peluda”, Glycine Max no tenía ninguna aceptación entre los productores argentinos. La gran cantidad de fracasos en sus intentos de producción la convirtieron en un cultivo tabú.  No fue hasta la aparición de los trigos ciclo corto y la tecnología RR que la soja se convirtió en la reina de las oleaginosas.

Actualmente se producen en el mundo 362 millones de toneladas de poroto de soja. Cada grano esta compuesto por: 36% proteína, 19% aceite, 9% carbohidratos solubles, 19% fibra, 4% minerales y 13% de humedad. Y en la proteína radica su secreto.

La Asociación de Cadenas de la Soja (ACSOJA) indica que dada la versatilidad del producto, la soja puede ser utilizada en la elaboración de productos de consumo, ingredientes y productos intermedios, y productos industriales.

A la alimentación humana directa tradicional como leche de soja, salsa de soja, tofu y miso se le suman los derivados de uso comestible que se utilizan como agregados a productos alimenticios. Es el caso de la lecitina de soja y el aceite vegetal.

Respecto de la nutrición animal, las harinas de soja se utilizan en la producción ictícola, aviar, porcina y vacuna. Convirtiendo proteína vegetal en proteínas animales que permiten una alimentación de mejor calidad. Además la harina de soja forma parte de la mezcla en alimentos balanceados para mascotas. El 90% de nuestra producción se convierte en harinas que se exportan con estos fines.

Pero la soja es mucho más que un alimento…

Los usos industriales de la lecitina de soja incluyen: pegamentos, recinas, lubricantes, detergentes, pesticidas, desinfectantes…y  podría llenar una página. Por favor entren a la web de ACSOJA y lean esa parte que es una cosa de locos!

La industria oleoquímica es hoy el gran desafió ya que se pueden fabricar espumas; tintas y solventes amigables con el medio ambiente.

El biodiesel, combustible sintético producido de aceites vegetales es libre de azufre y altamente biodegradable. Hasta se puede fabricar de aceites reciclados. Prepare unas frituras y cargue el tanque de su camioneta con la misma soja. Parece ciencia ficción pero no lo es.

Cuentos populares

El 31 de Marzo de 2008, la entonces Presidente de la Nación se refirió a la soja como “…prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo de cuidado especial”  Es una sola oración, desnudó el desconocimiento que el gobierno tenía en ese entonces de una industria que ese mismo año explicó el 2,8% del PBI nacional.

Y lo remató con “No es del gusto de los argentinos ni forma parte de su dieta”. Una descalificación bastante común entre cierta porción de la población urbana que se enorgullece de “no comer soja” hasta que alguno de nosotros le pregunta si están seguros y los anima a mirar las etiquetas de los productos que consumen. Porque la soja está, aunque no la veamos, en 1018 productos que podemos encontrar en una visita al supermercado.

El mito de la sojización viene de la mano del glifosato, que a pesar de ser un producto Clase IV en la categoría toxicológica, es catalogado como el veneno más nocivo que enfrentaron los seres vivos. Hasta inventaron la palabra agrotóxico para definirlo! Y si bien desaparece en contacto con el suelo sin efectos residuales, una amiga porteña una vez me dijo “Donde crece la soja no crece nunca nada más”. Todos los años, los maíces que producimos en la empresa donde trabajo, crecen en lotes que vienen de soja. Y ella no es más mi amiga.

La soja es también culpable de la deforestación y las inundaciones. Nunca olvidemos que un suelo con soja infiltra menos agua de lluvia que una selva. Porque todos sabemos que la Pampa Húmeda era un bosque frondoso antes que los sojeros lo talaran. “La Pampa tiene el ombú… “ rezaba la cultura popular, pero la Pampa no tenía ni ombúes!

Pooles de siembra, monocultivo, fondos especulativos, agrogarcas, concentración de la tierra…todas esas palabras usadas como descalificaciones contra un cultivo del que depende el éxito de la humanidad. Contra un negocio que impulsa el sector más dinámico de la economía, generando 18 mil millones de dólares anuales sólo por exportaciones.

Un poco por ignorancia y otro mucho por agendas ambientalistas, se acusa a la soja de todos los males del mundo y a sus productores de asesinos.

Camino a la hoguera

Una alarmante cantidad de organizaciones no gubernamentales y gobiernos provinciales miran a la soja con recelo, buscando permanentemente maneras de impedir o prohibir su producción. Son la nueva inquisición.

Las “brujas” fueron mujeres que sabían curar enfermedades y conocían los secretos de la fertilidad  (Y si te vino a la mente la imagen de Claire Fraiser, ya nos entendimos) Representaban para las comunidades campesinas en las que habitaban, un poder incuestionable sobre la vida y la muerte. Cuánto mayor era la capacidad que tenían para practicar su arte, mayores eran las probabilidades de que los obispos las declararan hechiceras. Cuanto más querían hacer el bien, más se las acusaba de hacer el mal y más cerca de arder en la hoguera se encontraban.

Así como en el medioevo se persiguió; excolmulgó y castigó a las brujas, hoy se persigue; descalifica y castiga a la soja. Cada época eligió las palabras que mayor escándalo causaran en la población. Cada inquisidor creó un mito, lleno de publicidad engañosa y acusaciones infundadas que se trasmitió como cuentos infantiles a través del miedo. Y cada vez, el objeto de su acusación fue discriminado al extremo de anular el efecto benéfico que traía para la sociedad en su conjunto.

Las mujeres peleamos contra una cultura que nos quería sumisas y dóciles, ganamos alguna batallas que nos dieron el lugar que merecíamos como pilares de la humanidad. Nos costó siglos. La soja por su parte, lucha por reclamar el galardón indiscutido como promotora del desarrollo humano y guardiana de la seguridad alimentaria. Tiempo le sobra.

Lo cierto es que la bruja, lejos de ser una amenaza, sólo representaba un rompimiento con las normas que la sociedad había impuesto sobre su conducta. De igual modo la soja, irreverente, miró la catástrofe maltusiana a los ojos y le dijo: “No en mi guardia”

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