Mark Lynas, escritor y periodista británico, iniciador del movimiento anti-transgénico en los 90’, se presentó en la conferencia Oxford Farming arrepentido de sus propios argumentos.

Quiero empezar con algunas disculpas. Que conste, aquí y por adelantado, me disculpo por haber pasado varios años destrozando cultivos transgénicos. También lamento haber ayudado a iniciar el movimiento antitransgénicos a mediados de los años 1990 y, de ese modo, haber contribuido a demonizar a una importante opción tecnológica que puede utilizarse en beneficio del medioambiente.

Como ecologista y alguien que cree que todas las personas de este mundo tenemos derecho a una alimentación sana y nutritiva de su elección, no podría haber elegido un camino más contraproducente. Me arrepiento por completo.
Así que supongo que se estarán preguntando: ¿qué sucedió entre 1995 y el presente que me hizo no solo cambiar de opinión sino venir aquí y admitirlo? Bueno, la respuesta es bastante simple: he descubierto la ciencia y, en el proceso, espero, me convertí en un mejor ambientalista.

La primera vez que oí sobre la soja transgénica de Monsanto supe exactamente lo que pensaba. Aquí había una gran corporación estadounidense con un historial desagradable de seguimiento que ponía algo nuevo y experimental en nuestros alimentos sin decirnos. Mezclar genes entre especies parecía tan antinatural como ustedes pueden imaginar –aquí estaba la humanidad adquiriendo demasiado poder tecnológico, algo estaba obligado a salir tremendamente mal. Estos genes se esparcirían como una especie de contaminación viviente. Era toda una pesadilla.
Estos temores se extendieron como reguero de pólvora, y en pocos años se prohibieron los transgénicos esencialmente en Europa, y nuestras preocupaciones fueron exportadas por ONG como Greenpeace y Amigos de la Tierra a África, India y el resto de Asia, donde los transgénicos aún hoy están prohibidos. Esta fue la campaña más exitosa en la que he participado.
También fue un movimiento explícitamente anticiencia. Empleamos muchas imágenes de científicos en sus laboratorios cacareando demoníacamente mientras jugaban con los ladrillos de la vida. De ahí la etiqueta de los alimentos Frankenstein; eso estuvo absolutamente relacionado con los profundos temores de que los poderes científicos fueran utilizados en secreto para fines antinaturales. De lo que no nos dimos cuenta en ese momento fue que el verdadero monstruo de Frankenstein no era la tecnología transgénica sino nuestra reacción en contra de ella.

Para mí este ambientalismo anticiencia se hizo cada vez más incompatible con mi ambientalismo prociencia con respecto al cambio climático. Publiqué mi primer libro sobre el calentamiento global en 2004, y estaba decidido a hacerlo científicamente creíble y no simplemente una recopilación de anécdotas.
Así que tuve que respaldar la historia de mi viaje a Alaska con datos satelitales sobre el hielo marino, y tuve que justificar mis fotografías de glaciares en desaparición en los Andes con registros a larga plazo del balance de masa de los glaciares de montaña. Eso significaba que tenía que aprender a leer ensayos científicos; entender las estadísticas básicas e instruirme en campos muy diferentes, desde oceanografía hasta paleoclima, temas con los cuales mi título en política e historia moderna no ayudaba demasiado.
Me encontré discutiendo constantemente con personas que yo consideraba incorregiblemente anticientífica debido a que no querían escuchar a los climatólogos y negaban la realidad científica del cambio climático. Así que les daba lecciones sobre el valor de la revisión por pares, sobre la importancia del consenso científico y cómo los únicos hechos que importaban eran los publicados en las revistas científicas más distinguidas.

Mi segundo libro sobre el clima, Six Degrees (Seis grados), era tan científico que hasta llegué a ganar el premio a libros sobre ciencia Real Sociedad de Ciencias, y los científicos del clima con los que me había hecho amigo bromeaban con que yo sabía más sobre el tema que ellos. E, increíblemente, todavía en ese momento, en 2008, seguía escribiendo páginas y páginas en el Guardián donde atacaba a la ciencia de los transgénicos, a pesar de que no había realizado ninguna investigación académica sobre el tema y de que mis conocimientos personales eran bastantes limitados. No creo haber leído un ensayo revisado por pares sobre biotecnología o ciencias de las plantas ni siquiera a esta altura.
Obviamente, esta contradicción era insostenible. Lo que realmente me desconcertó fueron ciertos comentarios tras mi último artículo antitransgénicos de El Guardián. En particular, un crítico me dijo: “Así que te opones a los transgénicos porque te basas en que son comercializados por grandes corporaciones. ¿También te opones a la rueda porque la comercializa grandes compañías automotrices?”.
Así que hice algunas lecturas. Y descubrí que una por una mis queridas creencias respecto de los transgénicos resultaron ser un poco más que mitos urbanos verdes.

Había supuesto que aumentaban el uso de productos químicos. Resultó que el maíz y el algodón resistentes a las plagas requerían menos insecticidas.
Había supuesto que los transgénicos beneficiaban únicamente a las grandes compañías. Resultó que los productores obtuvieron miles de millones de dólares de beneficios ya que se necesita menos insumos.
Había supuesto que la Tecnología Terminator les robaba a los productores el derecho de guardar semillas. Resultó que los híbridos hicieron eso hace mucho tiempo y que las Terminator nunca sucedieron.
Había supuesto que nadie quería transgénicos. Lo que realmente ocurrió fue que el algodón Bt fue pirateado a India y la soja Roundup Ready a Brasil debido a que los productores estaban muy entusiasmados por utilizarlos.
Había supuesto que los transgénicos eran peligrosos. Resultó que eran más seguros y más precisos que el mejoramiento convencional mediante mutagénesis, por ejemplo, la ingeniería genética solo mueve un par de genes mientras que la cría convencional se mete con todo el genoma a manera de prueba y error.

¿Y qué sucede con mezclar genes entre especies no relacionadas? ¿El pez y el tomate? Resulta que los virus lo hacen todo el tiempo, al igual que las plantas, los insectos e incluso nosotros mismos, se denomina flujo genético.
Sin embargo, esto era solo el comienzo. Entonces, en mi tercer libro The God Species (Las especies de Dios) me deshice de toda la ortodoxia ambientalista desde el principio e intenté tener una perspectiva más amplia desde una escala planetaria.
Y este es el desafío que enfrentamos en la actualidad: para el 2050 tendremos que alimentar a 9 500 millones de personas mucho menos pobres (esperemos), con la misma superficie agrícola que usamos en la actualidad; utilizando una cantidad limitada de fertilizantes, de agua y de pesticidas; y en el contexto de rápido cambio climático.
Desmenucemos esto un poco. Sé que en una disertación del año pasado en esta conferencia, se trató el tema del crecimiento demográfico. Esta área también está rodeada de mitos. Se cree que los altos índices de fertilidad en los países en vías de desarrollo son el gran problema, en otras palabras, los pobres tienen muchos hijos y, por lo tanto, necesitamos planificación familiar o incluso algo drástico como políticas masivas de un solo hijo. La realidad es que la fertilidad promedio mundial se ha reducido a alrededor del 2,5 % y, si consideramos que el reemplazo natural es 2.2, esta cifra no está muy por encima de eso. Entonces, ¿de dónde se origina el crecimiento poblacional masivo? Surge debido a la disminución de la mortalidad infantil. Según Hans Rosling, ya nos encontramos en el “niño pico”. Es decir, alrededor de 2 000 millones de niños están vivos hoy y nunca habrá más a causa de una disminución en la fertilidad.

Sin embargo, muchos más de estos 2 000 millones de niños llegarán a la adultez y tendrán sus propios hijos. Son los padres de los adultos jóvenes del 2050. Ese es el origen de los 9500 millones de personas que se proyectan para el 2050

Entonces, ¿cuánto alimento necesitarán todas estas personas? Conforme a las últimas proyecciones, publicadas el año pasado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, se considera que el aumento de la demanda global será superior al 100 % para mediados de siglo. Esto reduce casi en su totalidad el crecimiento del PBI, especialmente en los países en vías de desarrollo.
En otras palabras, debemos producir más alimento no solo para mantenernos al día con la población sino debido a que la pobreza está siendo erradicada gradualmente, junto con la desnutrición generalizada que aún hoy significa que casi 800 millones de personas se acuestan con hambre cada noche. Y desafiaría a cualquiera de un país rico a decir que este crecimiento del PBI en los países pobres es algo malo.
Pero como consecuencia de este crecimiento tenemos graves desafíos ambientas que resolver. La conversión de tierras es una gran fuente de gases de efecto invernadero y, quizá, la mayor causa de pérdida de biodiversidad. Esta es otra razón por la que la intensificación es fundamental. Debemos cultivar más en una superficie limitada para salvar a las selvas tropicales y a los demás hábitats naturales del arado.

También debemos luchar con recursos limitados de agua, no sólo se están agotando los acuíferos, sino que también se espera que las sequías golpeen con mayor intensidad en los centros agrícolas de los continentes, gracias al cambio climático. Si tomamos más agua de los ríos, aceleraremos la pérdida de biodiversidad en estos hábitats frágiles.
También debemos hacer un mejor uso del manejo del nitrógeno: el abono artificial es esencial para alimentar a la humanidad, pero su uso ineficiente significa zonas muertas en el Golfo de México y en muchas zonas costeras de todo el mundo, así como la eutrofización de los ecosistemas de agua dulce.
No basta con sentarse y esperar que la innovación tecnológica resuelva nuestros problemas. Debemos ser mucho más activistas y estratégicos que eso. Debemos asegurarnos de que la innovación tecnológica se mueva mucho más rápidamente y en la dirección correcta para quienes más lo necesitan.

La desnutrición fue erradicada drásticamente y la India se convirtió en autosuficiente respecto de los alimentos, gracias a Norman Borloug y su Revolución verde.
Es importante recordar que Borlaug estaba tan preocupado por el crecimiento demográfico como Ehrlich. Simplemente creía que valía la pena intentar hacer algo al respecto. Él era una pragmatista, porque creía en hacer lo que era posible, pero también era un idealista, porque creía que todas las personas del mundo merecían tener suficiente alimento que comer.
Entonces, ¿Qué hizo Normal Borlaug? Se volcó a la ciencia y a la tecnología. Los seres humanos somos una especie que elabora herramientas, desde indumentaria hasta arados; la tecnología es principalmente lo que nos distingue de otros simios. Y gran parte de este trabajo se centró en el genoma de los principales cultivos domesticados.
Antes de que Borlaug muriera en 2009, pasó muchos años haciendo campaña en contra de quienes, por razones políticas e ideológicas, se oponían a la innovación en la agricultura moderna. Para citar: “Si los detractores logran detener la biotecnología agrícola, podrían realmente precipitar las hambrunas y la crisis de biodiversidad global que han estado prediciendo por casi 40 años”.
Y, gracias a las supuestas las campañas medioambientales difundidas desde los países ricos, estamos peligrosamente cerca de esta posición. La biotecnología no se ha detenido, pero ha sido prohibitivamente costosa para todos, excepto para las grandes corporaciones.
Cuesta decenas de millones de dólares hacer que un cultivo pase los sistemas regulatorios de distintos países. De hecho, las cifras más recientes que he observado de CropLife sugieren que cuesta USD139 millones pasar de descubrir un nuevo rasgo de cultivo a la comercialización plena, por lo tanto, la biotecnología del sector público o de código abierto no tienen ninguna oportunidad.
Existe una ironía deprimente aquí que los activistas antibiotecnología se quejan de los cultivos transgénicos que solo comercializan las grandes empresas cuando se trata de una situación con la que ellos han contribuido más que nadie.
En la UE, el sistema se encuentra paralizado, y muchos cultivos transgénicos han estado esperando una década o más para obtener la aprobación, pero son demorados permanentemente por la retorcida política local de los países antibiotecnología, como Francia y Austria. En todo el mundo, la demora regulatoria ha incrementado a más de 5 años y medio en la actualidad, en el 2002 era de 3.7 años. La carga burocrática está empeorando.

Recordemos que Francia por mucho tiempo se negó a aceptar la papa porque se importaba de EE. UU. Como dijo un comentarista recientemente, Europa está al borde de convertirse en un museo de alimentos. Nosotros, los consumidores bien alimentados, estamos cegados por la nostalgia romántica por la agricultura tradicional del pasado. Debido a que tenemos suficientes alimentos, podemos darnos el lujo de satisfacer nuestras ilusiones estéticas.
Pero al mismo tiempo, el crecimiento de los rendimientos a nivel mundial se ha estancado para muchos de los cultivos alimentarios importantes, como lo indicó una investigación publicada el mes pasado por Jonathan Foley y otros investigadores en la revista Nature Communications. Si no logramos poner el aumento del rendimiento de nuevo en marcha, realmente tendremos problemas para mantenernos a la par con el crecimiento poblacional y la consecuente demanda, y los precios aumentarán también a medida que más tierras se conviertan de naturaleza a agricultura.

Para citar a Norman Borlaug nuevamente: “Ahora digo que el mundo cuenta con la tecnología, ya sea que esté disponible o bien avanzada en la línea de investigación, para alimentar, de manera sustentable, a una población de 10 000 millones de personas. La pregunta más pertinente en la actualidad es si los productores agrícolas y ganaderos podrán utilizar esta nueva tecnología. Mientras las naciones ricas pueden obviamente adoptar posturas de riesgo ultra bajo y pagar más por los alimentos producidos por llamados métodos “orgánicos”, los 1000 millones de personas que sufren de desnutrición crónica en las naciones con bajos ingresos y déficit alimentario no pueden”.
Como decía Borlaug, quizá el mito más pernicioso de todos es el que la producción orgánica es mejor, para las personas y para el medioambiente. La idea de que es más saludable ha sido desestimada una y otra vez en la bibliografía científica. También sabemos, gracias a muchos estudios, que lo orgánico es mucho menos productivo, con rendimientos de hasta 40 % a 50 % inferiores en términos de superficie. La Soil Association hizo todo lo posible en un informe reciente sobre alimentar a la población mundial con productos orgánicos para no mencionar esta brecha de productividad.

Tampoco mencionó que, si tomamos en cuenta los efectos del desplazamiento de tierras, los productos orgánicos, en general, son probablemente peor para la biodiversidad. En cambio, hablan sobre un mundo ideal donde los occidentales comen menos carne y menos calorías en general para que las personas de los países en vías de desarrollo puedan tener más. Esto es un disparate simplista.
Si lo pensamos, el movimiento orgánico es, fundamentalmente, rechacista. No acepta muchas tecnologías modernas en principio. El movimiento orgánico esencialmente congela su tecnología de algún modo cerca de 1950, y sin ninguna razón mejor.
Y, sin embargo, ni siquiera aplica esta idea de forma consistente. Estaba leyendo en una revista reciente de la Soil Association que está bien acribillar las malezas con lanzallamas o freírlas con corriente eléctrica, pero los herbicidas benignos, como el glifosato, siguen siendo un algo muy mal visto porque son “productos químicos artificiales”.

En realidad, no hay ninguna razón por la que evitar los productos químicos podría ser mejor para el medioambiente, en realidad, es todo lo contrario. Estudios recientes realizados por Jesse Ausubel y algunos colegas de la Universidad Rockefeller analizaron cuánta superficie agrícola adicional los productores indios deberían cultivar en la actualidad usando las tecnologías de 1961 para obtener el rendimiento total de hoy. La respuesta es 65 millones de hectáreas, un área equivalente al tamaño de Francia.

En China, los productores de maíz se ahorraron 120 millones de hectáreas, una superficie equivalente al doble de Francia, gracias a las tecnologías modernas que producen rendimientos más altos. En una escala global, entre 1961 y 2012 la superficie cultivada creció solo 12 %, mientras que las kilocalorías por persona aumentaron de 2200 a 2800. Así que incluso con tres mil millones de personas más, todo el mundo tendría más que comer gracias a un aumento de la producción de 300 % en el mismo período.
Entonces, ¿de cuánta superficie en todo el mundo se ahorró en el proceso gracias a estas mejoras espectaculares en los rendimientos, para las cuales los insumos químicos desempeñaron un rol crucial? La respuesta es 3 000 millones de hectáreas, o el equivalente a dos Américas del Sur. No hubiese quedado nada de la selva amazónica hoy sin esta mejora en los rendimientos. Ni habría ningún tigre en India u orangutanes en Indonesia. Es por eso que no sé por qué munchos de los que se oponen al uso de tecnología en la agricultura se autodenominan ambientalistas.

Entonces, ¿de dónde viene esta oposición? Parece existir una creencia generalizada de que la tecnología moderna equivale a más riesgo. En realidad, existen muchas maneras muy naturales y orgánicas de hacer frente a las enfermedades y la muerte prematura, como lo demostró la debacle con los brotes de soja orgánicos de Alemania en 2011. Fue una catástrofe de la salud pública, con la misma cantidad de muertes y lesiones que las causadas por Chernóbil, debido a que la Estericia Coli probablemente procedente de las heces animales, infectó las semillas de los brotes de soja orgánicos importados de Egipto.
Un total de 53 personas murieron y 3500 sufrieron insuficiencia renal grave. Y ¿por qué estos consumidores elegían productos orgánicos? Porque creían que eran más seguros y saludables, y le tenían más miedo a los riesgos completamente triviales de los fertilizantes pesticidas químicos altamente regulados.

Si analizamos la situación sin prejuicio, gran parte del debate, tanto en términos de antibiotecnología como orgánicos, se basa simplemente en la falacia naturalista –la creencia de que lo natural es bueno y lo artificial no lo es. Es una falacia porque existen numerosas maneras de morir y de venenos completamente naturales, como podrían atestiguar los familiares de las personas que murieron por envenenamiento por Estericia Coli.
En cuanto a lo orgánico, la falacia naturalista es elevada a principio rector principal para todo un movimiento. Esto resulta irracional y se lo debemos al planeta Tierra y a nuestros hijos hacer algo mejor.
Esto no quiere decir que la agricultura orgánica no tiene nada que ofrecer. Existen muchas técnicas buenas que se han desarrollado, como el intercultivo y la siembra asociada, que pueden ser muy eficaces en términos ambientales, aún cuando tienden a emplear mucha mano de obra. Los principios de la agroecología, como el ciclado de nutrientes y la promoción de la diversidad en el campo, también deben tomarse más seriamente en todas partes.
Pero lo orgánico se interpone en el camino del progreso, cuando se rechaza la innovación. Muchos cultivos transgénicos de tercera generación nos permiten no utilizar químicos perjudiciales para el medioambiente debido a que el genoma del cultivo en cuestión ha sido alterado para que la planta pueda protegerse de las plagas. ¿Por qué eso no se considera orgánico?

Lo orgánico también se interpone en el camino cuando se utiliza para quitarles la elección a los demás. Uno de los argumentos más comunes en contra de los transgénicos es que los productores orgánicos se “contaminarán” con el polen transgénico y, por lo tanto, nadie debería poder usarlo. Por lo tanto, los derechos de una minoría adinerada, que se reduce en última instancia a la preferencia de un consumidor basada en la estética, acaba con los derechos de todos los demás a utilizar cultivos mejorados que podrían beneficiar al medioambiente.
Estoy totalmente a favor de un mundo de diversidad, pero eso significa que un sistema agrícola no puede pretender tener un monopolio de la virtud y esperar excluir todas las demás opciones. ¿Por qué no podemos convivir en paz? Esto es particularmente el caso cuando nos restringen a viejas tecnologías que tienen riesgos inherentes mucho más altos que las nuevas.
Parece como si casi todo el mundo tuviera que rendirle homenaje a lo “orgánico”, y cuestionar esta ortodoxia fuese impensable. Bueno, aquí me encuentro yo hoy para cuestionarla.

El mayor riesgo de todos es que no aprovechamos todas los tipos de oportunidades para la innovación por lo que es, en realidad, un poco más que un prejuicio ciego.

Permítanme darles dos ejemplos, ambos, lamentablemente, involucran a Greenpeace.
El año pasado Greenpeace destruyó un cultivo de trigo transgénico en Australia, por todas las razones tradicionales, con las cuales estoy muy familiarizado ya que lo he practicado yo mismo. Esta investigación fue financiada con fondos públicos y fue realizada por el Instituto de Investigación Científica de la Commonwealth, pero no importó. Se oponían porque era transgénico y antinatural.
Lo que pocos han oído desde entonces es que uno de los otros ensayos que se realizaban, que los activistas de Greenpeace con sus motosierras  por suerte, no lograron destruir, accidentalmente alcanzó un aumento del rendimiento del trigo de un 30 % adicional. Este conocimiento nunca se habría obtenido si Greenpeace hubiera logrado destruir esta innovación. Como sugirió el presidente de la NFU Peter Kendall, esto es análogo a la quema de libros en una biblioteca antes de que nadie los haya podido leer.

El segundo ejemplo proviene de China, donde Greenpeace logró desatar un pánico nacional en los medios diciendo que veinticuatro niños habían sido utilizados como conejillos de india en un ensayo de arroz dorado transgénico. No tuvieron consideración al hecho de que este arroz es más saludable y podría salvar a miles de niños de la muerte y de la ceguera relacionada con la deficiencia de vitamina A cada año.
Lo que sucedió es que los tres científicos chinos mencionados en el comunicado de prensa de Greenpeace fueron acosados públicamente y han perdido sus empleados desde entonces, y, en un país autocrático como China, se encuentran en serio riesgo personal. Internacionalmente, debido a un exceso de regulación, el arroz dorado ya ha estado aplazado por más de una década, y, gracias a las actividades de grupos como Greenpeace, es posible que nunca llegue a estar disponible para las personas de bajos recursos y con deficiencia de vitaminas.
En mi opinión, esto es inmoral e inhumano; privar a los necesitados de algo que podría ayudarlos no solo a ellos sino también a sus hijos por preferencias estéticas de la gente rica de muy lejos que no están en peligro de padecer escasez de vitamina A.

Greenpeace es una multinacional que obtiene USD100 millones por año, y, como tal, tiene responsabilidades morales como cualquier otra empresa grande.

Este año, además de repetir el ensayo de trigo, Rothamsted está trabajando en una oleaginosa de omega 3 que permitiría reemplazar a los peces silvestres en los alimentos por el salmón de criadero. Por lo tanto, esto podría reducir la sobrepesca al permitir que se utilicen materias prima terrestres en la acuicultura. Sí, es transgénico, así que esperemos que los antis se opongan a esto también a pesar de los potenciales beneficios ambientales evidentes en términos de biodiversidad marina.

Conclusión
No sé ustedes, pero yo tuve suficiente. Por lo tanto, mi conclusión hoy es muy clara: el debate sobre los transgénicos se acabó. Está finalizado. Ya no es necesario debatir si son seguros o no. Durante una década y media y tres millones de comidas transgénico consumidas, nunca ha habido un solo caso confirmado de daño. Es más probable que nos golpee un asteroide a que nos lastimemos con alimentos transgénicos. Más concretamente, han muerto personas por elegir productos orgánicos, pero nadie ha muerto por comer productos transgénicos.

Como hice hace diez años, Greenpeace y la Soil Association dicen guiarse por consenso científico, como sobre el cambio climático. Sin embargo, existe un consenso científico firme sobre los transgénicos, respaldado por la Asociación Estadounidense para el Avance Científico, la Royal Society, los institutos de salud y las academias de ciencia de todo el mundo. Aún así, esta verdad molesta es ignorada porque se opone a la ideología que tienen.


Espero que ahora las cosas estén cambiando. La maravillosa Bill and Melinda Gates Foundation recientemente donó USD10 millones al Centro John Innes para que comenzara a integrar las capacidades de fijación de nitrógeno en los cultivos alimentarios más importantes, comenzando por el maíz. Sí, Greenpeace, esto será transgénico. Supérenlo.

 

Pero si vamos a reducir el problema a escala global de la contaminación por nitrógeno y luego tener grandes plantas de cultivos que fijan su propio nitrógeno, es una meta digna.
Sé que es políticamente incorrecto decir esto, pero necesitamos una buena dosis caza-mitos a nivel internacional y una buena dosis de desregulación. Los agrónomos que conozco se llevan las manos a la cabeza cuando hablo de esto con ellos porque hay tantos gobiernos y tanta gente radicalmente equivocados a la hora de evaluar los riesgos sobre este tema y, en consecuencia, cierran las puertas a toda una serie de tecnologías tan vitalmente necesarias.
Norman Borlaug ha muerto, pero creo que honramos su memoria y su visión cuando nos negamos a ceder a las ortodoxias políticamente correctas cuando sabemos que son incorrectas. Hay mucho en juego. Si seguimos cometiendo el mismo error, las perspectivas de vida de millones de personas se verán perjudicadas.

Dicho todo esto, los reto a todos a cuestionar sus creencias en esta área y mirar si esas creencias siguen en pie después de un examen racional. Pidan siempre la evidencia científica tal como recomienda el grupo Sense About Science, y asegúrense de ir más allá de los informes auto-referenciados que circulan cuando las ONG llevan a cabo sus campañas.
Pero lo más importante de todo, los agricultores deben tener libertad para elegir qué tipo de tecnologías quieren adoptar. Los que piensen que las viejas costumbres son las mejores, que las usen. Están en su derecho.
A lo que no tenemos derecho es a interferir a los que tienen la esperanza de hacer las cosas de manera distinta, y posiblemente mejor -los agricultores que entienden las presiones de una población creciente y un mundo que se calienta- que el rendimiento por hectárea es la métrica ambiental más importante, que la tecnología nunca deja de desarrollarse, y que hubo un día en que incluso la heladera o la humilde papa fueron nuevas y aterradoras.
Así que mi mensaje al lobby anti-transgénico, desde los aristócratas británicos a de chefs famosos de Estados Unidos a los grupos campesinos de la India es la siguiente: tienen derecho a su opinión. Pero deberían saber a estas alturas que su opinión no está apoyada por la ciencia. Estamos llegando a una encrucijada, y por el bien de las personas y del planeta, ahora es el momento para que ustedes se quiten del medio y dejen que el resto de nosotros podamos alimentar al mundo de manera sostenible

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