Lic. Florencia Sambito p/ Horizonte A

fsambito@hotmail.com

¿De cuántas infamias se compone un éxito?

Honoré de Balzac

VivianMaier_-NewYork-

Casi un obligación escribir sobre esta palabra durante un Mundial de Fútbol, aún a riesgo de que cuando se lea esta nota, el éxito no esté entre nuestros vocablos más usados.

El Niño llega para la nueva campaña y los expertos creen que cada vez hay más chances de que este fenómeno de lluvias abundantes se instale en el ciclo agrícola que se inicia. Más potencial exitismo que puede desvanecerse en el entretiempo que escribo y esto llega al lector.

Pero en todo caso, cabe preguntarse. ¿Por qué el éxito parece tan evanescente? La frugalidad y el éxito parecen no corresponderse y sin embargo, todo depende del sentido que le demos a las palabras que usamos, una y otra vez.

Con origen en el término latino exitus– “salida”-, parece decirnos el éxito que ya hemos obtenido todo lo que esperábamos encontrar en determinado sitio, que ya podemos irnos… ¿quizás a buscar otro éxito? Cuando la cosa rinde todo lo que debería rendir, ¿vamos por más? Éxito y ambición parecen a veces sinónimos, sin serlo.

Pero entonces, La Real Academia Española (RAE) define al éxito como el “resultado feliz de un negocio”, por lo que, al final del día, deberíamos mirar la buena cosecha con cierto sosiego, cierta calma, cierta alegría, sin ansiedad.

Por supuesto que la noción de éxito es subjetiva y relativa. A menudo asociado con la victoria y la obtención de grandes méritos, el éxito es parte de nuestra vida casi cotidiana y, sin embargo, no se comparte con mucha gente. En la é de éxito parece estar inscripta la é de envidia, la é de exclusividad.

Puede ser un fin en sí mismo. La RAE también dice que el éxito es el fin o terminación de un negocio o asunto.

A la hora del postre, podemos decir que cada vez que nos proponemos algo y lo conseguimos, sea ascender en el trabajo, bajar de peso o ganar la lotería, somos exitosos.  Es cierto que la sociedad hace rato que se empeña en igualar el éxito a la riqueza  material y la fama. Pero el tamaño de nuestras expectativas y ambiciones no es una condición del éxito, sino mejor dicho, un escollo. Pues mientras más cerca esté nuestro deseo, mientras más inmanente sea, será mucho más simple el tránsito hacia su consecución, más consistente y tocable el disfrute, mientras tanto.

En la acepción del éxito que alude a la “buena aceptación que tiene alguien o algo”, se expresa la idea de que el mérito es “sobresalir”, “salir por encima de la competencia”, “salir de la oscuridad del anonimato“. Se impone la pregunta con éxito: ¿es lo mismo el éxito de Messi que el de la tía Marta en el casino? El valor del éxito es clave. La vara con que lo medimos habla de nosotros como personas, como sociedad.

Vale traer aquí la historia de Vivian Maier (1926-2009), casi que esta columna en sí, es una excusa para contarla. Y es que la de Vivian es una de esas historias dignas de la mejor de las películas de Hollywood. La que posiblemente sea una de las mejores fotógrafas urbanas de la segunda mitad del siglo XX, “sale de la oscuridad del anonimato”, gracias a una tremenda casualidad.

Nacida en Nueva York, de madre francesa y padre austro-hungaro, pasó su infancia en Francia y su juventud en Estados Unidos, donde trabajó durante cuarenta años como niñera. Extremadamente reservada, en sus días libres Vivian hacía fotos que luego celosamente escondía a los ojos de los demás. Llegó a realizar alrededor de 100.000 fotografías y películas caseras, principalmente de escenas cotidianas de Chicago y Nueva York, vidas invisibles de “la América de los 50-60´”, captadas con su Rolleiflex.

El legado fotográfico de Maier fue descubierto sin querer por John Maloof, en 2007. Mientras trabajaba en un libro sobre el barrio de Chicago Portage Park, asistió a una subasta y compró copias y negativos que provenían de un almacén declarado en quiebra por su dueña. Se encontró con un material tan bello que se apuró a comprar el otro lote que quedaba y ahora es el propietario de 150.000 negativos, cientos de rollos de películas caseras, cámaras fotográficas, todo el trabajo de Maier, en fin, uno de los más sorprendentes tesoros recién descubiertos de la fotografía contemporánea. Tan austera había sido en sus detalles, que Maloof no pudo averiguar prácticamente nada sobre su “descubierta” y Vivian murió en el anonimato.

Hacia el final de su vida, muy empobrecida, Maier vivió en la calle durante algún tiempo. Pero los niños que ella había cuidado en la década de 1950 la rescataron y proveyeron de hogar.

John Maloof, resume la forma en que la describen los niños que ella crió: “Era socialista, feminista, crítico de cine, y no tenía miedo de decir lo que sea. Llevaba una chaqueta de hombre, zapatos de hombre y un gran sombrero. Ella estaba constantemente tomando fotos que no enseñó nadie.”

Por eso, pensemos en voz alta: sin enterarse de ello, Vivian Maier ¿es más exitosa por que trasciende? Si es que ella quería guardarse su trabajo para sí, ¿no constituye lo que sucedió, un rotundo fracaso? Prefiero pensar que lo único que vale, lo que marca nuestro éxito cotidiano es simplemente pasarla bien mientras tomamos fotos, enajenados de la forma de nuestro arte, simplemente practicándolo.

 

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