Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria

Pienso que todos debemos recordar la primera vez que votamos. A mi me tocó hacerlo en un contexto menos politizado que el actual, el país parecía caminar sobre rieles y los adolescentes no estábamos pendientes de la política. Aquel 14 de mayo de 1995 llegué a las 8:30 am a la escuela en la que había estudiado toda mi vida para votar por primera vez.

Tenía 18 años recién cumplidos, estaba a punto de ejercer mi primer derecho como mujer adulta y como buena corajuda, me había presentado sola. Una mezcla de nervios y emoción que se vio empañada porque figuraba en la padrón bajo el nombre Celeste y las autoridades de mesa dudaron unos minutos mientras se consultaban entre sí. Voté igual porque el resto de los datos coincidían. El cuento de los años de trámites que me costó aparecer en el padrón con mi nombre verdadero lo dejamos para otro día.

Cuando estaba poniendo el sobre en la urna, las señoras de la mesa pidieron un aplauso y todo el recinto se unió en ese simple pero emotivo festejo de la democracia. Me fui caminando a la panadería, sin ser consciente de la importancia del acto que acababa de vivir ni de lo afortunada que era.

Para la mayoría de las mujeres en el mundo, poder votar o ser consideradas iguales que los hombres ante la ley son derechos básicos. Pero no siempre fue así. El sufragio femenino se aprobó por primera vez en Nueva Zelanda, en el año 1902. El último país en aprobarlo fue Arabia Saudita que no garantizó este derecho hasta 2011. En esa carrera de 109 años, pasaron mil cosas pero todas tuvieron un común denominador: mujeres valientes que se opusieron al orden preestablecido. Dos grandes tragedias impulsaron el sufragio femenino en Europa y otros lugares. Tras la pérdida de vidas durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, a las mujeres se les permitió participar en la reconstrucción de la sociedad de la que se habían estado ocupando mientras sus hijos, maridos y padres luchaban en el frente. Fue así como después de cada guerra mundial, un numero creciente de mujeres decidió conquistar derechos postergados.

“Este noviembre, nuestro país festejará el 70 aniversario de la primera votación nacional con participación femenina. Lo haremos justamente ejerciendo nuestro derecho a votar”

Todos los partidos políticos eran misóginos y muchos de sus líderes no estaban interesados en el sufragio femenino. Muchos hombres de la clase trabajadora tampoco tenían derecho a votar, así que no vieron la necesidad de ayudar a las mujeres a conseguirlo. Más aún, una gran parte de la población femenina tenía miedo de cambiar las cosas, no querían ninguna revolución. Pero también estaban las rebeldes, esas que decidieron dedicar parte de sus vidas a defender los derechos de las que todavía no habíamos nacido. Las llamaron sufragistas

Salir del armario

La lucha por los derechos políticos de la mujer se había iniciado en Francia, durante la revolución de 1789. Sus prota­gonistas denunciaron que la libertad, la igualdad y la fraternidad solo se referían a los hombres. En 1791 Olympe des Gouges redactó la Declaración de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Dos años más tarde murió en la guillotina. En 1804 el Código Napoleónico sometería a la mujer a una estricta autoridad masculina, frustrando por largo tiempo sus deseos de igualdad.

El movimiento sufragista volvió a surgir en Gran Bretaña 100 años después, durante la época victoriana. Hecho que no es casual ya que la Reina Victoria odiaba a las feministas y en especial a las sufragistas, a quienes consideraba particularmente peligrosas.

En 1870 expresó “Dejad que las mujeres sean lo que Dios quiso: una buena compañera para el hombre, pero con deberes y vocaciones totalmente diferentes. Si las mujeres se despojaran de sí mismas al reclamar igualdad con los hombres, se convertirían en los seres más odiosos, paganos y repugnantes, y seguramente perecerían sin protección masculina” Ideas de una mujer que reinaba el imperio más poderoso de la época, el que albergaba al 25% de la población mundial. Acaso fue Victoria una hipócrita? O su reino lo gobernaba Alberto?

“Quiero que cuando cerremos el sobre, recordemos a las sufragistas que nos trajeron hasta acá”

Lic. Cecilia Vignau

Convertirse en una sufragista inglesa implicaba tener el mayor de los corajes porque conllevaba un gran sufrimiento. Tus padres te podían repudiar, podías perder tu trabajo, tu esposo podía rechazarte y podías perder a tus hijos. Salir del closet como sufragista requería mucha fuerza y el valor de pelear por algo que ni siquiera tu reina apoyaba. Les decían que eran feas, hombres vestidas de mujer, gatas furiosas, mujeres sexualmente frustradas, lesbianas, y que sólo hacían esto porque les faltaba un hombre en su vida. Una chorrera de descalificaciones que sigue vigente, calcada en la actualidad cada vez que un grupo de mujeres sale a luchar por algo. Y si, entonces como ahora muchas estaban dispuestas a infringir la ley para conseguirlo. Fueron presas del contexto. Victimas de un sistema que las quería calladas y sumisas. Ciudadanas incapaces. Se acuerdan? Las mujeres niñas. Tal vez el derecho al voto las podría convertir en adultas.

Conquista tardía

Arden fogatas de emancipación femenina, venciendo rancios prejuicios y dejando de implorar sus derechos. Éstos no se mendigan, se conquistan”. Julieta Lanteri fue la primera mujer en ser incorporada al padrón electoral en América Latina. En 1911 los requisitos para empadronarse en Argentina contemplaban: ser ciudadano mayor de edad; saber leer y escribir; ejercer alguna profesión y tener domicilio en la ciudad de votación. Y Julieta los cumplía todos. El 26 de noviembre logró votar en la Ciudad de Buenos Aires. Luego de esto, se sancionó una ordenanza que prohibía explícitamente el voto femenino, con el argumento de que para empadronarse era necesario el registro del servicio militar. En 1912 llegó la Ley Saenz Peña que estableció el voto secreto y obligatorio, siendo los únicos habilitados para votar los hombres mayores de 18 años, nacidos en Argentina y residentes de las 14 provincias del país. Nuestro propio código napoleónico ahogando los deseos de participación política femenina.

Veintidós proyectos de ley fueron presentados y cajoneados tanto por gobiernos democráticos como de facto durante las tres décadas posteriores hasta que finalmente el 23 de septiembre de 1947, se promulgó la Ley 13010.

En su primer artículo establecía la igualdad de los derechos políticos de la mujer argentina respecto de los hombres. Fue una victoria en todo sentido ya que con el empadronamiento, la mujer obtuvo su Libreta Cívica, el documento que nos convertiría en adultas. En ciudadanas capaces. Una victoria que llegó tarde en comparación con otros países de similares características que Argentina, tanto a nivel regional como en el mundo.

Si bien Eva Perón no compartía la mayor parte de las ideas profesadas por el feminismo, se involucró de manera ejemplar en la cuestión sufragista, incitando a las mujeres a luchar por sus derechos. En uno de sus discursos más celebrados dijo “Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar”.

El 11 de noviembre de 1951, tras cuatro años de intensa campaña de empadronamiento, más de 3.500.000 de mujeres votaron en el país por primera vez en una elección histórica, donde resultaron elegidas 24 diputadas y 9 senadoras. Parece poco pero eran un montón!

“El derecho a poder elegir y ser elegidas fue el puntapié que nos permitió conseguir otros derechos, como la patria potestad compartida y el divorcio”

Elegir y ser elegida

El derecho a poder elegir y ser elegidas fue el puntapié que nos permitió conseguir otros derechos, como la patria potestad compartida y el divorcio. Derechos que las mujeres occidentales gozamos en gran mayoría hace rato. El derecho al voto parece ser incuestionable. Sin embargo, en ciertas partes del mundo, las mujeres se siguen enfrentando a dos tipos de obstáculos a la hora de participar en la vida política. Por un lado, existen barreras estructurales, creadas por leyes o instituciones discriminatorias que siguen limitando las opciones de las mujeres a la hora de votar. Por otro lado, algunas brechas de género implican que las mujeres tengan menores posibilidades que los hombres de contar con la educación, los recursos y los contactos necesarios para convertirse en candidatas.

Es necesario alentar una mayor participación de las mujeres susceptibles de ser marginadas, en particular las mujeres indígenas, las mujeres con discapacidad, las mujeres rurales y aquellas pertenecientes a minorías étnicas, culturales o religiosas. Ayudarlas a afrontar y eliminar los obstáculos que encuentran para acceder a la política, para ellas mismas y para las generaciones futuras.

Creo fervientemente en las palabras de Emmeline Pankhurst cuando dijo que si las mujeres hubiésemos tenido voto, como lo tenían los hombres, habríamos aprobado leyes igualitarias.

Tenemos una indudable capacidad como líderes y agentes de cambio. Es nuestro derecho, nuestra responsabilidad y nuestra obligación participar en la gobernanza democrática.

Este noviembre, nuestro país festejará el 70 aniversario de la primera votación nacional con participación femenina. Lo haremos justamente ejerciendo nuestro derecho a votar. Quiero que lleguemos a las urnas con la ilusión renovada, como esa primera vez que votamos siendo todavía muy jóvenes. Quiero que cuando cerremos el sobre, recordemos a las sufragistas que nos trajeron hasta acá. A las nuestras y a las de todo el mundo, a las que vieron los frutos de su lucha y a las que murieron en el intento. Nadie nos regaló nada, pero a ellas les debemos todo.

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