Por Lic. Cecilia Vignau -Licenciada en Administración Agropecuaria

No tengo demasiados recuerdos de mi tía paterna durante mi niñez, ella no fue una tía con la que uno se pudiera tirar al piso a jugar, ella era más de hablar… Tal vez la misión de la Madre Beatriz en mi vida era enseñarme que en el mundo había otros niños que no tenían una cama y comida caliente todos los días, que no todos éramos iguales y que las desigualdades matan. Porque después de todo, yo para jugar tenía otras tías. Mi tía Beatriz, a quien no conocí sin velo hasta hace pocos años, visitaba una comunidad en el Chaco donde enseñaban a las mujeres a tejer y asistían a los chiquitos con comida y medicamentos. De las historias que escuché recuerdo puntualmente mi asombro cuando me contó de un nene, con alto grado de desnutrición, que no podía comer 3 platos de comida por más hambre que tuviera. “Pero si tiene hambre tía y ustedes llevaron comida, porque no come?” Es que mi mente de niña no lograba comprender el daño que lípidos y proteínas le podían hacer a un cuerpo debilitado, mucho menos que la desnutrición no existía solamente en África como las imágenes de Biafra nos hicieron creer. Y lo curioso de la mente humana es que no me había acordado de la historia hasta que emprendí esta columna y buceando en la seguridad alimentaria me encontré con la malnutrición y sus nefastas consecuencias.

Hambre Cero es el segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible de la agenda 2030 elaborada por la Organización de la Naciones Unidas y tiene la misión de Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. En un mundo donde la inseguridad alimentaria afecta a 820 millones de personas, 135 millones de la cuales padecen hambre aguda, no parece tarea fácil.

Según la definición de la FAO, la seguridad alimentaria se da cuando todas las personas tienen acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente para satisfacer sus requerimientos nutricionales y preferencias alimentarias, y así poder llevar una vida activa y saludable.

Pareciera ser entonces que si bien el hambre propiamente dicho lleva 3 décadas de continuo descenso, garantizar la seguridad alimentaria de 8600 millones de personas en el año 2030 es una tarea bastante más ambiciosa y de las más importantes que enfrenta la humanidad.

 El hambre en los ojos del mundo

El 30 de mayo de 1967, una provincia nigeriana liderada por generales de la etnia igbo, declaró su independencia y se proclamó como la República de Biafra. La ventaja geopolítica de la nueva república descansaba en un puerto ubicado en el delta de Rio Níger y que proporcionaba salida al Océano Atlántico, asegurando la provisión de víveres. El bloqueo que impuso el ejercito federal nigeriano sobre ese puerto desencadenó una guerra civil de proporciones catastróficas, con una violencia inaudita y atrocidades que conmovieron al mundo entero. Si bien la guerra fue por el control de los ingresos provenientes del petróleo nigeriano, la violencia desatada por ambos bandos quemando campos y saboteando la llegada de ayuda humanitaria, sumió a la población en una hambruna desesperante en menos de 3 años.

Fotos de niños con la barriga hinchada por la desnutrición severa, y madres que acarreaban a sus hijos desnudos que quedaron “piel y hueso” dieron la vuelta al mundo, poniendo los ojos de occidente sobre el primer desastre humanitario que fuera tapa de todos los diarios. El profesor Óscar Mateo lo definió como “El primer conflicto moderno en que se utiliza el hambre como arma de guerra

Lic. Cecilia Vignau

En 1974 se celebró la Conferencia Mundial de Alimentación donde se proclamó el derecho inalienable de toda la humanidad a desarrollarse plenamente conservando sus facultades físicas y mentales sin padecer hambre ni malnutrición. A la crisis de Biafra, le han seguido en todo el mundo otras de similares características pero luego de mucho dinero recaudado, especialmente en la década del 80 con el boom de USA For África, pocas cosas han cambiado y la malnutrición causa anualmente la muerte de 3 millones de niños menores de 5 años. 

La pobreza energética por su parte afecta a 4 mil millones de personas en el mundo, la mayoría de las cuales viven en zonas rurales de países en desarrollo. La falta de acceso a la energía eléctrica es una de las mayores barreras que impiden la erradicación de la pobreza, justamente donde habita el 13% de la población subalimentada.

La seguridad alimentaria en números

Si definimos la seguridad alimentaria como el acceso adecuado a alimentos en términos de cantidad y calidad, por oposición toda situación que altere de forma permanente o estacional la nutrición de los individuos, se considera inseguridad alimentaria. El índice de inseguridad alimentaria para América Latina se ubica en 23,17%, 2 puntos por debajo del promedio mundial pero levemente superior para las mujeres cuando se desagrega por género. Es que las mujeres son más vulnerables a perder sus ingresos, especialmente en épocas de crisis globales como el Covid-19. Se estima que post pandemia, 130 millones de personas se sumen a las que ya padecen hambre aguda, la mayoría de ellas mujeres y niños.

Se dice que la inseguridad alimentaria es grave cuando un individuo se ha quedado sin alimentos, ha experimentado hambre o ha pasado más de un día sin comer. En cambio, se habla de inseguridad alimentaria moderada cuando los individuos se enfrentan a incertidumbres asociadas a su capacidad de acceder a alimentos y se ven obligados a modificar su cantidad o calidad.  

En nuestro país, los indices de inseguridad alimentaria moderada y grave se encuentran en 32% y 11% respectivamente.

Una consecuencia de la inseguridad alimentaria es la malnutrición, que aparece como resultado de una dieta desequilibrada por exceso o carencia de nutrientes. Para el bienio 2016-2018, el índice de preponderancia a la malnutrición sudamericano rondaba el 5,5%, alcanzando a 23,7 millones de personas. El mismo índice medido por países ubicó a Argentina en 4,6% mientras que en Venezuela alcanzó 21,2%, 11 puntos por encima del promedio mundial que sí, incluye a todas las repúblicas africanas donde se identifican los mayores desastres humanitarios. De los 10 países con peores crisis alimentarias, Venezuela ocupa el cuarto lugar después de Yemen, República Democrática del Congo y Afganistán.

La malnutricion tiene una cara asociada a la insuficiente ingesta de nutrientes durante un período prolongado e infecciones frecuentes que producen en los niños retraso irreversible del crecimiento o baja estatura para la edad. La otra cara de la moneda es la nueva malnutrición determinada por el sobrepeso y la obesidad. Mientras que nuestros indices de desnutrición son menores que el promedio de la región, cuando hablamos de sobrepeso el 13% de los niños menores de 5 años y el 41% de los mayores de 5 y menores de 17 años lo padecen. Es decir que nuestros niños no estan subalimentados sino mal alimentados y en dimensiones alarmantes.

Seguridad vs Soberanía Alimentaria

Ambos conceptos subrayan que el problema actual se relaciona con el acceso a los alimentos, enfatizando la necesidad de aumentar la producción para un mundo cada vez más poblado. Pero el concepto de seguridad alimentaria no se involucra en cuestiones de correlación de fuerzas como la tenencia de la tierra, el comercio de commodities ni la concentración de poder entre los eslabones de la cadena. Podríamos decir que es más libre mercado.

La soberanía alimentaria en cambio, apela que el equilibrio se alcance a través del papel que puede jugar un Estado como planificador central. De esta manera los gobiernos tienen autonomía para decidir sus politicas alimentarias interviniendo el mercado cuando sea necesario.

Si bien la FAO no reconoce el concepto de soberanía alimentaria como antagónico ni alternativo al de seguridad alimentaria sino como complementario, ciertos gobiernos pueden usar los argumentos que favorecen al Estado soberano como administrador de alimentos para apropiarse de eslabones de la cadena que consideren “estratégicos” con el fin de garantizarle a toda la población la disponibilidad, el acceso, el intercambio y la distribución equitativa de los alimentos. Suena lindo, no?

Está claro que el problema de la malnutrición es urgente y que los niños que crecen con déficits permanentes de nutrientes enfrentarán desventajas comparativas en términos de su desarrollo cognitivo que pueden llegar afectar su formación, trayectoria laboral e ingresos futuros. Pero la soberanía alimentaria no es, como tampoco lo es la seguridad alimentaria por sí misma, una herramienta de equidad para eliminar la malnutrición mucho menos la pobreza.

Basta con mirar las cifras que arroja la crisis venezolana para entender que nada bueno puede resultar de la estatización de la producción, comercialización y distribución de alimentos. El hambre, en Biafra y en Venezuela, apareció como consecuencia de la escasez. Para el primero fue la guerra, para el segundo el cuento chavista de la soberanía alimentaria. 

Hambre Cero es un objetivo que difícilmente pueda lograr un país de manera individual pero sí hay un sector económico único y esencial para alcanzarlo: el sector agropecuario en todos sus eslabones.

Dice la FAO que el rol de la mujer rural es tan importante para reducir el hambre que: si se reforzaran los sistemas de extensión y se eliminaran las barreras estructurales de acceso a los recursos productivos y el financiamiento, las productoras y empresarias rurales podrían aumentar el rendimiento de sus explotaciones hasta un 30 por ciento. Y que este salto productivo podría proporcionar seguridad alimentaria para 150 millones de personas.

No se ustedes, pero yo elijo creer… O acaso hay algo que no podamos lograr cuando trabajamos juntas?

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