Por: Lic. Cecilia Vignau – Lic. en Administración Agropecuaria

Esta semana el ministro de Educación de la Nación reconoció que casi un millón de alumnos dejaron de estudiar en 2020, desnudando una realidad que todos sospechábamos pero el Gobierno se negaba a admitir: la desigualdad existente en materia educativa en nuestro país y que el abandono escolar es un fracaso institucional del sistema educativo. Con un día de diferencia, trascendió que el Gobierno decidió cancelar este año las pruebas Aprender. Sobre llovido, mojado. Se da por descontado que la suspensión de las clases presenciales durante todo el 2020 y parte del 2021 generará profundos déficit de aprendizaje, lo grave es que además ahora no sabremos cuáles son los contenidos que quedaron sin aprender ni cuán atrasados quedaron los programas.

Otra arista del cierre de los establecimientos educativos durante la pandemia es que cuando los adolescentes no van a la escuela, se ven privados de algo más que su educación: sus rutinas y su vida social. La falta de la estructura que brinda el horario escolar y la imposibilidad de socializar con compañeros de clase puede incrementar la cantidad de horas que los adolescentes pasan en la calle, privados de un ambiente de contención adecuado.

Cerrar las aulas implica condenar a millones de niños, niñas y adolescentes a exponerse a situaciones de violencia que se ven de alguna manera mitigadas cuando se encuentran en un ambiente de contención escolar. Y cuanto más tiempo permanezcan cerradas las instituciones educativas, menos probable es que los estudiantes de entornos más vulnerables regresen a clase. Los niños más desfavorecidos, entre los que se incluyen quienes tienen discapacidades cognitivas y físicas; los refugiados y migrantes; y las niñas en particular, se enfrentan a una exclusión aún más grave del proceso de aprendizaje.

“El cierre de aulas es realmente una catástrofe”

La catástrofe en números

“Nos enfrentamos a una catástrofe generacional que podría desperdiciar un potencial humano incalculable, minar décadas de progreso y exacerbar las desigualdades arraigadas”, advirtió el año pasado el Secretario General de las Naciones Unidas. Se calcula que cerca de 1600 millones de estudiantes alrededor del mundo se vieron afectados por la pandemia, con repercusiones inmediatas y de largo plazo que podrían convertir la crisis de aprendizaje en una calamidad irreparable.

Las proyecciones indican que casi 24 millones de estudiantes desde primaria hasta universidad podrían abandonar las clases a causa del impacto económico de la crisis sanitaria.

Es un hecho que el mundo post Covid-19 va a dejar fuera de juego a muchos jóvenes. Por cada adolescente que abandona sus estudios con 16 años o menos, eventualmente habrá un adulto condenado a no conseguir empleo o acceder a uno precario. En este contexto, según datos del Banco Mundial el cierre de las escuelas podría costarle a la región de América Latina y el Caribe hasta 1,2 billones de dólares en los ingresos presuntos de por vida de esos adolescentes que quedarán fuera del sistema económico al verse privados de la educación formal.

Argentina

En Argentina, una encuesta realizada por UNICEF y el Ministerio de Educación mostró que 1,3 millones de niños, niñas y adolescentes tuvieron poco o ningún contacto con sus maestros durante el encierro. Un escándalo.

Los datos pre pandemia indicaban que el 75% de las jóvenes argentinas menores de 24 que son madres tienen estudios insuficientes para su edad, habiendo abandonado la escuela durante o inmediatamente después del embarazo. Si ya les costaba permanecer dentro del sistema educativo cuando efectivamente tenían que asistir a clases, qué podemos esperar en este contexto tan adverso?

Este déficit en la educación adolescente agravará desigualdades que ya se ubicaban en niveles insostenibles, conduciéndonos a una sociedad peligrosamente segmentada y condenando a millones de mujeres a la inequidad y la pobreza.

Virtualidad y Campo

El cierre de escuelas afecta a todos los estudiantes, pero no todos se ven afectados por igual. Aquellos que viven en entornos más pobres o alejados de los centros urbanos tienen mayores dificultades para adaptarse al entorno de educación virtual o a distancia. En Argentina,  sólo la mitad de los hogares con estudiantes tienen acceso a internet de buena calidad o a una computadora disponible con fines educativos, algunos niños ni siquiera cuentan con un escritorio donde realizar sus tareas.

En el caso de las escuelas rurales, con excepción de las Escuelas mediadas por Tecnología de Información y Comunicación (TIC), no estaban preparadas con los recursos tecnológicos necesarios para encarar la educación virtual. Sumado a ello, la currícula de una escuela de formación agrotécnica necesita de la experiencia. Su riqueza radica en un plan de formación que integra muy bien lo teórico con lo práctico. Manejo de maquinaria agrícola, vacunación, tambo, huerta… todas tareas que son imposibles de enseñar desde la virtualidad. Cuando una escuela rural está cerrada se limita el derecho de sus alumnos a la educación de calidad. Ante la emergencia, se utilizó el WhatsApp para enviar y recibir tareas pero sostener la educación a distancia entre quienes no tienen acceso a dispositivos móviles y que muchas veces cuentan con un sólo dispositivo para toda la familia, es realmente muy complejo.

Las distancias a los centros urbanos representan un problema adicional, en gran parte de nuestro país es inexistente la señal de internet. Muchas escuelas eligieron entonces la distribución de cuadernillos que fueron alcanzados a los estudiantes en sus comunidades y se llegó incluso a usar la radio para hacer llegar los contenidos en un intento desesperado por que nadie se quede atrás.  Todo a pulmón. Escuela y padres defendiendo a capa y espada la educación de nuestros niños rurales. Docentes, estudiantes y familias hicieron posible la continuidad pedagógica frente a la adversidad. Una labor inmensa. Allí donde falló el Estado, hubo garra campera.

Cabe destacar también que en gran parte del país las escuelas rurales fueron las primeras en recuperar la presencialidad, gracias a la baja matrícula, sus espacios abiertos y su lejanía con zonas de alta exposición a contagios.

Educación, el Gran Igualador

Durante la cumbre del G7 que tuvo lugar en Inglaterra hace unos días, el Primer Ministro británico, Boris Johnson, dijo que la mejor la mejor manera de sacar a los países de la pobreza y liderar una recuperación mundial es invirtiendo en educación y, en particular, en educación de las niñas. Instó a los países miembro a honrar la Declaración de Charlevoix sobre la Educación de Calidad para las Niñas, Adolescentes y Mujeres en Países en Desarrollo.

Esta declaración que data del año 2018 es un esfuerzo valiente para cerrar la enorme brecha en torno a las necesidades de educación y capacitación de las adolescentes.

Cada año de educación adicional que recibe una mujer aumenta sus ingresos futuros entre 10 y 20%, dinero que será destinado a comprar alimentos, acceder a la atención médica y pagar la educación de sus hijos.

Países tan preocupados por la educación mientras que por casa seguimos debatiendo si las aulas pueden estar abiertas o no, con distritos que aún no recuperan la presencialidad y cancelando las pruebas Aprender. Correrán las pruebas PISA la misma suerte? Seguramente sí.

“No sólo tenemos las aulas cerradas, ni siquiera queremos saber cuál son sus consecuencias. Lo peor que podemos hacer es invisibilizar la catástrofe”

Será tal vez porque como decía el querido Tomás Bulat “Cuando se nace pobre, estudiar es el mayor acto de rebeldía contra el sistema. El saber rompe las cadenas de la esclavitud.” Tal vez, en nuestro país, el saber hoy este devaluado. Nuestra hijas  quieren estudiar para no quedar acorraladas por la pobreza y la ignorancia. No necesitan asistencia social, necesitan que abran las escuelas que les brindarán las herramientas para forjar sus propios destinos.

El acceso a la educación es crucial para todos. Pero la educación de mujeres, tan implicadas en la perpetuación de la especie humana y su supervivencia, es imperativa si queremos romper los ciclos existentes de pobreza, enfermedades, conflictos y crisis. Invertir en la educación adolescente es desatar una nueva fuerza imparable: la de millones de niñas y jóvenes decididas a cambiar el mundo. #AbranLasAulas

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