Lia Encalada: la primera ingeniera agrónoma de la Argentina

En los márgenes de la historia oficial del agro argentino existen nombres que abrieron caminos sin buscar protagonismo. Por Carlos Becco Entre ellas, muchas mujeres que, en silencio y con convicción, se animaron a ocupar espacios vedados y a ejercer la profesión con rigor técnico y compromiso social. Una de ellas fue Lía Encalada, la […]
febrero 25, 2026

En los márgenes de la historia oficial del agro argentino existen nombres que abrieron caminos sin buscar protagonismo.

Por Carlos Becco

Entre ellas, muchas mujeres que, en silencio y con convicción, se animaron a ocupar espacios vedados y a ejercer la profesión con rigor técnico y compromiso social. Una de ellas fue Lía Encalada, la primera ingeniera agrónoma de la Argentina.

Recibida en 1927 en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, en una promoción integrada casi exclusivamente por varones, Lía eligió llevar su saber allí donde más se lo necesitaba. Desde la Patagonia profunda su trabajo combinó ciencia, observación y cercanía con los productores, en tiempos en que el rol de la mujer en el agro era, cuanto menos, cuestionado.

En esta entrevista imaginaria me animo a recuperar su voz y su mirada con la intención que todos podamos conocer a Lia Encalada, no como una lejana figura de la historia, sino como una pionera cuyo legado es un aporte para los desafíos actuales del sector agropecuario argentino.


 Si bien yo fui la primera Ingeniera Agrónoma que pude ejercer mi profesión, la verdadera primera ingeniera agrónoma no sólo de Argentina sino de toda Latinoamérica, fue mi madre Ninfa Fleuri. ¿Sabías que ella se recibió como Ingeniera Agrónoma en la Universidad de la Provincia de Buenos Aires, actualmente Universidad de La Plata, en el año 1905, muy poco tiempo después que se abriera la carrera? Sin embargo, en aquella época, el título tenía carácter honorífico y solo se le permitía ejercer en la docencia, aunque hoy pueda parecer increíble, las mujeres no podían trabajar profesionalmente como ingenieras agrónomas.

Fue ella la que me transmitió el amor por la tierra y por el conocimiento. Siguiendo su ejemplo, elegí estudiar agronomía, pero en esta oportunidad en la ciudad de Buenos Aires. Poder recibirme y -en mi caso- poder ejercer profesionalmente me permitió completar el camino que abrió mi madre, algo que me hace sentir muy orgullosa.


 Fueron años exigentes. Fue, y creo que sigue siendo, una carrera difícil y yo era la única mujer entre muchos varones, lo que implicaba demostrar todo el tiempo que estaba a la altura. Yo no me preguntaba si era una carrera “para mujeres” o no. Para mí era imprescindible entender cómo producir mejor, cómo cuidar los cultivos, cómo acompañar a quienes trabajan la tierra. No siempre fue sencillo, pero sí muy estimulante. La agronomía es una ciencia profundamente práctica, y eso me apasionaba: ver cómo el conocimiento se aplica directamente en el territorio.

En lo personal lo viví con mucha alegría y alivio: había terminado una carrera difícil. Con el tiempo comprendí que no era solo un logro individual, sino una puerta que se abría para muchas otras mujeres. En aquel momento no se hablaba de género como hoy, pero sabía que cada paso tenía un peso simbólico. Lo que recuerdo es que mamá estaba profundamente orgullosa de mi logro y aquel día lloramos juntas un buen rato.[1]

Yo estaba convencida que para una ingeniera agrónoma joven, era uno de los lugares donde podía tener mayor impacto. Era una región en crecimiento, con enormes posibilidades productivas y muchas necesidades técnicas. El Alto Valle estaba consolidando su fruticultura y requería asesoramiento y mucho conocimiento de sanidad vegetal. Me interesaba estar donde la agronomía pudiera hacer la diferencia y allí pude comprobar que los productores estaban dispuestos a aceptar mi asesoramiento, aun viniendo de una mujer, si los resultados eran concretos.

(Ríe). Me dedicaba mucho al control de plagas y enfermedades en frutales, especialmente en perales y manzanos. Para muchos productores, que una mujer se pasara el día observando insectos, larvas y daños en los cultivos les resultaba curioso. Pero cuando empezaron a ver los resultados, el apodo se transformó en respeto.

Siempre entendí la agronomía como una profesión social. No se trata solo de rendimientos, sino de personas. Trabajé en educación rural, colaboré con cooperativas y acompañé procesos de organización productiva. El conocimiento debe circular, no quedarse encerrado en los libros.

La desconfianza inicial y ciertos límites impuestos por las costumbres de la época. A veces había que explicar dos veces lo mismo para ser tomada en serio. Pero también encontré productores y colegas que valoraban el trabajo bien hecho, más allá del género. Ellos me dieron fuerzas para seguir.

No lo puedo creer. Me sorprende profundamente ver a tantas mujeres ingenieras agrónomas, técnicas, productoras e investigadoras. El agro necesita diversidad de miradas, sensibilidad y rigor técnico. Cuando las mujeres participan plenamente, el sector se vuelve más justo y eficiente. Y, no te lo puedo negar, me siento muy orgullosa de haber aportado mi granito de arena.

Premios MRA

Si, estoy muy orgullosa por este reconocimiento. Espero que impulse a más mujeres a hacer realidad su vocación.

Que no duden de su capacidad y que se animen a desafiar el “status quo”. Que estudien, que se comprometan con el territorio y que no pierdan de vista que producir también es cuidar.  El campo es mucho más que una actividad económica: es cultura, es comunidad y es futuro.


[1] Esto es una licencia periodística. Como no disponemos de registros precisos de la fecha de fallecimiento de Ninfa Fleuri no sabemos si estaba viva al momento de la graduación de Lia. Otro dato que refleja también las limitaciones documentales que afectaron a muchas pioneras de su tiempo.

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