El hydration break en la vida

Previo a lo que prometía ser un partidazo entre Argentina e Inglaterra, cuatro invitados y tres anfitriones nos reunimos una vez más en La Rural de Palermo para celebrar una nueva edición del Quincho de Horizonte A by Grupo GR. Por Lic. Juani Alaise – Horizonte A Mientras el predio ultimaba los preparativos para una […]

julio 23, 2026

Previo a lo que prometía ser un partidazo entre Argentina e Inglaterra, cuatro invitados y tres anfitriones nos reunimos una vez más en La Rural de Palermo para celebrar una nueva edición del Quincho de Horizonte A by Grupo GR.

Por Lic. Juani Alaise – Horizonte A

Mientras el predio ultimaba los preparativos para una nueva Expo Rural, nosotros nos disponíamos a vivir una de esas noches en las que el tiempo parece perder importancia y las conversaciones terminan marcando el ritmo de la velada.

Fuimos llegando de a poco. Juan Carlos y yo nos encontramos primero para ultimar algunos detalles y recibir a los invitados. Con las primeras copas de "UNO Malbec" de Bodega Antigal ya servidas y la mesa preparada, las charlas comenzaron incluso antes de ocupar nuestros lugares. Como suele suceder en cada Quincho, bastaron unos pocos minutos para que el ambiente adquiriera esa calidez que caracteriza a estos encuentros.

Invitados

Cuando todos estuvimos sentados, Juan Carlos dio comienzo a la primera dinámica de la noche: las presentaciones. Como anfitrión rompió el hielo hablando de Verónica, de sus hijos, de su querido River, de su pasión por el golf y de Lobos, el lugar donde nació. Fue una presentación suficiente para que todos entendieran rápidamente el espíritu del Quincho: dejar por un rato los cargos y los títulos para conocer a las personas.

La primera invitada en tomar la palabra fue Florencia Allub, Gerente Senior de Experiencia de Cliente y Excelencia Comercial de BASF. Florencia comenzó hablando de aquello que más la moviliza: su familia. Está casada con Juan Pablo, también integrante del mundo agropecuario, y juntos tienen cuatro hijas: una de ocho años y trillizas de seis. Entre risas confesó que ese había sido el mayor desafío y también el mayor disfrute de su vida.

Comunicadora social de formación, contó que durante mucho tiempo soñó con ser periodista hasta que una oportunidad laboral cambió el rumbo de su carrera y la llevó a BASF. "Me enamoré del agro", resumió. Hoy disfruta especialmente del liderazgo y del desarrollo de personas, acompañando equipos en un contexto donde todo cambia permanentemente. Más allá del trabajo, encontró en el deporte —gimnasia, yoga y tenis— su principal cable a tierra.

El siguiente en presentarse fue Marcelo Torres, presidente de Aapresid. Nacido en Martínez y criado en una familia que tenía campo en Brandsen, recordó que aquella explotación familiar se vendió prácticamente al mismo tiempo que él terminaba la carrera de Ingeniería Agronómica en la Universidad de Buenos Aires. "La familia crece y el campo no", resumió al explicar una realidad que muchos productores conocen de cerca.

La vida terminó llevándolo al sur bonaerense cuando conoció a Soledad, su actual esposa. Allí comenzó a trabajar junto a su suegro en una empresa familiar que, años más tarde, atravesó una profunda crisis. Lejos de detenerse, encontró una nueva oportunidad en Rural Ceres, donde desarrolló buena parte de su carrera profesional. En medio de la charla llegó una de las anécdotas más simpáticas de la noche: mientras Florencia había contado que era mamá de cuatro mujeres, Marcelo respondió que él y Soledad son padres de cuatro varones, despertando las risas de toda la mesa.

El tercero en presentarse fue Luis Pérez, director de ALZ Agro. Su historia comenzó lejos del campo. Nació en Hurlingham y durante su infancia el agro apenas aparecía en algunos viajes familiares. Sin embargo, un hecho tan simple como inesperado cambió el rumbo de su vida. Con apenas diez años recibió de regalo un banderín de una escuela agrotécnica con unas vacas y unas espigas de trigo. "Me encantó", recordó. Ese mismo día decidió que quería estudiar agronomía. Lo que parecía un comentario infantil terminó convirtiéndose en una decisión que marcó toda su vida profesional.

Hoy, después de más de cuatro décadas de matrimonio junto a Ana María, disfruta especialmente de una nueva etapa como abuelo. Habló con emoción de sus nietos y de cómo jugar con ellos lo conecta con el presente. "Cuando estoy con ellos me olvido de todo", confesó, dejando una reflexión con la que varios de los presentes se sintieron identificados.

El encargado de cerrar la ronda de presentaciones fue Alfredo Zeballos, Breeding Grupo GR y licenciado en Biotecnología. A diferencia de la mayoría de los presentes, reconoció que hasta los 27 años prácticamente no tenía ningún vínculo con el agro. "No sabía reconocer una planta de trigo ni una soja", dijo con total naturalidad. Su acercamiento nació de la curiosidad y tuvo como gran mentora a la reconocida investigadora Raquel Chan, quien despertó en él el interés por la genética vegetal.

Más adelante continuó su carrera en INTA Castelar, donde comenzó a trabajar junto a programas de mejoramiento genético de distintas empresas. Ese fue el puente definitivo que lo acercó al agro. También compartió parte de su historia personal: conoció a su esposa durante un curso de especialización, formó una familia con tres hijos y hoy vive en Pergamino, desde donde continúa desarrollando una carrera profundamente ligada a la innovación.

Charla, cena y dinámica de juego

Terminadas las presentaciones, las cartas llegaron a la mesa y cada uno eligió su plato para la cena. La mayoría coincidimos en el bife de chorizo acompañado de rúcula y, para el postre, nadie pudo resistirse al vigilante después de que Juan Carlos aclarara que en Barreto lo preparaban con fruta de verdad.

Luego de disfrutar la comida y de seguir conversando como si nos conociéramos desde hacía años, llegó el momento de una de las dinámicas más esperadas del Quincho: la elección de imágenes. Cada invitado debía escoger aquella con la que más se sintiera identificado en este momento de su vida. Sin proponérselo, todos terminaron hablando de lo mismo. Desde distintas edades e historias, apareció un denominador común: detenerse un instante para pensar cómo quieren vivir lo que viene.

La primera en elegir fue Florencia Allub, quien tomó la fotografía de una persona recorriendo una ruta en bicicleta con varias alforjas. "Estoy en un momento de reconversión", comenzó diciendo. Después de cumplir cuarenta años sintió que había llegado el momento de hacerse nuevas preguntas. Muchos de los sueños que alguna vez persiguió ya se cumplieron y ahora busca vivir una etapa más auténtica, menos enfocada en los resultados y más conectada con las emociones.

Ante una pregunta de la mesa sobre qué llevaba dentro de esas alforjas, respondió con una imagen que describió perfectamente su presente: "Llevo toda la experiencia de estos años y también los sueños que todavía quiero cumplir". Hoy esos sueños ya no pasan por ascensos o nuevos cargos, sino por acompañar el crecimiento de sus cuatro hijas y disfrutar mucho más del camino.

Marcelo Torres eligió la imagen de una persona sobrepasada por la cantidad de situaciones que debía resolver al mismo tiempo. Confesó que esa fotografía lo representaba plenamente. Después de varios meses recorriendo distintos países y participando de congresos y reuniones, sintió que había dedicado demasiado tiempo a responder las demandas de los demás y muy poco a escucharse a sí mismo.

Reconoció que atraviesa una etapa de transición. Quiere bajar el ritmo, recuperar tiempo para navegar y disfrutar del mar, aunque al mismo tiempo se pregunta si realmente sabrá convivir con una agenda menos intensa. "Después voy a extrañar la adrenalina", dijo entre risas, dejando una pregunta que resonó en toda la mesa: ¿qué hacemos cuando dejamos de correr?

El turno de Luis Pérez llevó la conversación hacia un lugar profundamente emotivo. Eligió una fotografía donde una pareja de abuelos compartía un momento con sus nietos y explicó que esa imagen representaba el presente que hoy intenta vivir. Recordó el problema de salud que atravesó el año pasado y cómo esa experiencia modificó por completo su forma de mirar la vida.

"Lo primero que uno se pregunta después de vivir algo así es cuál es realmente su futuro", reflexionó. Desde entonces aprendió a valorar la contemplación y las pequeñas cosas de todos los días. Contó que disfruta levantarse temprano, tomar unos mates mirando el jardín y, sobre todo, jugar con sus nietos. "Ellos me traen al presente. Mientras estoy con ellos me olvido de todo. Eso es profundamente sanador", resumió.

El encargado de cerrar la dinámica fue Alfredo Zeballos, quien eligió la imagen de un rompecabezas cuyas piezas comenzaban a encajar. Explicó que, al igual que Florencia, siente que los cuarenta marcan una especie de segundo tiempo. Después de muchos años dedicados a aprender y sumar experiencia, hoy busca algo distinto.

"Ahora quiero tener un propósito", afirmó. Más que seguir acumulando conocimientos, pretende que aquello que hace tenga un impacto positivo en la vida de otras personas. Como ejemplo compartió uno de los proyectos en los que trabaja junto a comunidades originarias, acompañándolas para producir sus propias semillas y fortalecer sus sistemas productivos. "Quiero sentir que lo que hago tiene significado", concluyó.

Mientras escuchaba a cada uno de los invitados no pude evitar encontrar un hilo conductor entre todas las elecciones. A pesar de sus distintas edades, profesiones e historias de vida, todos parecían estar haciéndose la misma pregunta. Ya no se trataba únicamente de crecer, producir o alcanzar objetivos. La conversación giró hacia otro lugar: cómo vivir con mayor autenticidad, disfrutar más el presente y encontrar un propósito.

El encuentro va llegando a su fin

A esta altura de la noche, se acercaba el café y la conversación siguió fluyendo sin necesidad de buscar nuevos temas. Habíamos empezado hablando de agro y terminamos hablando de la vida.

Quizás esa sea una de las cosas más lindas que tiene el Quincho. Uno llega pensando que va a hablar de trabajo y termina hablando de aquello que verdaderamente lo mueve. Los cargos quedan apoyados sobre la mesa junto a las copas de vino, y aparecen las personas.

Cuando nos levantamos para hacer la foto grupal, ya estaba claro que la noche había valido la pena. Las conversaciones continuaron algunos minutos más en la puerta del restaurante, como suele pasar cuando nadie tiene demasiadas ganas de despedirse.

La vida también tiene sus estaciones. Hay momentos para aprender, otros para construir, algunos para acelerar y otros para detenerse un instante y preguntarse, simplemente, cómo queremos seguir el camino. Esa noche entendimos que nunca es tarde para hacerse esa pregunta.

Hasta el próximo Quincho de Horizonte A, by Grupo GR.